lunes, 13 de marzo de 2017

LOS DISTURBIOS DE NIKA...EL INICIO DE UNA MASACRE


El principal acontecimiento de los primeros años del reinado de Justiniano fue la llamada revuelta de Nika. Se trató de una gran sublevación urbana llevada a cabo por las masas populares de la ciudad de Constantinopla y organizada por las facciones de los verdes y azules en las carreras de carros del hipódromo. La protesta comenzó por el reclamo popular ante el prefecto  de la ciudad Eudaimon de indulto a dos simpatizantes acusados de asesinato que habían escapado de la muerte en la horca al romperse la soga del cadalso.
Ante la falta de respuesta de las autoridades, las facciones se unieron en enero del 532 en un intenso reclamo al emperador en el hipódromo. Al finalizar el primer día, los manifestantes marcharon al pretorio a exigir el indulto al prefecto y lo incendiaron al no conseguir su objetivo. A partir de este momento, la protesta escaló rápidamente para transformarse en una fuerte expresión de malestar popular contra el gobierno de Justiniano, sus políticas y algunos de sus funcionarios más importantes, cuya renuncia se exigía.
A partir de ese momento, a pesar de que Justiniano había accedido a remover a los funcionarios cuestionados, la revuelta se transformó en una rebelión abierta. Las masas causaron importantes destrozos y generaron varios incendios que escaparon de control y destruyeron gran parte del centro de la ciudad, incluida la iglesia principal de Constantinopla, Hagia Sophia. Un primer intento represivo con tropas comandadas por Belisario genera sangrientos conflictos callejeros. Los participantes de la protesta intentan proclamar como nuevo emperador a un sobrino de Anastasio, pero el plan fracasa al encontrar su casa vacía. La rebelión se transforma así en un intento abierto de usurpación del poder, lo que indicaría la participación de algunos sectores de las elites.


Se conoce con el nombre de Revuelta Niká esta rebelión popular contra el gobierno de Justiniano que asoló la ciudad de Bizancio . Tomó su nombre del grito lanzado por los rebeldes: «Niká», que significa «Victoria» en griego. Los acontecimientos tuvieron lugar en los alrededores de la residencia del emperador Justiniano I. Las razones fueron varias, pero fundamentalmente dos: en primer lugar había un grave trasfondo de rivalidad política y religiosa entre dos sectores de la sociedad que estaban protagonizando un enfrentamiento civil. Por un lado estaban las clases medias de comerciantes, trabajadores y funcionarios, que en el ámbito religioso practicaban el monofisismo (una interpretación del cristianismo que creía únicamente en la naturaleza divina de Cristo y no en la humana), y por otra, el grupo privilegiado de dignatarios aristócratas, que profesaban el cristianismo oficial y que estaban apoyados por el poder imperial. La otra causa de la rebelión se convertiría en el detonante de la misma, al producirse una repentina subida de impuestos a la población con la que Justiniano pretendía negociar una paz con persas y bárbaros. Pero a parte de todos estos temas de tensión social la revuelta se inicio debido a un juego, una intrascendente discusión entre las facciones rivales “Verdes” y “Azules” (colores con los que competían) sobre carreras de carros  se transformó en un estallido popular sin precedentes que hizo tambalear el trono de Justiniano I.
Mural en el que aparece la cara del emperador Justiniano I
El procopio de Cesarea  nos relata las consecuencias: “La población de las ciudades se había dividido desde hace tiempo en dos grupos, los Verdes y los Azules… sus miembros (de cada facción) luchaban contra sus adversarios… no respetando ni matrimonio ni parentesco, ni lazos de amistad, incluso aunque los que apoyaban a diferentes colores pudieran ser hermanos o tuvieran algún otro parentesco.”  La revuelta comenzó en el Hipódromo, donde se encontraban los emperadores, y se fue extendiendo por toda la ciudad, atacando y destruyendo edificios públicos como el Gran Palacio y la iglesia más importante de la ciudad, Santa Sofía (que más tarde debería ser reconstruida por Justiniano).Los rebeldes llegaron a nombrar hasta un nuevo emperador, Hipatio, que era sobrino del antiguo emperador Anastasio I. A punto estuvo de abdicar Justiniano,aunque por encima del temor de Justiniano se impuso la fría serenidad de Teodora, que le convenció de que sólo una represión ejemplar acabaría con esta y sucesivas rebeliones. Curiosa esta mujer, antigua actriz y artista de circo con la que para casarse, Justiniano tuvo que derogar la ley que prohibía a los miembros de la clase senatorial contraer matrimonio con una mujer de clase inferior, algo escandaloso en su época, pero que a la postre le salvaría a él y a su imperio.

 Mural en el que aparece la imagen de la emperatriz Teodora mujer de Justiniano I
Belisario y Nárses, fingiendo negociar, rodearon a los rebeldes en el hipódromo y los masacraron. Se calcula que murieron cerca de 30.000 personas. La ciudad quedaría totalmente destruida, pero el emperador tendría la excusa de reconstruirla con nuevos edificios, que curiosamente constituirían el núcleo principal de lo que se ha dado en llamar la Edad de Oro del arte bizantino. 



                                      La iglesia de Santa Sofía




Iglesia de San Sergio y San Baco, que se concluye también después de los disturbios


La llamada Cisterna Basílica

Construida bajo una stoa en forma de basílica que había construido Constantino, y que también sería ampliada por Justiniano después de la revuelta Niká. La gigantesca cisterna se construye precisamente para proveer de agua la ciudad sin depender únicamente del acueducto de Valente, que en situaciones como la vivida podía ser destruido con facilidad.


Tradicionalmente, diversos estudiosos intentaron relacionar a las facciones del hipódromo con diferencias ideológicas o sociales en la población de las ciudades bizantinas, creyendo poder encontrar indicios de que los azules representaban los intereses de la aristocracia, mientras que los verdes los de sectores sociales medios ligados al comercio; o que los azules eran ortodoxos y los verdes monofisitas, pero no existen evidencias firmes que permitan realizar este tipo de identificaciones. Desde la publicación del fundamental estudio de Alan Cameron sobre las facciones del circo en Contantinopla, se acepta comúnmente que las facciones del circo tienen poco que ver con grupos de intereses políticos, económicos o religiosos y que sólo representan un genuino fanatismo por las carreras de caballos.
En el caso de la revuelta de Nika, fue la unión de ambas facciones, azules y verdes, lo que dio a la protesta un potencial mayor. Por otra parte, parece indudable que, una vez estallada la revuelta, la misma fue incentivada por algunos sectores de las elites disconformes con la política de Justiniano, como lo demuestra el hecho de que el emperador exiliara a algunos senadores una vez reprimido el alzamiento. Sin duda, el éxito en la represión fortaleció el poder de Justiniano, afianzando su posición en el trono imperial y permitiéndole identificar y reprimir a los sectores de la elite que se oponían a sus políticas. A pesar de ello, parece bastante improbable, que Justiniano hubiera escenificado la totalidad de la revuelta para tener la oportunidad de afianzar su poder, como pretende Mischa Meier.

