viernes, 30 de septiembre de 2016

CONVENCION FRANCESA....ETAPAS Y GUERRAS DE LA CONVENCION FRANCESA



Asamblea constituyente que fundó la I República Francesa y gobernó el país desde el 21 de septiembre de 1792 hasta el 26 de octubre de 1795.
La monarquía había sido derogada el 10 de agosto de 1792, por lo que la Constitución de 1791 perdía su funcionalidad. Por este motivo, la Asamblea Legislativa disolvió los Estados Generales y convocó elecciones para una Asamblea Constituyente de 749 miembros, la Convención nacional, encargada de elaborar una nueva Constitución. El 20 de septiembre de 1792, coincidiendo con la victoria en la batalla de Valmy, se llevó a cabo la primera reunión de la Convención, después de unas elecciones marcadas por la desconfianza y el desencanto.
La Asamblea quedó conformada por tres grupos principales:



Girondinos.- Su nombre deriva del origen de la mayoría de sus miembros, generalmente comerciantes bordeleses (de Burdeos, departamento francés de la Gironda). Representaban a la burguesía pudiente, partidarios de la propiedad y el librecambismo; asimismo, eran federalistas y enemigos de los excesos revolucionarios. Sus dirigentes principales eran Brissot, Roland y Verginiaud.



Montañeses.- Llamados así por estar situados en la parte alta de la Cámara, defendían a la pequeña burguesía y a las clases populares. Uno de sus apoyos más habituales fueron los sans-culottes, en parte por afinidad ideológica y de intereses, en parte por que así consiguieron la fuerza popular necesaria para deshacerse de los girondinos. 


La montaña estaba dirigida por, entre otros, Danton, Marat y Robespierre.



Llanura.- Grupo mayoritario (de ahí su nombre, pese a que sus enemigos les llamaban, con bastante desprecio, pantano). Debido a su mayoría, se convirtió en el pivote de la Cámara, pues dependiendo de su inclinación hacia uno u otro grupo, éste controlaría la política de Francia.
Según la preponderancia de uno de los tres grupos se distinguen tradicionalmente tres etapas en la historia de la Convención.





La etapa girondina: hasta el 2 de junio de 1793

Durante este período se produjo la ejecución del rey Luis XVI. Murió guillotinado el 21 de enero de 1793, después de ser juzgado durante el mes de diciembre por traición. Su culpabilidad había sido señalada por la Cámara de manera unánime, si bien sólo 361 de los 721 diputados, es decir, mayoría por uno, votó su inmediata ejecución. Esta decisión marcó profundamente el resto de sus vidas, puesto que la acusación de regicidas fue continuamente lanzada contra quienes habían participado activamente en la votación.

A nivel internacional, los primeros meses del gobierno girondino comenzaron de manera triunfal, pues los ejércitos revolucionarios, defendiendo la teoría de las fronteras naturales, la expansión del espíritu revolucionario y la libertad de los pueblos oprimidos, extendieron las ideas revolucionarias tras ocupar Niza, Saboya, la orilla izquierda del Rin y Bélgica. Ello provocó la formación de una coalición internacional que unió a todas las potencias europeas contra la Francia revolucionaria. Así, ya en la primavera de 1793, la situación había cambiado por completo: el ejercito francés fue vencido en Neerwinden, volviendo así las tropas contrarrevolucionarias a constituir un serio problema. El general francés Dumouriez se pasó al otro bando, por lo que la gironda fue acusada de connivencia con las fuerzas enemigas.
Por lo que respecta a la situación interna, los problemas no eran menores. Los precios seguían subiendo sin freno, provocando graves agitaciones sociales encabezadas, sobre todo, por el grupo de los sans-culottes, que exigía medidas contra la carestía. Con el apoyo de los montañeses, el 31 de mayo de 1793 las capas más desfavorecidas invadieron la Convención y ordenaron el arresto de los dirigentes girondinos, muchos de los cuales, incluido su más fiel representante, Condorcet, huyeron a las provincias.



La etapa montañesa: del 31 de mayo de 1793 al 27 de julio de 1794

La situación, tanto interior como exterior, requería medidas urgentes, al menos según la opinión del grupo dirigido por Robespierre. La primera medida tomada por la Montaña fue la de acelerar el proceso de creación de la nueva Constitución, que fue aprobada el 24 de junio de 1793. Esta Carta Magna fue la más democrática de todas cuantas conoció el liberalismo europeo a lo largo del siglo XIX: aprobaba el sufragio universal y directo para la elección de la Cámara legislativa, que era única y renovable anualmente; el poder ejecutivo quedaba establecido en 24 miembros, subordinados a la asamblea. De igual modo, se recogía el derecho de todo francés al trabajo, a la asistencia estatal y a la instrucción. El problema fue que nunca llegó a ser aplicada, pues durante todo el período se decretó el estado de emergencia, época que la historiografía ha denominado Reinado del terror y que se materializó con la creación del Comité de Salvación Pública. El principal cometido de este organismo era la funcionalidad militar, actuando como gabinete de guerra para proteger la República revolucionaria contra las fuerzas contrarrevolucionarias. En el interior, estas fuerzas reaccionarias alimentaron la revuelta iniciada en la Vendée en protesta contra los alistamientos, hecho que fue utilizado para poner al pueblo en contra de los montañeses. De igual modo, en ciudades como Lyon, Burdeos, Marsella o Artois, los contrarrevolucionarios, a los que se unieron los pertenecientes a la gironda que habían podido escapar de París, agitaron movimientos de tipo federalista.

