sábado, 29 de octubre de 2016

BATALLA DE CASTILLON....LA ULTIMA BATALLA DE LA GUERRA DE LOS CIEN AÑOS




Esta batalla, no muy conocida, librada el 17 de julio de 1453, fue la última batalla de la Guerra de los Cien Años. En ella se enfrentaron los ejércitos inglés por una parte y franco-bretón por la otra. Como una de sus mayores características se encuentra que probablemente fue la primera batalla documentada en la cual la artillería móvil demostró ser el factor decisivo.
No puedo referirme a la batalla sin primero mencionar el contexto de la misma. Para eso vamos a remontarnos a los origenes de la guerra:
En 1137, el último duque de Aquitania murió. Su hija Leonor se casó con Luis el joven, el futuro rey de Francia, pero su matrimonio se anuló al poco tiempo. Poco después, en 1152, se casó con Enrique Plantagenêt el futuro rey de Inglaterra. Por lo tanto Aquitania adjunta a la corona Inglesa también era un vasallo del rey de Francia.
Tras la muerte de Carlos IV, y con la ausencia de un heredero, gracias a la antigua Ley sálica, Felipe de Valois es proclamado Rey en 1328. Posteriormente, el rey toma Aquitania y  se conduce a más de un siglo de conflicto entre los dos países.
Para comprender los sentimientos de la población de Aquitania(región en donde se desarrolla la batalla), hay que reconocer que el largo dominio de Inglaterra (300 años), no trajo consigo ni la miseria ni la opresión. Por el contrario los reyes de Inglaterra le concedieron autonomía y oportunidad a través de las cartas no-intervencionista de las comunas. Así el comercio fue el núcleo de la estrecha relación que une Aquitania y la corona Inglesa.
El ducado de Aquitania se supone creado en el año 675 a la muerte de Childerico II, si bien su cronología es confusa antes del año 877 siendo en ocasiones considerado como un reino o un ducado. En ese año el Reino de Aquitania se divide en dos ducados, el de Gascuña y el de Aquitania (que posteriormente pasaría a denominarse de Guyena). Los dos se reunificarían en 1058 aunque el nombre de Guyena se seguiría usando ocasionalmente para identificar el ducado.


Francia durante el reinado de Carlos VII

Lograda la reconquista de Normandía en 1450, Carlos VII de Francia envió al teniente general Dunois a reconquistar Guyena (Aquitania). El militar reunió un gran ejército y logró el objetivo que le había sido ordenado en 1451.

La rápida campaña de reconquista culminó el 30 de junio de 1451 cuando los franceses entraron victoriosos en la capital gascona de Burdeos. La estrella inglesa en el conflicto parecía a punto de apagarse y la dilatada Guerra de los Cien Años se acercaba a su fin. Sin embargo, luego de trescientos años de dominación inglesa los habitantes de la ciudad se consideraban ya —y en los hechos lo eran— ingleses. En consecuencia, enviaron una embajada a Inglaterra y exigieron al rey Enrique VI que volviera a capturar la ciudad. Estaban disconformes porque los nuevos señores franceses pretendían regular el comercio y cobrarles impuestos inusualmente altos para financiar el esfuerzo de guerra.

Ofensiva Inglesa:
Enrique VI consciente de la importancia de  Aquitania envió a Sir John Talbot para recuper el territorio perdido.El 17 de octubre de 1452 Talbot desembarcó cerca de Burdeos, comandando una fuerza de más de 3.000 hombres de armas y un grupo de experimentados arqueros.
Después de una rápida campaña Burdeos cayó el 23 de octubre 1452( Los propios habitantes de la ciudad le abrieron las puertas al ejército). Una vez más Castillon está bajo dominio Inglés.

Contraataque Francés:
A lo largo del invierno, Carlos VII de Francia decidió actuar: reunió a sus ejércitos y los preparó para efectuar una campaña punitiva y recuperar Burdeos.
El ejercito conducido por Juan Bureau avanzó a lo largo del valle de Dordoña y tomó Gensac el 8 de julio de 1453, después ordenó a su ejército oriental que pusiera sitio a la cercana ciudad de Castillon (hoy Castillion-la-Bataille), sobre la orilla del río Dordoña, obligando a Talbot a abandonar su plan original, que consistía en hacerse fuerte en Burdeos y resistir allí un asedio. Ante las novedades, el comandante inglés tuvo que abandonar la ciudad y dirigirse a Castillon para intentar levantar el sitio.



Los dos comandantes:
Juan Bureau:
Como fue común en la Guerra de los Cien Años, el ejército francés no tenía un mando unificado. El comando nominal pertenecía a Juan de Blois, conde de Périgord, vizconde de Limoges y conde de Penthievre. Blois era bretón.
Por encima de todos ellos (salvo la autoridad política que detentaba Blois) mandaba el experimentado ingeniero militar Juan de Bureau, a quien acompañaba su hermano Gaspar como jefe de artillería. Como era usual en aquellos tiempos, el jefe de ingenieros comandaba los asedios y los sitios. Blois y los demás, según correspondía a la nobleza, mandarían sobre la caballería pesada.

John Talbot:
El comando del ejercito inglés había sido entregado a John Talbot, primer conde de Shrewsbury. El comandante inglés tenía más de 70 años, pero era un veterano duro y competente.
Hijo del conde de Talbot, combatió en Gales y en Irlanda. Se destacó en las guerras contra Francia siendo hecho prisionero en Patay y conquistando, tras su liberación, Clermonty el Pays de Cau.

Preparación:
Ante el grave problema que representaba el ejército enemigo que lo acechaba, Talbot pidió y obtuvo refuerzos. Se le entregaron otros 3.000 hombres al mando de su hijo, el señor de Lisle, que, sin embargo, seguían siendo insuficientes para hacer frente a los miles y miles de franceses que se agazapaban en las fronteras de Gascuña. Muchos gascones  se unieron también a Talbot.
Convencido de que debía abandonar Burdeos para ayudar a defender Castillon(que estaba sitiado por los franceses), Talbot hizo una vez más gala de su conocida agresividad y rapidez de decisiones. Abandonó la ciudad en la madrugada del 16 de julio comandando una fuerza avanzada de jinetes, a la que seguía una gran masa de hombres de armas a pie. Con este último grupo se desplazaba su artillería. Sus fuerzas totales al salir de Burdeos consistían en aproximadamente 6.000 soldados ingleses apoyados por los ya mencionados 3 millares de gascones.
Mientras tanto el ejército francés se estableció  al este de Castillon en la orilla derecha del Dordoña.
El sitio seleccionado tenía ventajas innegables. En el norte limita la Lidoire, un pequeño río con orillas escarpadas. En el oeste, el sur y el este, un foso rodeaba la ciudad suficiente para desalentar al atacante. Construido en tres días de acuerdo con consideraciones tácticas de Vauban, el foso tenía salientes, permitiendo el fuego cruzado. Protegido por una pendiente y reforzados por troncos de árboles, se presentaba como un gran problema para la caballería Inglesa.
Despues del foso, el campo era de 200 a 300 m de norte a sur y 600 m de oeste a este. Frente a ello la llanura se extendia de 500 a 600 m del río Dordogne por el que se podía cruzar sólo en un vado, el Pas de Rauzan.

Pas de Rauzan
Pas de Rauzan
Si el enemigo venía desde el norte, se enfrentaba con la Lidoire, un obstáculo difícil de atravesar, justo al lado del campamento. Si venía del oeste, no podía ser totalmente extendido delante del borde angosto del campo (200 m), si venía del sur, el campo de batalla de la Dordogne estaba bajo el fuego de la artillería francesa.