BIBLIOGRAFIA:
John B. Bury, “The Nika Riot, The Journal of Hellenic Studies“, 17, 1897, pp. 92–119.
Alan Cameron, Circus factions. Blues and Greens at Rome and Byzantium, Clarendon Press, Oxford 1976
Geoffrey B. Greatrex, “The Nika Riot: A Reappraisal”, The Journal of Hellenic Studies, 117, 1997
Mischa Meier, “Die Inszenierung einer Katastrophe: Justinian und der Nika-Aufstand“
https://unahistoriacuriosa.wordpress.com/2014/03/03/los-disturbios-de-nika-el-principio-de-una-masacre/
http://sanchez-vendramini.blogspot.com.es/2014/05/la-revuelta-de-nika-del-532-dc-y-el.html

miércoles, 8 de marzo de 2017

RAMIRO I REY DE ASTURIAS



"Ramiro, hijo del príncipe Vermudo", fue elegido para el trono a la muerte de Alfonso II, según la "Crónica de Alfonso III". El príncipe Vermudo tiene que ser el Vermudo I que renunció al trono en 791, tras ser derrotado por los musulmanes en Burbia . No se sabe cuando nació Ramiro, pero muy probablemente tenía más de 50 años en el año 842. Estaba entonces viudo, pues la citada crónica cuenta que cuando se produjo el fallecimiento de Alfonso II no estaba presente, pues se había trasladado a la provincia de Vardulia, «para tomar esposa». Vardulia era entonces el norte del territorio que luego se llamó Castilla, y la esposa en cuestión sería Paterna, que aparece como reina en el ara de Santa María del Naranco, fechada el 23 de junio de 848. Ramiro I reinó del 843 al 850.
La "Crónica Albeldense"nada dice de la ascendencia de Ramiro, ni de su elección como rey. En su versión, Ramiro se hizo con el trono tras derrotar a Nepociano, "junto al puente del Narcea".Y Nepociano, según coinciden las listas de los reyes conservadas en varios códices, sucedió a Alfonso II y precedió a Ramiro I. Lo que no aclaran esas listas reales es el tiempo que duró el reinado de Nepociano.
En el relato de la "Crónica de Alfonso III",a la muerte de Alfonso II, Nepociano, conde de palacio, se aprovechó de la ausencia de Ramiro para hacerse con el reino de forma ilegítima. (El de conde de palacio era un cargo que no había existido en la corte visigoda y sí en la carolingia, en la que constituía el máximo responsable de la administración cortesana). Ramiro se encontraba en la provincia de Vardulia para tomar esposa y al tener noticia de la muerte de Alfonso II y el acceso al poder de Nepociano.buscó refugio en Galicia, concretamente en la ciudad de Lugo, donde reunió un ejército para regresar a Asturias a recuperar o lograr el trono. La "Sebastianense"matiza que Ramiro, desde Lugo, en Galicia, se "hizo con el ejército de toda la provincia" y marchó hacia Asturias, donde le salió al encuentro Nepociano, apoyado por astures y vascones.

Las alianzas étnicas que se producen en este conflicto sucesorio tienen su explicación. Los astures defendían, sin duda, la legitimidad de Nepociano como heredero de Alfonso II, y los vascones, probablemente, a un miembro de su pueblo, pues Nepociano debía pertenecer a la familia de Munia, la princesa vascona madre de Alfonso II.
El apoyo de los gallegos a Ramiro se explica por alianzas y lazos matrimoniales. Sánchez-Albornoz supuso que la primera esposa de Ramiro era gallega basándose en la existencia documentada de un personaje llamado Gatón, que fue conde del Bierzo durante el reinado de Ordoño I. Este Gatón era o bien hijo de Ramiro I y hermano de Ordoño I, o cuñado de éste, y poseía numerosos bienes en Galicia, sobre todo en Triacastela (Lugo). En cualquiera de los dos casos, Ramiro había establecido fuertes alianzas en Galicia antes ya de la muerte de Alfonso II; de ahí que se dirigiera a Lugo para reunir fuerzas con las que asaltar el trono astur. No sabemos si había conseguido también la alianza con los castellanos, fin que perseguía su matrimonio con Paterna, perteneciente a la nobleza de esa zona. Un pariente de ésta, Rodrigo, aparece en la documentación como el primer conde de Castilla.


Ramiro debió de tardar bastante tiempo en sellar alianzas y pactos para reunir su ejército gallego. Una vez logrado, marchó sobre Oviedo. De su expedición supo Nepociano, que salió a su encuentro con una tropa integrada por astures y vascones. Debía ser la primavera de 843, o 844, y el choque, del que se ignoran los detalles, se produjo junto a "un puente sobre el río que se llama Narcea". Ese puente del río Narcea hay que localizarlo en las proximidades de Cornellana, importante nudo de comunicaciones desde época romana. Allí confluían la vía que desde Lugo de Llanera ("Lucus Asturum")conducía a Lugo de Galicia ("Lucus Augusti") y la que venía de tierras de León por el puerto de La Mesa. En la margen derecha del Narcea, frente a Cornellana, hay un lugar llamado Casas del Puente, donde hay vestigios de un viejo puente que, al parecer, cayó de viejo en 1580. Según la "Rotense", una vez entablado el combate Nepociano fue abandonado por los suyos, tras lo cual se dio a la fuga. La "Sebastianense" no llega a mencionar si hubo encuentro armado, pues dice que sin tardanza fue abandonado por los suyos. La "Albeldense" dice a las claras que Ramiro "venció a Nepociano junto al puente del Narcea".
Perdida la batalla, Nepociano emprendió la huida, siendo apresado por los condes Escipión y Sonna cuando marchaba hacia el oriente, a la región de Primorias (la zona de Cangas de Onís). Capturado, se le aplicó la ley II, 1, 8 del "Liber Iudicum", establecida por Chindasvinto, que castigaba con la ceguera a quienes delinquían contra el príncipe.


Poco después de esta batalla se produjo la llegada ante la costa de Gijón de una flota de normandos. La "Rotense" dice que los normandos eran un pueblo desconocido hasta entonces para ellos, paganos e infinitamente crueles. Los normandos no llegaron a desembarcar en Gijón, pero sí lo hicieron en el lugar llamado Faro Brigancio, que hay que identificar con La Coruña. Ramiro había movilizado un gran ejército y les plantó batalla. Según la "Crónica de Alfonso III", los normandos sufrieron muchas bajas y perdieron varias naves, quemadas por el ejército de Ramiro. El resto de la flota continuó viaje hacia Sevilla, ciudad en la que causaron grandes destrozos, de los que da cuenta el historiador árabe Ibn Hayyan, en su "Almuqtabis".Era el final del verano de de 844.
Tras derrotar a Nepociano, Ramiro hubo de hacer frente a lo que las crónicas califican de nuevas rebeliones, seguramente seguidores del rey destronado o parientes en diverso grado de Alfonso II, abriendo un período que no dudan en calificar de "guerras civiles".El cronista autor de la "Rotense" escribe: "Dos magnates, un prócer y el otro conde de palacio, se levantaron en su soberbia contra el rey. Pero cuando el rey conoció sus designios, a uno de ellos, cuyo nombre era Aldroito, ordenó que le sacaran los ojos, y al otro, de nombre Piniolo, lo mató por la espada con sus siete hijos"La "Albeldense"que califica a Ramiro de "vara de justicia",cuenta que "acabó con los bandoleros arrancándoles los ojos. Terminó con los magos por medio del fuego, y con admirable celeridad desbarató y exterminó a los rebeldes".No cabe duda, ante estos hechos, que Ramiro era un hombre de recio carácter,fuerte temple y mano dura.
Aparte de estos episodios de luchas internas, añaden las crónicas cristianas que hizo dos veces la guerra contra los sarracenos, saliendo victorioso, sin dar más detalles. Por el contrario, Ibn al-Athir y otros historiadores árabes cuentan que en septiembre de 845, un ejército musulmán penetró en Galicia, llegando a la ciudad de León, a la que pusieron sitio. Abandonada en la noche por sus habitantes, fue saqueada y destruida, aunque no lograron abatir sus murallas, "pues tenían diecisiete codos de ancho".Según las crónicas cristianas, León no fue repoblado hasta el reinado de Ordoño I, planteando esta noticia la cuestión, no resuelta, de si hubo un previo intento de repoblación por parte de Ramiro, o si la ciudad estaba ocupada por gentes del entorno que se hallaban fuera de control cristiano y musulmán.


Pero, sobre todo, Ramiro I pasó a la historia como un rey "constructor", por los excepcionales monumentos que mandó levantar en el Naranco. Dice la "Rotense": "Después de que descansó de las guerras civiles, edificó muchos edificios de piedra y mármol, sin vigas, con obra de abovedado, en la falda del monte Naranco, a sólo dos millas de Oviedo". La "Sebastianense" da nombre a una de las construcciones, una iglesia en memoria de Santa María, a la que califica de "admirable belleza y hermosura perfecta", y añade, que "si alguien quisiera ver un edificio similar a ése, no lo hallará en España". Murió en su palacio del Naranco el 1 de febrero de 850 y sus restos fueron enterrados en Oviedo, en el panteón real de la iglesia de Santa María construida por su antecesor Alfonso II.

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/5/56/Ramiro_I_de_Asturias_(Museo_del_Prado).jpg/245px-Ramiro_I_de_Asturias_(Museo_del_Prado).jpg
http://www.lne.es/asturama/2014/02/12/ramiro-i-rey-mano-dura/1542086.html
http://www.senderismoenasturias.es/reiramiro.jpg
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lunes, 6 de marzo de 2017

LOS VIKINGOS EN INGLATERRA




Durante doscientos cincuenta años, los vikingos fueron protagonistas de la historia de Inglaterra, primero como saqueadores de ciudades, más tarde como jefes guerreros que litigaron con la casa real sajona por el dominio de la isla, y finalmente como reyes de los ingleses.
A finales del siglo VIII, mientras Carlomagno creaba un inmenso imperio en el continente europeo, Inglaterra se hallaba dividida en siete reinos surgidos de sajones, anglos y jutos, los pueblos que habían invadido Gran Bretaña cuando declinaba el Imperio romano. De todos ellos sobresalía el florecientre reino sajón de Wessex, hasta el punto de que sus monarcas se creían soberanos de los ingleses. Sus reyes avanzaron hacia el norte, ocupando incluso el reino anglo de Northumbria, cuyos habitantes «lloraban por su libertad perdida» convencidos de que para ellos había acabado la historia. Pero no fue así.


En 787, según la Crónica anglosajona, atracaron tres naves en la costa de Wessex y de ellas salió un grupo de hombres aguerridos procedente del otro lado del mar del Norte. Los llamaron wicingas, «ladrones del mar», es decir, vikingos, un nombre que los identificaba perfectamente ya que se dedicaban al pillaje y el saqueo en medio de crueles rituales. Regresaron cinco años más tarde, en 793, pero ahora a la costa de Northumbria, donde saquearon el prestigioso monasterio de Lindisfarne, y un año después hicieron lo mismo con el de Jarrow. En la década de 870, la mayor parte de Inglaterra al norte del Támesis ya estaba sujeta a los vikingos. Pero aún no habían sucedido los acontecimientos más memorables de esta historia.
Éstos comenzaron en el invierno de 878, cuando los vikingos se internaron por fin en el reino de Wessex, una decisión que obligó al rey sajón Alfredo a huir a una ciénaga. Fue un momento crítico, en el que Wessex estuvo al borde del colapso. El reino perduró gracias a la inteligencia política y militar del rey, que mil años después le valdría la admiración de Voltaire: «No creo que haya habido nunca en el mundo un hombre más digno de respeto de la posteridad que Alfredo el Grande». El monarca expulsó a los vikingos de sus tierras y fundó ciudades a las que rodeó de fortificaciones, así como mercados a fin de cobrar impuestos que sirvieran para mantener un ejército permanente y evitar, así, la sorpresa de un ataque de los terribles «ladrones del mar». Las refriegas eran continuas, habida cuenta de la fuerte instalación de los vikingos en la costa de Northumberland y la facilidad de navegación desde su bases en el continente. Se sucedieron años de saqueos y de pactos, y los descendientes de Alfredo tuvieron que elegir entre la diplomacia o la guerra.