Primer ataque:
Advertido sobre la llegada de los franceses, Talbot, aguardando en Burdeos, decidió ir en su ayuda. Al llegar a Libourne (ciudad ubicada a orillas del Dordoña)
Talbot llegó cerca del campamento enemigo al amanecer del día siguiente . Descubrió la fuerza de Roualt escondida en un bosque al norte de San Lorenzo y frente al campamento francés, y entabló con ella una escaramuza relámpago que la sorprendió y culminó con numerosos muertos franceses. Los sobrevivientes huyeron a través del bosque y se refugiaron en el campamento de Bureau. Esta acción favorable reforzó la moral de las tropas inglesas.
Luego de una marcha forzada , era imperioso dar a sus hombres un tiempo de descanso y alimentos. Mientras los soldados descansaban, un mensajero que había logrado escapar de la ciudad informó a Talbot que el ejército francés se había dado a la fuga, y que cientos de jinetes abandonaban las fortificaciones y huían. Mirando a la distancia, el comandante inglés pudo observar una enorme nube de polvo que se dispersaba en el horizonte. Talbot ordenó inmediatamente a sus tropas disponibles atacar el resto del ejército francés.

Ataque principal:
Los jinetes ingleses vadearon el Lidoire . Las fuerzas anglogasconas no avanzaron contra el enemigo directamente desde el oeste, sino que rodearon el campamento con intenciones de atacar el eje más largo del mismo, concentrándose en los bancos sobre el río del lado sur.
Al descubrir con sorpresa que los parapetos estaban defendidos por miles de arqueros armados hasta los dientes y más de 300 cañones, Talbot comenzó a pensar que podía haber infravalorado las defensas francesas, pero, sin perder la calma, Talbot ordenó atacar con ferocidad. Los artilleros franceses estaban esperando precisamente eso.
El inglés hizo desmontar a sus hombres y asaltar las defensas al grito de "¡Por Talbot! ¡Por San Jorge!". Inmediatamente los artilleros franceses abrieron fuego, las armas de fuego dispararon simultáneamente. La carnicería fue indescriptible, con los atacantes todos agrupados, incapaces de escapar o esconderse.
Valientemente, los supervivientes se reagruparon. Mientras los cañones barrían a los ingleses con fuego enfilado, en varias partes del frente la lucha degeneró en combates cuerpo a cuerpo. En ese momento la fuerza principal inglesa llegó al campo de batalla, llevando el número de los ingleses una cifra completamente insuficiente ante los números franceses. La defensa de campo francesa podía manejarlos perfectamente, sobre todo teniendo en cuenta que la artillería inglesa se había quedado atrás y nunca consiguió llegar al campo de batalla.

La sorpresa francesa:
Aunque el fuego era mortífero, los ingleses consiguieron combatir hasta un limite. En ese momento, Talbot observó que sus soldados de infantería comenzaban a retroceder. Lo que sucedía es que por el flanco derecho se aproximaba una gran fuerza de caballería enviada por el duque de Bretaña (aunque algunos historiadores posteriores afirman que fue por el flanco izquierdo). Los arqueros franceses, que se habían refugiado detrás de la empalizada después de haber sido derrotados en el bosque temprano por la mañana, salieron ahora al exterior y lanzaron una nube de flechas contra los ingleses que se veían obligados a luchar en dos frentes: estaban atrapados entre los franceses adelante y los bretones por el flanco.



El final:
Sorprendidos entre dos grandes fuerzas enemigas, los ingleses debieron abrirse y retirarse, siendo perseguidos de inmediato por la fuerza principal de Bureau. En rápida retirada, vadearon el Dordoña en Pas de Rauzan, momento en que el caballo de Talbot recibió un cañonazo y murió, atrapando al comandante bajo su cadáver. En estas circunstancias, su escudo de armas fue reconocido por un soldado francés llamado Michel Perunin, quien, atacándolo con su hacha de combate, lo mató instantáneamente. El hijo de Talbot también pereció intentando defender a su padre.

                          
La muerte de Talbot
Dejando muchos muertos en el campo de batalla, los sobrevivientes huyeron, algunos cruzan la Dordogne, otros de huyen hacia el oeste, algunos incluso llegando a Saint-Emilion, otros más escondidos en Castillon.

La capitulación:
El 18 de julio 1543 fue firmado en el castillo de Pressac, en Saint-Étienne de Lisse, el documento de rendición. El cuerpo de Talbot fue reconocido por su heraldo, y sus restos fueron puestos temporalmente a descansar en Notre-Dame de Colle, en el campo de batalla real, trasladado luego a Inglaterra y enterrado en Witchurch. Con Talbot muerto, todas las plazas en poder de Inglaterra rápidamente capitularon y Burdeos se entregó sin derramamiento de sangre.

Consecuencias:

Sociales:
Esta batalla selló la retirada definitiva de los Ingleses y ayudó a establecer la autoridad del rey de Francia. Pero para Aquitania, las consecuencias no eran beneficiosas. Todo lo que había ganado en el camino de la autonomía ha sido puesta en duda y se recuperó sólo un tiempo después. La región perdió todos sus privilegios, y estos se restauraron con dificultades.
No fue sino hasta 1474 que Jean de Foix-Candale les otorgó una carta cuyos términos fueron confirmados y ampliados por Gastón II en 1487, que les permitía ciertos privilegios. Además de todo eso, esta derrota de Inglaterra puso la economía de la región en confusión. El tráfico comercial que durante dos siglos había asegurado la prosperidad de Aquitania disminuyó. Las ventas de vino a Inglaterra no acabaron del todo, pero se redujeron severamente, además estuvieron acompañados por altos cargos y acusados de estar en mal estado. El exilio, voluntario o impuesto, también podría estrechar las filas de la nobleza, sin embargo algunos años más tarde los exiliados voluntarios serían bienvenidos otra vez, y algunos incluso pudieron recuperar las tierras que habían abandonado.

Militares:
En la esfera militar, esta victoria, el producto de una nueva concepto estratégico, destacó el importante efecto terrible de la artillería y el enorme impacto en la caballería, cuando era utilizado en el momento adecuado y en el lugar correcto. No organizadas las cargas de caballería, los ataques con flechas y los combates individuales llenos de coraje, sería impotente e incapaz de poner un campamento francés en peligro. El concepto de guerra relacionados con la Edad Media se derrumbó y demostró su ineficacia frente a las nuevas técnicas y las nuevas armas de guerra.
La batalla de Castillon representa, por tanto, el último hecho de armas de la Guerra, y la primera de la historia europea en que los cañones decidieron el destino de un combate (y de una guerra).
En ese mismo año, el rey Enrique VI de Inglaterra comenzó a manifestar claros signos de demencia, lo que precipitó el estallido de la guerra civil inglesa conocida como Guerra de las Dos Rosas.
Ante esta grave circunstancia, los ingleses debieron retirar sus tropas presentes en Francia y renunciar a todas sus pretensiones territoriales en el continente y a sus reclamos al trono francés. Todas sus posesiones les fueron arrebatadas en escasos meses excepto Calais.
Finalmente mientras Inglaterra se batía en una nueva guerra( de carácter civil) que concluiría con la coronación de Enrique VIII, los reyes franceses tratarían de aumentar su autoridad aprovechando el fin de las incursiones inglesas.

http://mundohistoria.org/temas_foro/historia-la-edad-media/la-batalla-castillon-1453


viernes, 28 de octubre de 2016

POBLADORES PRERROMANOS,LOS VETONES Y LAS CUEVAS-SANTUARIO IBERICAS


Los Vetones (en latín vettones) eran los habitantes del occidente de la península ibérica. Estaban asentados entre los ríos Duero y Tajo, y su territorio se correspondería con las actuales provincias de Ávila, Salamanca, y parte de Cáceres, Toledo y Zamora, llegando incluso a la parte oriental de Portugal.