En 937, el rey Atelstan, nieto de Alfredo, optó por jugarse el reino en la batalla de Brunanburh, con resultado inicialmente incierto, pero que a la postre fue un triunfo que consolidó a los miembros de la dinastía sajona de Wessex como los verdaderos reyes de los ingleses. Fue tal la resonancia de su triunfo sobre los hombres del norte que los reinos continentales lo tuvieron como ejemplo a la hora de contener el empuje vikingo en sus tierras. Lo hizo, sobre todo, el duque de Sajonia Otón el Grande, que con el tiempo se ceñiría la corona del Sacro Imperio Romano Germánico. En 929, Otón se casó con Edith, hermana de Atelstan, para fortalecer los lazos con la emergente Corona inglesa.
Desde su privilegiada posición, Edith contribuyó a la estrategia política de su marido instándole a fundar el gran monasterio de Magdeburgo, clave de la expansión alemana hacia el este. Pero también siguió de cerca la política de su hermano Atelstan de fundar la ciudad fronteriza de Exeter para consolidar su dominio sobre el país de Cornualles y el suroeste de Gran Bretaña. En 938, Atelstan se hizo coronar rey en la ciudad de Bath, un lugar famoso por sus reliquias de santos de época romana, con el deseo de competir –sin lograrlo, naturalmente– con la brillante aureola de Roma. Convenció a algunos príncipes de dinastías célticas para que llevaran su manto río abajo en una ceremonia que vista de cerca era más tosca de lo que el rey de los ingleses había esperado.
Desde luego, Wessex era un reino compacto y Atelstan el rey más poderoso de su tiempo, aunque había señales de alarma en el horizonte. Por un lado, crecía una fuerte tensión en el seno de la casa real, entre los herederos al trono; por otro lado, persistía la siempre inquietante presencia de los vikingos en la frontera septentrional. Ambas circunstancias convergieron cuando falleció el rey Edgar, nieto de Atelstan, en el año 975. Cuando se reunió el Witan, la asamblea de hombres sabios más importantes del reino para elegir al heredero del difunto Edgar, tuvo que escoger entre dos personajes de temperamento muy diferente. El primero, Eduardo,hijo de la primera esposa del soberano, era un adolescente despiadado e inestable, cuya candidatura creaba todo tipo de resistencias. El segundo candidato, Etelredo, era hijo de Elfrida, la segunda esposa del monarca y la mujer más poderosa y ambiciosa del reino. Etelredo contaba con muchas credenciales para ser coronado, salvo una: la edad. Tenía siete años. Como era de esperar, el Witan se decantó por Eduardo. Elfrida se retiró resentida, y desde entonces comenzó a respirarse una atmósfera de guerra civil. En 978, el rey Eduardo se marchó a la costa para cazar. Allí fue rodeado por hombres armados que acabaron con su vida. Fue un escándalo porque por primera vez en la tradición sajona se asesinaba a un rey ungido, lo que llevó la inestabilidad al reino.
La ocasión fue aprovechada por Elfrida para elevar a su hijo Etelredo al trono. Éste pronto fue sospechoso de asesinato, y, lo que era más grave, la inestabilidad hizo crecer la sensación de que en poco tiempo podrían volver los vikingos con sus terribles saqueos de ciudades y aldeas. No era una exageración, ya que en la vecina Northumbria, donde numerosos aristócratas eran escandinavos, se difundían constantes rumores sobre una inminente invasión de los reinos sajones.




La diplomacia intervino para retrasar lo inevitable. Se gastaron grandes sumas en sobornar a los vikingos para que no atravesasen las fronteras; se prefería pagar ese «rescate» a soportar sus incursiones, que eran incluso más gravosas económicamente y resultaban más terribles para la población. Fue entonces cuando apareció en escena el terrible Olaf Trygvasson, apodado Cracabnbe, «Hueso de Cuervo», un noruego con excelente olfato para el pillaje, que en poco tiempo dominó las rutas de navegación inglesas con una pericia fuera de lo común. A comienzos de la década de 990, la fama de Trygvasson era tal que muchos jefes vikingos se unieron a sus expediciones por las costas de Kent y Essex. En cierta ocasión se reunieron más de noventa barcos, saqueando y prendiendo fuego a todo lo que salía a su paso. Fue entonces cuando tuvo lugar la batalla de Maldon, el hecho de armas más importante en Inglaterra en el primer milenio de la era cristiana. En agosto de 991, Trygvasson acampó junto la isla de Maldon, al norte del estuario del Támesis, no lejos de la actual Londres. Allí acudieron los sajones y le retaron a cruzar desde su campamento a tierra firme. Frente a Trygvasson estaba el conde Britnoth, un sajón elegante de cabello rubio, con un pequeño séquito de guardaespaldas cubiertos de hierro. La batalla fue encarnizada y sangrienta, al final de la jornada los sajones huyeron dejando el cadáver del valiente Britnoth, que se había negado a abandonar el lugar. La derrota no dejó a Etelredo más opción que pagar a Olaf un fuerte tributo de diez mil libras, el precedente de otros muchos tributos convertidos en impuestos ordinarios que pasaron a llamarse danegeld.
En 994, el codicioso Trygvasson regresó a por más tributos, atacó Londres y asoló los territorios adyacentes. De nuevo se le pagó para comprar su retirada, lo que generó el sobrenombre de Etelredo, un soberano apocado y cobarde al que comenzaron a llamar Unroed, «el desaconsejado». La ironía era clara: no había reino en Europa que recaudara más dinero que Wessex, pero Etelredo lo debilitó cada vez más al no tener ningún plan para frenar las ambiciones vikingas salvo el pago de rescates permanentes.