Dados los datos arqueológicos y epigráficos de los que se dispone resulta factible afirmar que estos pueblos (segun las fuentes clásicas) que han asimilado a la cultura vetona gozaban de un tipo de sociedad compleja en el que sin duda se daría un poblamiento jerarquizado manifestado por la desigualdad en el acceso y distribución de los recursos.

El elemento fundamental para determinar la estructura social de los Vetones es el estudio y análisis de las necrópolis en lo referente a la distribución de tumbas y ajuares. Se parte por tanto de que los ajuares y la localización y complejidad constructiva de los diferentes túmulos que conforman la necrópolis poseen una elevada carga social y simbólica que reflejan la distinción social y las relaciones de poder, para llegar a establecer una estructura piramidal que simularía la estructura social, basada en los grupos de edad y la capacidad para ejercer las actividades guerreras de acuerdo con la variedad de objetos presentes en los ajuares.
De este modo se ha determinado la presencia de tumbas de guerreros en las que predominan las armas y los arreos de caballo, tumbas de artesanos evidenciadas por la presencia de elementos de trabajo como punzones y diversas herramientas de hierro, tumbas de mujeres determinadas por la presencia de instrumentos destinados a las labores textiles y domesticas como la fusayolas y algunos escasos elementos de adorno personal y un gran número de tumbas sin ajuar de las que por lo tanto no se pueden extraer una actividad determinada dentro del poblado.

A partir de esta clasificación de los túmulos se puede organizar la estructura piramidal de los Vetones con marcadas diferencias de estatus que determinaría las relaciones de poder dentro de la sociedad vetona. En la cúspide de la pirámide se ubicarían las elites militares caracterizadas por los arreos y bocados de caballo así como las armas de lujo, lo que hace pensar en una supuesta clase gobernante ecuestre que pondría de relevancia la importancia simbólica del caballo presente también en otros objetos como fíbulas, grabados o cerámicas. En el siguiente escalón de la pirámide nos encontraríamos a la amplia masa de guerreros cuyas tumbas están caracterizadas por una panoplia más modesta sin armas lujosas ni elementos relacionados con el uso del caballo. Aun por debajo de los guerreros estarían los artesanos o especialistas como los metalúrgicos, los carpinteros, los alfareros… cuyas herramientas necesarias para el desarrollo de sus actividades no siempre se reflejan en los ajuares aunque la existencia de este grupo es necesaria dadas las características económicas del mundo vetton.
Los Vetones
guerreros en un altar de sacrificio
La presencia en algunos ajuares de herramientas y armas de manera combinada hace pensar en un posible artesano-guerrero a tiempo parcial cuya actividad dependería de las necesidades del momento. En la base de la pirámide de los Vetones nos encontraríamos al grupo más numeroso, relacionado con las tubas pobres sin ajuar, que tradicionalmente se ha asimilado a los individuos de carácter más humilde dedicados a las labores básicas del proceso productivo como la ganadería, el trabajo agrícola o la construcción del poblado y sus defensas. En el caso de las mujeres se diferencia una gradación de modo similar a la expuesta aunque en el caso de sus ajuares resulta más reseñable el estudio de los objetos de adorno más ricos o más pobres ya que el resto de elementos son los relacionados con las actividades domesticas mostrándose la existencia de una fuerte división sexual del trabajo siendo el hombre quien realizaba las tareas económicas más importantes, hecho que se reflejaría en el sistema de descendencia o de prestigio aunque no afectaría necesariamente a las relaciones monogamias que parecen probadas por la presencia de prácticamente el mismo número de hombres que de mujeres.
Los Vetones
guerrero tras ritual de sauna
Del estudio de la distribución de los túmulos dentro de las necrópolis resulta la identificación de agrupamientos específicos de tumbas separadas por aéreas estériles que presumiblemente dispondrían de rituales funerarios homogéneos y en cuyo interior existe un pequeño grupo de tumbas socialmente preeminentes. Estos datos arqueológicos han sido interpretados como el reflejo de un sistema de grupos familiares que determinarían una organización social basada en el régimen gentilicio, también demostrada por la presencia de inscripciones latinas ya tardías presentes en los valles de ríos como el Yeltes, el Duero o el Jerte que determinarían la presencia de diferentes grupos tribales o gens. De este modo los diferentes individuos se hallarían unidos por lazos de consanguinidad y relaciones de parentesco complejas diferenciadas de las presentes en la familia patriarcal romana. Algunas de las características de estos grupos gentilicios, determinadas por Morgan en su estudio de las tribus Iroquesas, son la obligación de no contraer matrimonio dentro de la gens, las obligaciones reciprocas de ayuda, defensa y desagravio de ofensa, los derechos naturales de herencia de tipo lineal y masculino, el derecho de adopción de extraños en la gens, la celebración de ceremonias religiosa comunes o la existencia de un cementerio común, entre otros factores que pueden ser observados en el estudio de las sociedades vettonas. En este punto cabe destacar la capacidad de un grupo familiar o gens de adoptar a extraños que adquirirían los derechos del grupo gentilicio que le acoge, esto es el Hospitium. Estos pactos de hospitalidad también eran aplicables a las aldeas, tratándose entonces de grupos aislados de individuos que eran aceptados por una comunidad, estos pactos solían ser ratificados por escrito mediante pequeñas planchas de bronce llamadas teseras en lengua celtibera, o latina ya en épocas tardías. Con la conquista romana y el proceso de romanización este concepto de hospitium se fue asimilando a la clientela romana, acentuándose los lazos de dependencia personal entre el cliente y el amo que llego a vincularse con conceptos religiosos de fidelidad dando lugar al debotio.
Siguiendo con el estudio de las necrópolis de los Vetones y complementándolo en esta ocasión con los análisis del poblamiento basado en la consideración de las estructuras de habitación las conclusiones obtenidas en materia de paleodemografia han arrojado una esperanza de vida media de unos 30 años y unas poblaciones de entre 160 y 250 habitantes por poblado, aunque concentraciones de población especialmente extensas como Ulaca han podido albergar a unos 1000 habitantes.
Los Vetones
 Castro de Ulaca
En cuanto a las instituciones políticas que regirían la vida diaria en el poblado cabe destacar la posible dualidad de poder entre una magistratura ordinaria de carácter civil y religioso y otra magistratura temporal y extraordinaria de tipo militar. Esta última se basaría en la elección por parte de la asamblea o el consejo de caudillos militares por criterios de valor, elocuencia o pericia personal que las fuentes clásicas han denominado como Hegoumenos. En el caso de la primera magistratura se conjetura con la elección de un rey o autoridad civil elegido por las familias aristocráticas que ostentaría el poder civil y posiblemente religioso de por vida.
Para finalizar este apartado cabe destacar que la sociedad vetona no fue estática a lo largo de toda su historia sino que sufrió un proceso de evolución acentuado por el contacto con las civilizaciones mediterráneas que llevó desde la organización en unidades familiares extensas al surgimiento de instituciones políticas complejas como cabe observar en el proceso de evolución desde el estatus guerrero de las clases dominantes ecuestres (ajuares con armas que muestran prestigio) al estatus de tipo económico (ajuares con joyas y tesoros) predominante en el ámbito urbano.