Olaf no se contuvo a la hora de exprimir el reino, y la gente comenzó a creer que los ataques de sus huestes eran un presagio de que el final del mundo estaba cerca. A pesar de que el influyente y culto obispo Wulfstan de Londres afirmó que «nadie sabe ni el día ni la hora» del fin de los tiempos, el pueblo estaba cada vez más convencido de que la espada flamígera de los jinetes del Apocalipsis tenía la forma de espada vikinga. En un significativo episodio, los vikingos quemaron una iglesia en Oxford con todos los feligreses dentro; habían acudido allí a refugiarse con la esperanza de que Dios les librara de la muerte. Se produjo un respiro cuando Trygvasson marchó a Noruega con el deseo de ser coronado rey de aquella tierra. Pero el vacío de poder que dejó en Gran Bretaña pronto fue ocupado por un jefe tan frío y calculador como él, aunque más cruel. Era danés, se llamaba Sven y llevaba el apelativo de «Barba de Horquilla». Sin embargo, tras una primera etapa dedicada al saqueo, Sven cambió de estrategia y decidió apoyar a la casa real sajona con la intención cada vez menos oculta de crear un reino danés en Gran Bretaña. Al final consiguió aislar a Etelredo.
Éste envió a su esposa, la culta e influyente Emma, a Normandía, y él languideció en una especie de exilio interior. A su muerte, en 1016, los vikingos se hicieron con el trono gracias a la habilidad de su nuevo jefe, Canuto el Grande, hijo de Sven. Su primer gesto fue contraer matrimonio con la reina viuda Emma y buscar su apoyo en un proyecto político que terminó por convertir a sus sucesores en reyes de los ingleses, poniendo un broche de oro a la historia de los vikingos en Inglaterra.

http://www.historiainglaterra.com/Los-vikingos-y-la-historia-de-Gran-Bretana.aspx
https://es.wikipedia.org/wiki/Inglaterra_anglosajona
http://www.nationalgeographic.com.es/articulo/historia/grandes_reportajes/7765/los_vikingos_inglaterra.html
http://www.mentenjambre.com/2012/12/sajones-vikingos-y-normandos.html
http://www.ab-initio.es/wp-content/uploads/2014/10/02-VIKINGOS.pdf

domingo, 5 de marzo de 2017

LA VILLA DE LA EMPERATRIZ LIVIA EN PRIMA PORTA




En 1863 se desenterró al norte de Roma una antigua residencia imperial con unos soberbios frescos perfectamente conservados.

Allá verdea la dura piedra de Laconia, aquí el mármol líbico y frigio, más allá brilla el ondulado ónice y el mármol con vetas del mismo color que el mar profundo, y resplandecen rocas frente a las cuales palidece de envidia la púrpura de Ébalo». Así describía el poeta Estacio, a finales del siglo I d.C., las estancias de una lujosa residencia que ocupó Livia Drusila, la esposa del emperador Augusto. La villa –que hay que diferenciar de la Casa de Livia, en el Palatino de Roma– se hallaba al norte de la Urbe, en el término de la ciudad etrusca de Veyes. Era famosa por un prodigio que protagonizó Livia en su juventud cuando acudió una vez a la finca –que pertenecía a la familia de su padre– y «estando sentada, un águila dejó caer sobre su regazo desde lo alto una gallina de asombrosa blancura, que llevaba en su pico una rama de laurel llena de bayas». Los arúspices la instaron a plantar la rama y custodiarla religiosamente, como símbolo de la vitalidad de la dinastía Julio-Claudia que fundaría con su esposo. También debía alimentar al ave y a su prole de polluelos, tan numerosos que dieron nombre a la villa: Ad gallinas albas, «donde las gallinas blancas».
Siglos después, desaparecido ya el Imperio romano, quedaban aún rastros de la villa. Unos pocos kilómetros al norte de Roma, entre la vía Flaminia y la vía Tiberina, se hallaba la localidad de Prima Porta, que en la Edad Media se llamó Porta di Livia. En una colina cercana aún eran visibles algunas estructuras de la Antigüedad. En el siglo XVI, topógrafos como Henricus Camerarius y Antonio Fortanelli aceptaron la identificación de aquellos restos con la famosa villa de Livia, y así se plasmó en los primeros mapas del antiguo Lacio. Para corroborarlo, dos amantes de las antigüedades romanas, Gavin Hamilton y Thomas Jenkins, emprendieron en 1771 unas breves excavaciones, apenas documentadas.


La estatua de Augusto

Fue en 1863 cuando la fama de la villa de Livia recorrió el mundo entero a raíz de dos magníficos descubrimientos. Por aquel entonces, los terrenos en los que yacía la villa habían sido arrendados al conde Francesco Senni, quien decidió emprender junto a su socio Paolo d’Ambrogi «excavaciones para buscar objetos de antigüedad». Durante las primeras semanas desenterraron varias estancias pertenecientes al complejo termal y numerosos objetos, entre ellos dos bustos de época imperial, una cabeza de Apolo, una máscara sacerdotal y varias tuberías de plomo con inscripciones. Todo ello lo vendieron pronto en el mercado de antigüedades.




Más sensacional fue el hallazgo que hicieron el 20 de abril de 1863, a última hora de la tarde, cuando cerca del muro de cierre de la villa «se encontró una estatua que representa a César Augusto con vestimenta militar, de diez palmos de altura [2,04 metros], con un pequeño putto [cupido] desnudo a caballo de un delfín», según informó D’Ambrogi al ministro de Obras Públicas del Estado Pontificio. El conde Senni donó al papa Pío IX la estatua, que pasó de inmediato a engrosar las colecciones vaticanas; hoy es mundialmente conocida como el Augusto de Prima Porta. Poco después dos estudiosos italianos recordaban «el júbilo de los intelectuales italianos y extranjeros ante el anuncio del insigne descubrimiento de este singular monumento del arte pagano».
La buena fortuna de Senni y D’Ambrogi no acabó ahí. Diez días después del hallazgo de la estatua salieron a la luz dos habitaciones subterráneas. El asombro de los arqueólogos fue mayúsculo cuando en las paredes de una de ellas descubrieron unos frescos de extraordinaria factura y en perfecto estado de conservación. Las pinturas simulaban el interior de una gruta rodeada por todas partes por un exuberante jardín, en el que las más variadas especies botánicas florecían inverosímilmente a un mismo tiempo. Entre el ramaje de granados, melocotoneros, laureles y almendros, hasta sesenta y nueve especies de aves ponían a prueba los conocimientos de todos los que se reunían a comer allí, lejos del sol ardiente del verano.