Corre el siglo II a.C. El final de la Segunda Guerra Púnica (218-201 a.C.), además de estar marcando el declive de Cartago frente a Roma, esta determinando el inicio del paulatino proceso de romanización de los pueblos iberos en la Península. Este imparable proceso ira poco a poco trasformando las estructuras sociales del mundo ibérico, pero también sus esquemas mentales. Lo que incluye su faceta quizás mas personal, como es el mundo de las ideas, sus dioses y esquemas religiosos.
Las Cuevas-Santuario ibéricas ante la llegada de Roma
Poco se sabe de la religion ibérica (Moneo, 2003).Conocemos alguno de los nombres de sus deidades mas importantes como Endovelicus o Ataecina vinculadas especialmente al suroeste peninsular. Por haber hallado advocaciones a estos en los restos epigráficos localizados en algunas aras del área mencionada. Así como la mas que probable presencia en este desconocido panteón, de una gran deidad femenina vinculada a los ciclos naturales, que los historiadores venimos denominando con carácter general como Gran Diosa Madre. Conocemos también la practica habitual de inclusión en las zonas cercanas a los poblados de santuarios urbanos. Pero de las múltiples facetas cultuales del mundo ibérico quizás la mas desconocida sean las cuevas santuario.
Estos "loca sacra libera" conviven con los santuarios urbanos. Constatando su uso desde el s. VI a.C. hasta su desaparición con la paulatina romanización que conlleva la monumentalización de los espacios sagrados circa en s.I a.C. Se trata de cuevas y especialmente abrigos naturales inhabilitados a priori para su uso habitacional en los que la cantidad y/o calidad de los materiales nos revela un uso cultual de los mismos. Especialmente conocido es el santuario rupestre de la Cueva de la Lobera (Castellar de Santiesteban, Jaén) donde desde la década de los años 50 del siglo pasado se vienen localizando múltiples exvotos antropomorfos realizados generalmente en bronce.
Las Cuevas-Santuario ibéricas ante la llegada de Roma

Estos santuarios rupestres presentan una serie de características comunes: Están situados en enclaves de difícil acceso, comúnmente sobre barrancos. Normalmente con un solo punto de entrada. Constituyen hitos referenciales en el paisaje. Vinculados a las rutas de comunicación. Contienen o están relacionados con afloramientos de agua, presentando a menudo piletas naturales o modificadas donde se recoge esta. Y muestran en su espacio una gran cantidad de cerámica fragmentada, así como ofrendas de diversa índole.
Las Cuevas-Santuario ibéricas ante la llegada de Roma

Nuestros estudios nos llevan a la conclusión de que estamos ante una de las muestras de religiosidad mas antigua del mundo íbero. Probablemente recogiendo esquemas previos fenicio-púnicos, pero que hundiría sus raíces en manifestaciones mágico-religiosas prehistóricas.
Presentamos una brevísima aproximación a la comprensión de estos espacios sagrados poco conocidos. A raíz de los resultados obtenidos de la primera excavación arqueológica de uno de estos santuarios rupestres, La Nariz (Moratalla, Murcia). Ubicada en una posición de privilegio, dominando el extenso valle de San Juan a sus pies. Se trata de un gran abrigo con una morfología marcadamente antropomorfa, situado sobre un gran cortado, en el paraje conocido como Salchite.
Su excavación además de valiosas informaciones objeto de futuras publicaciones, nos reveló un primer dato de extrema importancia; su exacta cronología. El yacimiento conocido desde la década de los 70 (Lillo, 1981) "nunca había sido intervenido arqueológicamente, posiblemente por la dificultad de su excavación que tuvimos que realizar sujetos mediante útiles de escalada". La cronología que aportaron sus materiales revelaron un abanico del s. IV a.C. al primer cuarto del s. I a.C. Con un uso pleno en el s.II a.C. El ejemplo paradigmático al que aludíamos en líneas anteriores de La Lobera se enclava grosso modo del VI al IV a.C. Por lo que podíamos atender a la lectura de los últimos usos cultuales de estas cuevas propiamente ibéricas antes de su desaparición con la progresiva asimilación de los cultos romanos.
La lectura nos revela de forma muy general que el santuario rupestre de La Nariz se constituye como un santuario extraurbano, alejado una media de 20 km. de los enclaves ibéricos que lo rodean El Macalón (Nérpio, Albacete) y Molinicos (Moratalla, Murcia). Prácticamente equidistante de estos y en el paso natural que constituiría la vía de comunicación entre las zonas de influencia de ambos. A el según la cantidad de materiales acudirán las gentes en lo que constituiría una versión de las actuales romerías. Posiblemente en días determinados según los estudios por los ciclos naturales. En la cavidad se procedía al culto que incluye libaciones de las aguas de la cueva así como comidas comunales, transcurridas las cuales se llevaba a cabo la destrucción intencional de la cerámica utilizada. El ritual o uso cultural del santuario incluía, así mismo la colocación de ofrendas. En este siglo II a.C. el carácter de estas ha cambiado respecto a los característicos exvotos de siglos anteriores. Ahora las ofrendas presentan un carácter mas simple y personal. Estando integradas por pequeños objetos de adorno, algunos de carácter perecedero y especialmente importante según nuestra lectura; objetos cotidianos de carácter femenino.
Las Cuevas-Santuario ibéricas ante la llegada de Roma

Con este sentido femenino se entiende la anónima deidad con la podría estar vinculado el santuario rupestre. La extraordinaria iconografía del fragmento cerámico 28-110-0-1 proveniente de La Nariz y conocido como la “Diosa de Salchite”. Esta haciendo referencia a una Potnia Theron o “Señora de los Animales”. La interpretación apunta que en este s. II a.C. el pueblo íbero que utilizaba el santuario representaba a su deidad asumiendo en ella características importadas del mundo fenicio-púnico como puede ser el carácter alado de la representación o la presencia de la conífera y su carácter inmortal. En referencia a los ciclos de muerte y renacimiento natural, que también se detecta en el hecho de que la deidad parezca surgir o elevarse sobre las llamas del morillo que aparece a sus pies. Atributos heredados de Tanit-Astarté. Pero también características de la Artemis Efesia traída por los Focenses como muestra el contexto iconográfico de la diosa con los brazos abiertos rodeada por el mundo animal y flanqueada por columnas.