Al rescate de los frescos

En otoño de 1863, cuando se reanudaron las excavaciones bajo la dirección de Giuseppe Gagliardi, la sala subterránea comenzaba a tener problemas de filtración de aguas que afectaban a las pinturas. Los arqueólogos decidieron no extraer los frescos, y trataron de aislarlos y consolidarlos aplicando sobre ellos materiales como petróleo, soluciones alcohólicas, parafina o apósitos de miga de pan, que empeoraron en general su estado. Finalmente, las pinturas y los estucos de la bóveda, gravemente dañados durante la segunda guerra mundial, fueron extraídos en 1951 y, tras una intervención integral del Instituto Central para la Restauración, fueron trasladados al Museo Nacional Romano, en cuya sede del Palazzo Massimo se exponen actualmente.


Las sucesivas excavaciones arqueológicas han mostrado que la villa de Livia fue habitada durante varios siglos. Con una superficie de unos 14.000 metros cuadrados, se componía de ambientes privados en torno a un atrio y a un pequeño jardín interior; de grandes salas de representación, con vistas a un peristilo, y de amplias instalaciones termales dotadas de dos piscinas calientes y de una natatio, la piscina al aire libre. Como en cualquier lujosa domus romana, las estancias públicas estaban decoradas con los mármoles más preciados y con las más ricas pinturas, entre ellas las que hoy podemos admirar aún gracias al hallazgo de Senni y D’Ambrogi.
http://www.nationalgeographic.com.es/articulo/historia/secciones/7941/fascinante_villa_emperatriz_livia_prima_porta.html?_page=1,2

EL COSTUMBRISMO LITERARIO ESPAÑOL EN LOS SIGLOS XVII Y XVIII


El costumbrismo es una modalidad literaria que se interesa por la descripción de los tipos y costumbres de la sociedad. Linda con el realismo, aunque el autor costumbrista prefiere pintar los ambientes populares y típicos. Se expresa en prosa, pero en ocasiones utiliza el verso, en especial el romance narrativo. Estos mismos temas atraen en ocasiones a la literatura dramática como observamos en la comedia de figurón, en la zarzuela realista y en determinados géneros breves entre los que destacan el jocoso entremés y el sainete dieciochesco. La narración en prosa es, sin embargo, su forma de discurso habitual, adaptándose a estructuras formales que van variando con el tiempo. El relato costumbrista muestra casi siempre una intención moral: unas veces se llena de melancolía si observa la desaparición de las viejas costumbres españolas o surge su vena burlesca si las ve postergadas por otras extrañas, casi siempre desde puntos de vista conservadores y casticistas; otras, se impregnan de críticas sociales o morales que reconvienen los vicios, escritas desde la atalaya de sus propias convicciones ideológicas y éticas.

Aunque encontramos descripciones de costumbres aisladas desde la literatura medieval, el costumbrismo se configura como una fórmula autónoma en el siglo XVII. Aparece en esta centuria una abundante producción costumbrista, de variada temática, que tiene relación con géneros como la miscelánea y el ensayo. El cómico Agustín de Rojas Villandrando, considerado como uno de los mejores costumbristas de su tiempo, inaugura este género con El viaje entretenido , obra heterogénea tanto en la forma como en el contenido, que adopta el viaje como pretexto para integrar diversos elementos (poesías, anécdotas, costumbres...). Cristóbal Suárez de Figueroa escribió en diálogos su obra autobiográfica El pasajero , en la cual queda patente la vinculación que existe entre miscelánea (poesía, comedia, anécdotas, sermones) y costumbrismo. Siguiendo el artificio tópico del "alivio de caminantes" en un viaje, ensarta relatos, con descripciones de España y los españoles, a quienes enjuicia con severidad. Antonio Liñán y Verdugo compuso Guía y aviso de forasteros . En la conversación que mantienen cuatro personajes, intercala anécdotas sobre tipos pintorescos de la vida madrileña, cuyas tretas y picardías desenmascara, con la pretensión de que sirva de aviso a los incautos. Es un documento de primer orden sobre las costumbres y gente de la época.

El costumbrismo más original del siglo es el que intenta prescindir del componente novelístico. Juan de Zabaleta y Francisco Santos son sus principales representantes . El primero es autor de El día de fiesta por la mañana  y El día de fiesta por la tarde . En ambas obras, sin renunciar a la intención moral, nos presenta una excelente colección de cuadros costumbristas independientes unos de otros, que retratan las actividades de los españoles en un día festivo. Francisco Santos describe en Día y noche de Madrid  numerosos cuadros de la vida madrileña en la segunda mitad del XVII ligados por una leve fábula novelesca. El objetivo preferido por los narradores barrocos en sus descripciones es Madrid y sus habitantes. Profesiones, costumbres, acontecimientos públicos como romerías y festejos, desfilan por estas páginas con una gran colorido.
En el siglo XVIII se dan dos tipos de costumbrismo: uno es heredero del siglo anterior, mientras que la modalidad más novedosa es el costumbrismo crítico, conservador o progresista, testigo fiel de las reformas sociales que trajo la Ilustración.
El costumbrismo que continúa la tradición barroca pierde paulatinamente el tono moralista y sentencioso y se torna más festivo y pintoresco. El tema predominante será, durante los reinados de los primeros Borbones, la vida frívola de algunos cortesanos, aunque con el tiempo pasará a hacer comentario de determinadas conductas y tipos de la ciudad. En la misma línea de avisos de Liñán y Verdugo están las Recetas morales de Gómez Arias, los anónimos Sucesos trágicos de un pretendiente  y Arte de manejarse en la Corte , Falacias y engaños de la Corte de Luis Ignacio de Quirol, Diálogo entre económico y glotón  de Ángel de la Torre... La obra de Santos genera la pareja cortesano-paleto que pasea por la ciudad y comenta, desde su ignorancia o conocimiento, lo que observa en ella: Aventura en verso y prosa, del insigne poeta y su discreto compañero  de Antonio Muñoz, Carta del Marqués de la Villa de San Andrés de Hoyo Sotomayor, Madrid por dentro y el forastero instruido y desengañado de autor anónimo, Sátira de la vida madrileña  de Francisco de la Justicia, El instruido en la Corte y aventuras del extremeño ... Este costumbrismo evoluciona hacia el pintoresquismo al tiempo que se impregna de un tono sentimental. La descripción de la capital del reino es el motivo fundamental de algunas obras de la última década del siglo, como en Visita de las ferias de Madrid , Mis bagatelas o las ferias de Madrid , El café.
A finales del reinado de Fernando VI empieza a configurarse un nuevo modelo de sociedad con rasgos diferentes a la tradición española que ya desde comienzos del siglo había ido perdiendo algunas de sus señas tradicionales. Surge entonces un relato costumbrista crítico que reflejará la nueva ideología de la Ilustración. Así, un folleto clandestino titulado Virtud al uso y mística a la moda de Afán de Ribera critica las ceremonias trasnochadas y las falsas devociones de la religión católica.
Esta misma línea sigue el folleto el Bello gusto satírico-crítico de inscripciones del erudito Pedro de Estala donde se pasa revista de forma jocosa a los carteles o rótulos de la capital...
La máxima novedad del costumbrismo del Setecientos la encontramos en la prensa. Por vez primera aparecen artículos de costumbres, por lo general en periódicos ilustrados, a través de los cuales pretenden hacer un análisis reformista de la sociedad. No está, sin embargo, configurada todavía la fórmula romántica. Figura destacada del periodismo costumbrista es José Clavijo y Fajardo con El Pensador  donde se pintan críticamente tipos (mujer, petimetra, cortejo...) y costumbres (toros, teatro, tertulias, vestimenta). El publicista canario es un preclaro precedente del talante moral de Larra. Otros periódicos siguieron esta corriente: Diario noticioso, Diario Extranjero, Memorial Literario, El Censor, El Correo de Madrid...