La ausencia de material en el santuario rupestre de La Nariz, posterior al primer cuarto del s. I a.C. nos indica que su uso desaparece en este momento. El proceso de romanización del pueblo íbero ya es imparable. Los antiguos dioses y cultos comienzan a diluirse en las brumas del tiempo, asimilados por las nuevas deidades que acompañan a las legiones romanas.

http://www.vettoniahockey.org/nuestro-club/historia-de-los-vettones/
http://revistadehistoria.es/los-vetones-pobladores-prerromanos-de-la-peninsula-iberica/
http://www.salamancaemocion.es/descubre/25/veton/
http://revistadehistoria.es/las-cuevas-santuario-ibericas-ante-la-llegada-de-roma/
http://www.sierradegatadigital.es/articulo/historia-de-sierra-de-gata/nuestros-antepasados-los-vetones/20120611090120002906.html

jueves, 27 de octubre de 2016

CANTAR DEL MIO CID Y EL CÓDICE DE VIVAR


El Cantar de mio Cid es un poema épico anónimo del siglo XII que refiere las hazañas de madurez del Cid, en torno al episodio central de la conquista de Valencia, tras ser desterrado de Castilla por el rey Alfonso. Éste lo condena al exilio por haber dado crédito a los envidiosos cortesanos enemigos del Cid, quienes lo habían acusado falsamente de haberse quedado parte de los tributos pagados a la corona por el rey moro de Sevilla. El texto conservado se inicia cuando el Cid y sus hombres se preparan para salir apresuradamente de Castilla, pues se acerca el final del plazo impuesto por el rey Alfonso. Tras dejar el pueblo de Vivar, de donde era natural, dejando allí su casa abandonada, el Cid, acompañado de un pequeño grupo de fieles, se dirige a la vecina ciudad de Burgos. Los ciudadanos salen a las ventanas a verlo pasar, dando muestras de su dolor, pero su pena por el héroe no es capaz de hacerles contravenir la orden real que prohíbe hospedar y abastecer al desterrado. El Cid y los suyos se ven entonces obligados a acampar fuera de la ciudad, a orillas del río, como unos marginados.
En esta situación reciben el auxilio de un caballero burgalés vasallo del héroe, Martín Antolínez, que prefiere abandonarlo todo antes que dejar al Cid a su suerte. Sin embargo, su ayuda no es suficiente, pues el héroe, que carece del oro supuestamente malversado, no posee los recursos necesarios para mantener a sus hombres. Por ello, con la ayuda del astuto Martín, urde una treta: empeñarles a unos usureros burgaleses, Rachel y Vidas, unas arcas aparentemente llenas de los tributos desfalcados, pero que en realidad están rellenas de arena. Consigue así seiscientos marcos de oro, cantidad suficiente para subvenir a las necesidades más inmediatas. A continuación el Cid y los suyos siguen viaje hacia San Pedro de Cardeña, un monasterio benedictino donde se ha acogido la familia del héroe, mientras este se halle en el destierro. La estancia es, sin embargo, muy breve, porque el plazo para salir del reino se agota. Tras una desgarradora despedida, el Cid prosigue viaje y, esa misma noche, llega la frontera de Castilla con el reino moro de Toledo. Antes de cruzarla, el héroe recibe en sueños la aparición del arcángel Gabriel, quien le profetiza que todo saldrá bien.
Animado por el aviso celestial, el Cid entra tierras toledanas dispuesto a sobrevivir en tan duras condiciones, iniciando su actividad primordial en la primera parte del destierro: la obtención de botín de guerra y el cobro de tributos de protección a los musulmanes. Para ello desarrolla una primera campaña en el valle del río Henares, compuesta de dos acciones combinadas: mientras el Cid, con una parte de sus hombres, consigue tomar la plaza de Castejon, la otra parte, al mando de Álvar Fáñez, su lugarteniente, realiza una expedición de saqueo río abajo, hacia el sur. Las dos operaciones resultan un éxito y se obtienen grandes ganancias, sin embargo, al ser el reino de Toledo un protectorado del rey Alfonso, es posible que éste tome represalias contra los desterrados. Por ello, el Cid vende Castejón a los moros y sigue viaje en dirección nordeste. La segunda campaña tendrá como escenario el valle del Jalón. Tras recorrerlo saqueándolo a su paso, el Cid establece un campamento estable, con dos objetivos: cobrar tributos a las localidades vecinas y ocupar la importante plaza de Alcocer. La caída de esta localidad, que el Cantar de mio Cid presenta como la clave estratégica de la zona, hace cundir la alarma entre la población musulmana circundante, que acude a pedir auxilio al rey Tamín de Valencia. Éste, preocupado por la pujanza del Cid, envía a dos de sus generales, Fáriz y Galve, para que lo derroten. Éstos lo asedian en Alcocer, pero el héroe, aconsejado por Álvar Fáñez, decide atacar a los sitiadores por sorpresa al amanecer, lo que le proporcionará una sonada victoria.
Pese al triunfo, el Cid considera que se halla en una situación difícil, así que, como en Castejón, vende Alcocer y prosigue viaje hacia el sudeste. En ese momento, ha adquirido ya tantas riquezas que se decide a enviar a Álvar Fáñez con un regalo para el rey Alfonso, como muestra de buena voluntad y un primer paso hacia la obtención de su perdón. Mientras su embajador va a Castilla, el Cid se adentra por el valle del Jiloca, hasta hacerse fuerte en un monte llamado El Poyo del Cid, nombre que, según el poema, se debe a este asentamiento de su héroe. Desde allí, el Cid realiza diversas incursiones y obliga a los habitantes de la zona a pagarle tributo. Más tarde se desplaza hacia el este, a la zona del Maestrazgo, que se hallaba bajo el protectorado del conde de Barcelona. Éste, al conocer la actuación del Cid, se propone darle un escarmiento y se dirige en su busca con un fuerte ejército. La batalla se producirá en el pinar de Tévar y, como siempre, el Cid resulta victorioso. Además de obtener un rico botín, el héroe y los suyos capturan a los principales  caballeros barceloneses y al propio conde. Éste, despechado, decide dejarse morir de hambre, pero al cabo de tres días, cuando el Cid le propone dejarlo en libertad sin pagar rescate, a cambio de que coma a su mesa, el conde accede muy contento, olvidando sus anteriores promesas.



Tras su victoria (bélica y moral) sobre el conde de Barcelona, el Cid comienza su campaña en Levante. Su objetivo último ya no es el saqueo y la ocupación transitoria, como en Castejón y Alcocer, sino la conquista definitiva de Valencia y la creación de un nuevo señorío, donde el héroe y sus vasallos puedan vivir permanentemente. Para ello, el héroe comienza por controlar la zona que rodea Valencia, para estrechar el cerco en torno a ella. Tras la toma de Murviedro (Sagunto), los moros valencianos intentan detener su avance asediándolo allí. Sin embargo, como había pasado antes en Alcocer, las tropas del Cid los derrotan por completo, lo que aún les da más ímpetu en sus propósitos de conquista. Al cabo de tres años, han ocupado casi todo el territorio levantino, dejando aislada a Valencia. Sus habitantes, desesperados, piden ayuda al rey de Marruecos, pero éste no puede dársela. Perdida toda esperanza de socorro, el Cid cierra el cerco y, tras nueve meses de asedio, cuando el hambre aprieta ya a los valencianos, se produce la rendición.
La conquista de Valencia no asegura aún su posesión. Al conocer la noticia, el rey moro de Sevilla organiza una expedición para intentar recuperarla, pero fracasará por completo, al ser derrotado por el Cid y los suyos, que completan con el enorme botín las grandes riquezas obtenidas tras la toma de la ciudad. Afianzada la situación, el Cid toma una serie de medidas para garantizar la adecuada colonización de la ciudad y su organización interna. Incluso aprovecha la llegada de un clérigo guerrero, el francés Jerónimo, para instaurar un obispado valenciano. Además, envía de nuevo a Álvar Fáñez con un nuevo regalo para el rey Alfonso, al que pedirá permiso para que la familia del Cid se reúna con él en Valencia. La embajada es un éxito, pues el rey acepta complacido la dádiva y concede el permiso solicitado. Además, provoca efectos contrarios entre los cortesanos, pues despierta la envidia de los calumniadores que habían provocado su exilio (encabezados por Garcí Ordóñez) y la admiración de otros aristócratas, entre ellos los infantes de Carrión, que se plantean la posibilidad de casar con las hijas del Cid y beneficiarse así de sus riquezas.