El costumbrismo del XIX se emparenta, de modo tangencial, con el romanticismo y el realismo literarios. Los estudiosos han señalado varias causas para el nacimiento de este movimiento, que intenta pintar en cuadros o escenas una realidad española (matritense primero, de provincias después) y que participa más del tipo que de la individualidad y especificidad psicológica.
Con antecedentes remotos en el realismo de formas novelísticas como la picaresca, el surgimiento del costumbrismo se relaciona con dos hechos cruciales: la existencia de una sociedad en vías de transformación, donde las revueltas políticas, los desengaños y pasiones ciudadanas son abundantes (nos referimos a la época posterior a la invasión napoleónica); y el desarrollo del periódico, que permite transmitir de manera más directa que el ensayo, la novela epistolar o el discurso como modelos de exposición de ideas triunfantes en la centuria anterior, impresiones o ideas.

Su carácter de género independiente y autónomo queda subrayado por el hecho de que sus cultivadores tuvieron conciencia de escribir algo diferenciado de la novela. Mesonero Romanos, en su Panorama (a modo de manifiesto del género), lo definió por su rapidez, agilidad y cuidado estilístico. Los críticos han definido con posterioridad otros elementos formales y discursivos. En especial, la mediación que se produce entre el mensaje y el receptor a través de la figura de un narrador omnisciente (que se presenta por lo general escondido tras un seudónimo) a quien liga con el lector una complicidad, a modo de guiño, basada en la pertenencia a un mismo sistema de coordenadas culturales, espacio-temporales y morales.
La crítica también ha discutido, en el terreno del contenido, el grado de conformismo político e ideológico del género, que fluctúa desde la queja de Larra, al sosiego de Mesonero Romanos y el lirismo romántico de Estébanez Calderón. También se han señalado las diferencias entre el llamado género costumbrista y la novela de costumbres, que procura el análisis de conflictos sociales y humanos individualizados en los personajes, frente a la ausencia de caracteres del costumbrismo, en aras de la esquematización de la realidad y su abstracción en tipos.

Entre los autores y obras más representativos podemos citar a Larra (El Duende Satírico del Día,; Mesonero Romanos (Panorama, Mis ratos perdidos, Escenas matritenses); Estébanez Calderón (Cartas españolas, Escenas andaluzas), Sebastián Miñano y Bedoya (Lamentos políticos de un pobrecito holgazán), Antonio María Segovia, Santos López Pelegrín, Los españoles pintados por sí mismos (publicada por Boix en , Antonio de Trueba, Vicente Barrantes, Luis Taboada, Luis Mariano de Larra e Isidoro Fernández Flórez. A finales de la centuria, el género acabaría por desaparecer, aunque sus mejores exponentes ya se habían producido más de un tercio antes de su defunción definitiva.

Bibliografía

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  • ----: "Los costumbristas españoles del s. XIX", en Bulletin Hispanique, LI 
  • ESCOBAR, José: Los orígenes de Larra, Madrid
  • ----:"La mímesis costumbrista", en Romance Quarterly
  • ----: "Costumbrismo y novela", en Insula,
  • FONTANELLA, L.: "The Fashion and Styles of Spain's Costumbrismo", en Revista Canadiense de Estudios Hispánicos
  • MARUN, A.: Orígenes del costumbrismo ético-social
  • MONTESINOS, J. F. : Costumbrismo y novela. Ensayo sobre el redescubrimiento de la realidad española
  • VÁZQUEZ MARÍN, Juana: "Literatura costumbrista", en Historia literaria del siglo XVIII en España,
    http://www.enciclonet.com/articulo/costumbrismo/

EL ESPIONAJE EN LA EDAD MEDIA




Mercaderes, embajadores o músicos itinerantes actuaban como informadores secretos de sus reyes en cortes extranjeras.
 Si una profesión se ha perpetuado en el tiempo y ha estado presente en la historia de todas las sociedades humanas, ésta ha sido, sin duda, la de espía. Siempre que una comunidad ha tenido algo que proteger –un secreto político, una ventaja estratégica, un recurso económico– sus competidores se han esforzado en conseguirlo. En la Europa medieval, la multiplicidad de naciones y los enfrentamientos entre ellas hicieron imprescindible la presencia de los espías. De hecho, la primera vez que un documento recoge la palabra espía data de 1264, cuando los venecianos definieron con ese término a los alemanes que reconocían el territorio e indagaban entre los habitantes en busca de información. El escritor Tomaso Garzoni los definía como «una clase de personas que secretamente entran en una ciudad para referir a su propio ejército información acerca del enemigo».
En la Edad Media hubo numerosos tipos de espía. Uno de los más comunes era el emisario oficial destinado en territorio enemigo con la misión de entregar un mensaje. Podían ser des-de simples mensajeros hasta los más honorables enviados, llamados heraldos, pertenecientes a la aristocracia. Estos últimos, en principio, debían estar alejados de una actividad tan deshonrosa como el espionaje, pero en 1389 el heraldo de Luis III, rey de Sicilia, acusaba de deshonestos y espías a sus homónimos en toda Europa.