Acompañadas por Álvar Fáñez, la esposa y las hijas del Cid, junto con sus damas, se dirigen a Valencia. Mientras tanto, el Cid es informado allí de la decisión real y envía una escolta a buscarlas a Medinaceli, extremo de la frontera castellana. Desde allí, la comitiva avanza hacia Valencia, donde el héroe la espera impaciente. Su llegada es motivo un recibimiento a la vez solemne y alegre. La llegada de la familia del Cid se corresponde con un período de calma y felicidad. Sin embargo, la llegada de la siguiente primavera (época en que los ejércitos se movilizaban) les trae el ataque del rey Yúcef de Marruecos. Se va a librar entonces el mayor de los combates descritos en el Cantar de mio Cid, pues es el único que dura dos días seguidos. Pese a la superioridad numérica del adversario, el empleo de una sabia táctica dará una vez más el triunfo al Cid y a los suyos. Gracias al importante botín obtenido, el héroe puede enviar un tercer regalo al rey Alfonso, de nuevo por mano de Álvar Fáñez. La alegría del rey es tan grande como la ira de los cortesanos enemigos del Cid y el prestigio de éste mueve por fin a los infantes de Carrión a pedirle al rey que gestione sus bodas con Elvira y Sol, las hijas del Cid. El rey accede y decide a la vez otorgar formalmente su perdón al Cid.
La reconciliación del monarca y el héroe se produce en una solemne reunión de la corte junto al río Tajo, que dura tres días. El primero, el Cid es recibido a su llegada por el rey, quien lo perdona públicamente y luego los agasaja a él ya sus hombres. El segundo día es el Cid quien organiza un banquete en honor del rey. Por último, al tercer día, se abordan las negociaciones matrimoniales. El Cid se muestra bastante remiso a este matrimonio, pero accede por deferencia hacia el rey. Acordado, pues, el enlace, la reunión se disuelve y el Cid y los suyos, acompañado por los infantes y por numerosos nobles castellanos que quieren acudir a sus bodas, regresan a Valencia. Allí tienen lugar las nupcias, que se celebran con el lujo apropiado al nivel social que ha alcanzado el Cid y con profusión de celebraciones caballerescas, que duran quince días. Tras las bodas, los infantes se quedan a vivir en Valencia, siendo la convivencia satisfactoria durante un par de años.
Cierto día, un león propiedad del Cid se escapa de su jaula, sembrando el terror por el alcázar de Valencia. El héroe está durmiendo y sus caballeros, que están desarmados, lo rodean para protegerlo, mientras que sus yernos huyen despavoridos y se esconden donde pueden. Cuando el Cid se despierta, conduce de nuevo al león a su jaula como si nada. La admiración que despierta el gesto del héroe es, sin embargo, menor que las burlas que provocan los infantes por su notoria cobardía. Ésta quedará confirmada poco después, cuando las tropas del rey Bucar de Marruecos acudan a intentar de nuevo recuperar Valencia. Allí, frente a las proezas de los demás hombres del Cid, sus yernos huirán ante los moros, y sólo la buena voluntad de los principales caballeros impide que el héroe se entere de ello. Sin embargo, las críticas de que son objeto por parte del resto de sus hombres y la riqueza obtenida tras el reparto del botín les hacen urdir un plan para vengarse de las ofensas sufridas. Para ello, deciden abandonar Valencia con la excusa de mostrarles a las hijas del Cid sus propiedades en Carrión, a fin de dejarlas abandonadas por el camino.
Así lo ponen en práctica y, colmados de regalos por el Cid, se ponen en marcha. Por el camino, intentan asesinar a Avengalvón, el gobernador musulmán de Molina, aliado del Cid. Sin embargo, este descubre sus planes y, por consideración hacia el héroe, los deja marchar. Los infantes y su séquito siguen su marcha, hasta llegar al robledo de Corpes. Allí, tras hacer noche, envían a su gente por delante y se quedan a solas con sus esposas, a las que golpean brutalmente y dejan abandonadas a su suerte. Afortunadamente, su primo Félez Muñoz, al que el Cid había enviado en su compañía, acude a rescatarlas y da aviso al Campeador. Éste, además de enviar a sus caballeros para que traigan de regreso a sus hijas, manda a Muño Gustioz, uno de sus mejores hombres, a querellarse ante el rey don Alfonso. Éste, que había sido el promotor de los desdichados matrimonios, acepta la demanda del Cid y convoca una reunión judicial de la corte, a fin de dictaminar lo más justo.



Las cortes se reúnen en Toledo y a ellas acuden el rey, los infantes de Carrión con sus deudos (a los que se suma Garcí Ordóñez) y el Cid con sus principales caballeros. Éste reclama a sus yernos los dos excelentes espadas, Colada y Tizón que les había regalado al despedirse de ellos. Los infantes se las devuelven y respiran satisfechos, creyendo que el héroe se conforma con eso. Sin embargo, a continuación les reclama los tres mil marcos de la dote de sus hijas, que la disolución del matrimonio les obliga a restituir. Los infantes, que unen a sus anteriores defectos el ser unos dilapidadores, deben devolverle al Cid esa suma en especie, pues carecen de liquidez. Con todo, se avienen a ello pensando, como antes, que la demanda se acaba ahí. De nuevo se equivocan, pues el héroe ha dejado para el final el asunto más grave: la afrenta recibida por el maltrato y abandono de sus hijas. De acuerdo con los usos de la época, se produce un desafío de los caballeros del Cid a los infantes, a los que se suma su hermano mayor, Asur González. El rey acepta los desafíos y determina que las correspondientes lides judiciales se efectuarán en Carrión al cabo de tres semanas. En ese momento, los embajadores de los príncipes de Navarra y de Aragón llegan a la corte para pedir la mano de las hijas del Cid, lo que provoca gran satisfacción en la corte.
El héroe da instrucciones a sus caballeros y regresa a Valencia. Vencido el plazo, se reúnen en Carrión los hombres del Cid y los de Carrión, bajo la supervisión del rey. Tienen entonces lugar los tres combates, con todas las formalidades previstas por la ley. En ellos, los caballeros del Cid, Pedro Bermúdez, Martín Antolínez y Muño Gustioz, vencen a los dos infantes y a su hermano, que quedan infamados a perpetuidad. Los campeones del Cid regresan satisfechos a Valencia, donde son acogidos con gran alegría. En este momento, el héroe, recuperada su honra y emparentado con los reyes de España, ha alcanzado su cumbre. Tras ella, nada queda por contar, salvo recordar que su muerte acaeció en la solemne fiesta de Pentecostés.




El códice de Vivar
El mayor de los cantares de gesta españoles de la Edad Media y una de las obras clásicas de la literatura europea es el que por antonomasia lleva el nombre de su héroe: el Mio Cid. Este cantar se ha conservado en su forma poética en un único códice, que actualmente se custodia en la Biblioteca Nacional de Madrid. Se trata de un códice en cuarto (con dimensiones medias de 198 × 150 mm), de 74 hojas (originalmente 78), elaborado con pergamino, posiblemente de cabra, grueso y de preparación algo tosca. Consta de once cuadernillos, cosidos entre sí mediante cinco nervios y encuadernados con tabla forrada de badana barnizada de negro y estampada con orlas de oro (del que quedan muy pocos restos) y conserva parte de dos broches de cuero y metal con los que se mantenía cerrado. Esta encuadernación es del siglo XV y fue la segunda que experimentó el códice, sin que se tenga certeza sobre la fecha de la anterior, seguramente coetánea de su escritura. La impaginación o distribución del texto en la página se realizó mediante un pautado a punta seca en el primer cuadernillo y a punta de plomo (o quizá de plata) en los restantes. Dicho pautado está formado por dos líneas maestras verticales y otras dos horizontales, que delimitan una caja de escritura que varía entre los 174 x 121 mm y los 163 × 112 mm. El texto está escrito a renglón seguido, con una media de 25 líneas por plana, en letra gótica libraria híbrida de notular y textual (también denominada cursiva formada), a una sola tinta (sin duda negra en su origen, pero que hoy se ve de color pardo), escrita sin lujo, pero con esmero. Todos los versos se inician con una mayúscula gótica. En catorce ocasiones se emplean capitales lombardas de gran tamaño como iniciales ornamentales de sobria decoración, las cuales, sin embargo, no parecen desempeñar ninguna función específica en relación con el contenido. También hay dos ilustraciones que representan sendas cabezas femeninas de largas melenas, realizadas en el margen derecho del f. 31r, las cuales se ha pensado que podrían aludir a las hijas del Cid, allí mencionadas, aunque esto es muy inseguro, entre otras cosas porque la segunda cabeza es copia, con peor mano, de la primera, lo que hace pensar en un mero ejercicio de pluma, de los que pueblan los márgenes de los manuscritos medievales, antes que en una figura relativa al contenido.



Este manuscrito lleva una suscripción de copista que fija su realización en el año 1245 de la era hispánica, correspondiente al 1207 de la cristiana:

               Quien escrivió este libro dél’ Dios paraíso, ¡amén! Per Abbat le escrivió en el mes de mayo
                en era de mill e dozientos cuaraenta e cinco años.

Sin embargo, el códice que nos transmite esta indicación no es de principios del siglo XIII, sino del siguiente, y probablemente deba situarse, por sus características paleográficas, entre 1320 y 1330. Cabe pensar, entonces, en que el copista sufrió un error o incluso en una alteración deliberada de esa suscripción. En realidad, los numerales aparecen en el texto original en cifras romanas, “mill. & .C.C.   xL.v· años”, con un espacio entre las centenas y las decenas que podría haber contenido una tercera C, lo que permitiría fechar el colofón en la era de 1345, es decir, el año 1307, una fecha más acorde con la que puede deducirse de la constitución material del manuscrito. Esta hipótesis fue la habitualmente defendida desde que Tomás Antonio Sánchez (con el auxilio de Juan Antonio Pellicer) publicó por primera vez el Cantar de mio Cid en 1779, y se convirtió en canónica tras la monumental edición de Ramón Menéndez Pidal aparecida en tres volúmenes entre 1908 y 1911. Sin embargo, para admitir esta hipótesis, hay que suponer que dicha C fue raspada para envejecer artificialmente el códice ya en la Edad Media, puesto que en la copia extraída en 1596 por el genealogista Juan Ruiz de Ulibarri (cuando el manuscrito se conservaba en el concejo de Vivar) la fecha se lee ya como en la actualidad, lo que supone un planteamiento anticuario ajeno a la mentalidad medieval y, por lo tanto, obliga a imaginar una operación anacrónica. Por otra parte, la posibilidad de inspeccionar el códice único en 1993 con un video-microscopio de superficie y una cámara de reflectografía infrarroja me permitió determinar que en realidad no había nada raspado en ese punto, por lo que no pudo haberse eliminado la supuesta tercera C.



Esto plantea la cuestión de por qué un manuscrito del siglo XIV presenta una suscripción fechada un siglo antes. Esta situación puede sorprender, con razón, a un lector moderno, pero en la Edad Media no era extraño, en particular en los scriptoria o talleres de copia de los monasterios benedictinos, que cuando un códice se copiaba, se hiciera íntegramente, es decir, conservando incluso el colofón del modelo seguido, a fin de saber de qué ejemplar antiguo procedía la nueva copia. Esto daba lugar a lo que técnicamente se denomina una subscriptio copiata, que obviamente no transmite los datos de producción (copista, fecha y a veces lugar) de un manuscrito dado, sino de su modelo. Esta posibilidad se ve reforzada teniendo en cuenta que muy probablemente el códice conservado procede originariamente del monasterio de San Pedro de Cardeña, donde estaba enterrado el Cid, lo que hace de la subscriptio copiata una operación normal. En todo caso, puede darse por seguro que el códice que se conserva procede de un modelo perdido que databa de mayo de 1207 y había sido escrito, es decir, copiado a mano, por cierto Per Abbat o Pedro Abad. Lo que hay que dejar bien claro es que ni la fecha es la de composición de la obra ni el nombre propio es el de su autor, puesto que se trata de una típica suscripción de copista, de las que se conservan otras muchas similares en multitud de manuscritos medievales.




http://www.los-poetas.com/e/cid.htm
http://www.caminodelcid.org/Camino_Sinopsisargumental.aspx
http://www.caminodelcid.org/Camino_ElcodicedeVivar.aspx

miércoles, 26 de octubre de 2016

GERARDUS MERCATOR Y LA CARTA GEOGRAFICA


Es el responsable de la más perfecta representación en plano de la Tierra, basada en la proyección de un cilindro tangente al ecuador esférico, e instauró el concepto de 'atlas'
Gerardus Mercator vino al mundo el 5 de marzo de 1512, y la importancia que más tarde tendría a nivel mundial ha sido la responsable de que hoy le recordemos como un gran benefactor 
Mercator, natural de Flandes (Bélgica), es uno de los cartógrafos más recordados. Estudió matemáticas, astronomía y geografía, pero también aprendió grabado. Una de sus primeras aportaciones a la cartografía fue la introducción de la cursiva, que permitía una lectura más clara que la letra gótica, predominante en aquel entonces.
Su experiencia en la elaboración de mapas en Palestina, Flandes y Europa le permitió desarrollar un tipo de proyección cartográfica que hoy lleva su nombre, y que mantiene la líneas de longitud paralelas. La proyección de Mercator se basa en la proyección de un cilindro tangente al ecuador esférico, y fue determinante para facilitar la navegación por mar a aquellos aventureros que en su siglo seguían empecinados en buscar nuevos mundos.

Aunque su mapa fue uno de los más aceptados, no es completamente fiel debido a la enorme dificultad de representar sobre plano la forma geoide de la Tierra. Basta intentar aplanar una naranja para darse cuenta de lo complicado del caso. El número de resultados posibles es infinito y, así, la proyección de Mercator destaca por guardar las formas de los continentes pero no sus dimensiones.
Mercator fue, además, el primero en denominar atlas al conjunto de mapas, y también inició la elaboración del suyo propio. El primero, basado en los mapas de Ptolomeo, se publicó en 1578.
Desde el comienzo de la cartografía, el hombre ha intentado dar una solución al problema de la representación gráfica de un planeta esférico que en realidad tiene más bien forma de pera. Hay mapas con forma de semicírculo, de rombo o incluso de corazón. Sin embargo, ninguno de ellos ha podido nunca ser fiel a la realidad hasta el siglo XXI.