En cuanto a los embajadores (enviados de un príncipe que residían de forma permanente en la corte de otro soberano), se los consideró desde el principio como espías potenciales. Enrique V de Inglaterra, por ejemplo, decidió encarcelar a todos los embajadores franceses mientras desarrollaba sus planes de invasión del país vecino.
Aparte de estos espías «oficiales», por decirlo así, muchas otras personas podían cumplir ocasionalmente las funciones del espía: desde mercaderes y comerciantes, hasta músicos, médicos, juglares, religiosos o hasta peregrinos. Por ejemplo, un astrólogo español disfrazado de peregrino del camino de Santiago fue enviado a Inglaterra para participar en el asesinato del rey Enrique VII; como había perdido dos dientes y se le podía identificar fácilmente por esa tara física, se hizo fabricar dos de repuesto en marfil del mismo color que los demás.

En líneas generales, durante el Medievo se podían distinguir tres tipos de espía según la función que desempeñaban: el «espía real», el agente ocasional y el agente captado. El primero de ellos corresponde a lo que en Inglaterra se denominaba Master Spyour, «espía mayor». Se trataba de una persona del círculo del monarca: un amigo personal, cercano en el trato cotidiano, de la máxima confianza, que solía ser miembro de la Cámara del Rey. Su misión consistía en gestionar la información que llegaba al gobierno a través de la red de espías establecida por él mismo. Es curioso el caso de Jacobo IV, que tenía como espía mayor a un simple mozo de cuadra.
Frente a este oficial de la Corona estaban los agentes de campo, aquellos que captaban la información. La mayoría eran agentes ocasionales, que a veces se veían obligados a cumplir esa tarea obligados por la Corona, a causa de alguna falta cometida. La mayoría, sin embargo, lo hacían por dinero, pagado del propio peculio del rey bajo el epígrafe de «asuntos privados». Así recibía desde 1379 su paga anual de cincuenta marcos el espía inglés en Francia Nicolás Briser. Por la misma época un tal Frank de Hale, capitán en Calais, base inglesa al norte de Francia durante la guerra de los Cien Años, contaba con un presupuesto de 104 libras para pagar «diversos mensajes y otros espías [...], para espiar y saber la voluntad y los hechos de los enemigos de Francia», así como de 50 marcos para la propagación de rumores falsos.
De todos los espías, el más útil era el agente captado, es decir, un espía enemigo descubierto y obligado a trabajar como agente doble. Aunque en la mayoría de los casos el agente descubierto era eliminado, se daba el caso de que pasara al servicio del príncipe que lo había capturado. Así pasó con Thomas Turberville, apresado por los franceses en 1294 y obligado a servirles en la corte de Eduardo I de Inglaterra, puesto que sus hijos fueron retenidos como rehenes en Francia. Al año siguiente Turberville fue desenmascarado, juzgado y, por último, ejecutado públicamente en la ciudad de Londres.
Por muy difícil que fuera captar agentes que obtuvieran una información veraz y útil, aún lo era más transmitirla hasta territorio seguro. Desde muy temprano en la historia se idearon sistemas de cifrado para proteger la información secreta. Los más sencillos consistían en sustituir letras por cifras. Al trocar las letras del mensaje en series de números o símbolos sin sentido aparente, se conseguía proteger la información. Eso sí, previamente había que entregar la clave de la cifra para el descodificado a receptor y emisor. Decenas de documentos bajo cifra descansan en el Archivo General de Simancas, ideados por el embajador de Isabel la Católica en Inglaterra, el doctor Rodrigo González de Puebla, y más tarde por el cardenal Granvela, con instrucciones y negociaciones sobre la boda del futuro Felipe II con la reina de Inglaterra.
Por el contrario, los agentes ocasionales –mercaderes, religiosos, músicos, campesinos, artesanos– empleaban métodos de espionaje más imaginativos. Los mercaderes al servicio del Consejo de los Diez, gestores del secreto en la Serenísima República de Venecia, desarrollaron un método metafórico en sus mensajes: cuando escribían paños bermejos, se referían a la armada turca; la armada española era codificada como paños verdes y el número de paños solicitados coincidía con las unidades militares; si recomendaban el uso del mantel de mesa estaban requiriendo la artillería, y si era obligatorio realizar el pago de una libra de seda por envío, los agentes requerían una partida de pólvora con urgencia.
No obstante, aun siendo importante proteger el contenido de los mensajes mediante cifras, lo era más garantizar el canal de comunicación entre los espías y los oficiales de la Corona encargados de transmitir los contenidos al gobierno. Durante la guerra de los Cien Años, Inglaterra desarrolló un corredor protegido para transmitir este tipo de informaciones. El punto de partida de los diversos agentes en el continente era la ciudad de Calais y el paso seguro para la entrega de información se realizaba entre la ciudad francesa de Wissant y la inglesa de Dover. Una vez en territorio insular, se habilitó un pasillo seguro hasta Londres, jalonado de postas, con parada obligatoria en las ciudades de Southwark, Canterbury y Rochester. En 1373 se disponía de un presupuesto de un marco por hombre y caballo al día.


En cualquier caso, en contra de la imagen romántica del espía aventurero difundida por la literatura y el cine, para la mayoría de las personas el espionaje constituía la más deshonesta de las actividades, pues se fundamentaba en la traición de la confianza obtenida. A través de la historia, el fin cantado de los espías fue la muerte, tras ser sometidos a los más variados métodos de tortura. Muy pocos espías desenmascarados lograron sobrevivir y los que lo hicieron fue a costa de doblar la traición. Asimismo, muy pocos hombres honorables se permitieron tal práctica en el Medievo; sólo en el siglo XX la figura del espía fue apartada del descrédito generalizado, de la infamia y de la calumnia.

http://www2.uned.es/temple/inteligencia_militar_en_la_edad.htm
http://www.nationalgeographic.com.es/articulo/historia/secciones/7942/espias_agentes_dobles_durante_edad_media.html?_page=1,2
https://www.profeenhistoria.com/
http://sobrehistoria.com/la-edad-media/
http://mihistoriauniversal.com/edad-media/edad-media/