La proyección de Mercator permite a los marineros dirigir el rumbo de la embarcación en largas distancias mediante el trazado de líneas rectas, sin necesidad de hacer constantes ajustes de la lectura del compás

El matemático y geógrafo flamenco Gerhard Kremer pasaría a los anales de la historia por la innovación que en el ámbito de la cartografía significó su representación cilíndrica, directa y conforme de la esfera terrestre, a la que él mismo daria nombre: la proyección de Mercator. La imagen que ésta ofrece del globo terráqueo es la de un conjunto de meridianos trazados como líneas verticales paralelas (separadas unas de otras por la misma distancia), y una serie de paralelos horizontales que se van separando progresivamente conforme se alejan del ecuador.
Esta proyección, elaborada en 1569, todavía hoy sirve de gran ayuda a los navegantes a la hora de dirigir el rumbo de sus naves, aunque es menos práctica para construir los mapas del mundo, pues la escala está distorsionada y las zonas más alejadas del ecuador se muestran exageradamente grandes (así, por ejemplo, la extensión de Groenlandia, según la concepción de Mercator, es superior a la de toda Sudamérica, cuando en realidad comprende una superficie menor que la de Arabia Saudí).

A la edad de 24 años, Mercator era ya un soberbio grabador, un destacado calígrafo y un fabricante de instrumentos científicos altamente cualificado. Trabajó muy estrechamente con su maestro (Gemma Frisius) y con Gaspar Myrica (grabador y orfebre, cuyo taller era regularmente frecuentado por los dos geógrafos). Entre los tres lograron hacer de Lovaina un importante centro de construcción de mapas e instrumentos astronómicos.
La reputación de estos científicos-artesanos fue creciendo paulatinamente, hasta el punto de que el emperador Carlos y les encargaría dos globos, uno terrestre (en cuya fabricación invirtieron unos dos años, 1535-36) y su contrapartida celeste (que acabaron en 1537). Estos mapas mostraban la caligrafía en itálica, libre y elegante, con la que Mercator iba a cambiar por completo el aspecto de los mapas tradicionales que se hacían en el siglo XVI. Al mismo tiempo, Mercator diseñaba el trazado de Tierra Santa, el de Flandes y un mapamundi de dos caras, y en 1540 publicaba su Literarum Latinarum quas Ita/leas cursoriasqué vocant scribende ratio —con su característica escritura cursiva—, una obra de la que además de autor fue impresor.
A pesar de su reconocida contribución al terreno de la geografía (en una época, por cierto, en que el tráfico marítimo con las colonias en el Nuevo Continente era constante) y de la fama que ya se había granjeado entre sus contemporáneos, Mercator es hecho prisionero en 1544 bajo la acusación de herejía (junto con 43 ciudadanos más): su inclinación al protestantismo, así como sus frecuentes ausencias de Lovaina (con el fin de recopilar información para sus mapas) lo convirtieron en sospechoso y en una amenaza para el credo oficial. Tras siete meses en la cárcel, la mediación de las autoridades académicas consiguió liberarle; Mercator pudo entonces continuar con sus experimentos.

En 1552 se estableció en el ducado de Clever (en Duisburg) y, una vez allí, abrió un taller cartográfico con sus propios grabadores y enseguida se convirtió en una figura de renombre. En Duisburg diversificó su actividad, si bien todo su esfuerzo se concentraba en las tareas cartográficas: en 1 554 publicó un mapa de Europa; de 1 559 a 1562 impartió clases de matemáticas en una escuela, trató de reconstruir el árbol genealógico del duque Wilhelm de Cleve y redactó un detallado comentario acerca de la primera parte de la carta del apóstol san Pablo a los romanos; en 1564 completó el mapa de Lorraine y otro de las islas Británicas. Pero lo más importante fue el perfeccionamiento de su ya mencionado sistema de proyección cartográfico, que practicó entre 1 564 y 1 569.
Paralelamente, trabajó en la creación del Atlas, sive cosmographicae meditatíones de fabrica mundiet fabricatifigura, que pretendía reflejar en una colección de mapas la historia del mundo, desde su génesis hasta el siglo que a Mercator le tocó vivir: la primera sección —compuesta por 27 mapas— abarcaba desde la Creación hasta 1568 y llevaba por título Tabulae Geágraphicae CI. Ptolemaei ad mentem auctoris restítutae et emendatae; en el siguiente apartado trazó la disposición geográfica de Francia, Alemania, Países Bajos, Italia y los actuales países balcánicos (a los que él dio el nombre de Sclavcha); por fin, la última parte, que incluía las islas Británicas, sería editada un ano después de su muerte (que le sobrevino en Duisburg en 1594), gracias a sus hijos Rumold y Arnold (fruto de la unión de Gerard y Barbara Schellekens, con quien había contraído matrimonio en 1 534). Las planchas del Atlas de Mercator fueron más tarde aprovechadas por Jedocus Hondius, artífice de la edición del Atlas Mercator-Hondius (de 1606).

La proyección de Mercator
Como adelantaba al principio, se trata de una representación cilíndrica, directa y conforme del globo de la Tierra, realizada por Mercator hacia 1569 (aunque su planteamiento matemático correcto se lo debemos a H. Bond, quien formuló su definición exacta en 1645). La proyección corresponde a un desarrollo cilíndrico efectuado a lo largo de la línea del ecuador. La conformidad se expresa mediante las coordenadas clásicas de la esfera (l, j) y las coordenadas cartesianas del plano (abscisas o X y ordenadas o Y), lo cual se traduce en las siguientes ecuaciones (admitiendo que el meridiano origen constituye el eje de las Y):
X = Rþ
Y = R £= R Log tg (n/4 + Þ/2)
donde R se corresponde con el radio de la esfera modelo y £ representa la latitud creciente. Las imágenes de los meridianos son, en consecuencia, rectas equidistantes paralelas al eje de ordenadas, en tanto que las paralelas se trazan como rectas paralelas al eje de abscisas (imagen del ecuador). De esta forma, se puede reproducir el trayecto de un barco que sigue un rumbo constante. Su defecto radica, repetimos, en la desproporcionada distancia que separa a los paralelos a medida que se desplazan del ecuador a los polos.
De utilidad para los hombres de mar el aspecto transverso de la proyección de Mercator se usa también en la confección de mapas a pequeña escala: es la proyección de Gauss, en la que el ecuador (meridiano central, en la terminología de Gauss) es una recta ortogonal, en tanto que la imagen de los restantes meridianos y paralelos es la de dos familias de curvas ortogonales.
De otro lado, la proyección de Mercator ha servido para diseñar la MTU (Mercator Transversa Universal), muy utilizada en geodesia, y que consiste en una representación cilíndrica conforme transversa, pero articulada sobre un elipsoide concreto.
Para formular esta proyección según los parámetros matemáticos, se parte del supuesto de que la imagen del meridiano central es el eje de las Y y que se corresponde con un par de meridianos opuestos, lo cual plantea un problema importante: al ser meridiano central una integral elíptica de Þ, no es posible contenerlo en una expresión finita. Al respecto, se han propuesto dos soluciones: el método del servicio cartográfico norteamericano (que se sirve de unos desarrollos limitados de orden 5) y el método de la doble proyección (primero, la proyección conforme del elipsoide modelo sobre una esfera, y después la proyección de Gauss sobre esa misma esfera)
Como vemos, la repercusión del modelo de Mercator ha sido determinante en el desarrollo de los estudios cartográficos posteriores. En la actualidad se utiliza tanto para navegación marítima como para la aérea.

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