Ante los ataques a los que estaba siendo sometida, la montaña creó comités que extendieron el Terror como instrumento de gobierno a todos los lugares. Se arrestó a todos los dirigentes enragès y el pensamiento revolucionario extremo, denominado hebertismo, se convirtió en el ideario de esta particular forma de gobierno. Esta situación se hizo cada vez mas insostenible, pues provocó la división interna entre los propios montañeses. La llanura, temiendo por sus propias vidas y para frenar el derramamiento de sangre, llevó a cabo un golpe de estado, el famoso Golpe del 9 de thermidor (27 de julio de 1794). Al día siguiente, Robespierre y los suyos fueron ejecutados bajo el instrumento que tanto habían utilizado: la guillotina.





El Terror Blanco: del 27 de julio de 1794 al 5 de octubre de 1795

Tras el golpe de estado, la situación pasó a ser controlada por los políticos burgueses, mucho menos radicales en sus planteamientos. Se puede hablar en este momento del triunfo de la burguesía conservadora: se suprimieron todas las leyes económicas y sociales aprobadas e implantadas en la anterior etapa, provocando una gravísima crisis económica y una inflación extrema. Por este motivo, se produjo un intento de golpe de estado protagonizado y dirigido por antiguos sobrevivientes montañeses, cuyo fracaso agudizó el denominado Terror Blanco.
En agosto de 1795 se votó una nueva constitución (la del año III) que creó un Directorio colegiado con la atribución del poder ejecutivo, formado por cinco miembros y dos cámaras: la Cámara de los Quinientos y la Cámara de los Ancianos, elegidas por sufragio censitario ligeramente menos restringido que en 1791. La Convención se disolvió en octubre del mismo año, después de la represión del levantamiento del 13 de vendimiario ( 5 de octubre). Con ello se abrió una nueva etapa en Francia: el Directorio.

Las guerras de la Convención (1793-1794) significaron el enfrentamiento entre la Francia surgida de la Revolución de 1789 y las potencias monárquicas europeas, amenazadas por el ejemplo de libertad socio política que, entre los grupos disidentes de los distintos países, representaba el éxito de los revolucionarios franceses. Los estados monárquicos (Inglaterra, Holanda, Rusia, Suecia, Prusia, Austria, Portugal y España) se unieron en una I Coalición para atajar el expansionismo que caracterizó la estrategia internacional del gobierno revolucionario de 1792.
El fracaso final de la Coalición y el triunfo de la draconiana política de defensa nacional francesa, tuvieron como consecuencia la consolidación de la República y el reconocimiento internacional del nuevo Estado francés, pero sirvieron asimismo para paralizar el avance en los logros revolucionarios en un sentido más democrático. De las guerras de la Convención, Francia saldría convertida en un Estado contemporáneo, dominado por una República burguesa que inició un proceso contrarrevolucionario de profundas consecuencias futuras.




A lo largo de 1791, la tensión política entre la monarquía y la Asamblea legislativa estuvo marcada por la amenaza de la guerra exterior. Los reyes, Luis XVI y María Antonieta, fingían prestarse de buen grado a la farsa de monarquía constitucional, mientras preparaban en secreto la intervención de Austria. Convencidos de que Francia no podría hacer frente a una guerra exterior, los monarcas confiaban en que pronto serían liberados por las potencias contrarrevolucionarias.

Entretanto, el 15 de marzo de 1792 subió al poder la facción jacobina de la Asamblea, cuyo hombre fuerte era el ministro de Asuntos Exteriores, Dumouriez, un militar intrigante y oportunista. La muerte del emperador Leopoldo de Austria precipitó los acontecimientos. Éste había dejado preparada la alianza ofensiva con Prusia y su hijo, Francisco II, se dispuso a emprender la guerra contra Francia. El 20 de abril, el gobierno francés se adelantó, declarando la guerra al rey de Bohemia y de Hungría, en un vano intento de mantener al margen al resto del Imperio y a Prusia. La contienda se abrió con la invasión francesa de Bélgica, en la que se puso de manifiesto la inoperancia de un ejército revolucionario indisciplinado y dividido en su lealtad al nuevo Estado francés.
En julio de 1792 la agitación patriótica creada por la guerra exterior alcanzó su cenit en París, donde las masas de voluntarios llegadas para celebrar el tercer aniversario de la toma de la Bastilla exigieron la deposición del rey, acusándole de traición por sus contactos con los austríacos. El enfrentamiento final se produjo el 10 de agosto, acelerado por el temor a la conspiración realista y por la indignación que causó el Manifiesto de Brunswick, jefe de las tropas prusianas y austríacas, que amenazó con convertir la toma de París en un mar de sangre si la familia real llegaba a sufrir algún daño. Una muchedumbre asaltó el palacio de la Tullerías, causando una matanza entre la guardia suiza, mientras la familia real pedía la protección de la Asamblea. Ésta, atenazada por la presión popular, recluyó a los reyes en el monasterio del Temple y se autodisolvió para crear un nuevo gobierno de Convención (idea inspirada por Maximilien Robespierre) que reformara la Constitución en un sentido plenamente democrático. Las elecciones para elegir este gobierno se celebraron por sufragio universal y con aproximadamente un 90% de abstenciones. La Convención, dominada en principio por el ala moderada de la burguesía revolucionaria, los llamados girondinos, inauguraría finalmente sus sesiones en 20 de septiembre de 1792. Así daba comienzo la I República francesa.



Después de un primer momento de desconcierto y derrota, los ejércitos franceses obtuvieron su primera gran victoria en Valmy el 20 de septiembre de 1792, el mismo día en que se abrió la Convención. Las tropas austríacas y prusianas eran todavía relativamente escasas y se enfrentaban a los efectivos superiores de un ejército en formación, en el que los soldados regulares comenzaban a “amalgamarse” con los entusiastas voluntarios, que, cantando el himno revolucionario (la Marsellesa), ponían en práctica una novedosa forma de ofensiva: el ataque frontal en formación profunda.El cañoneo de Valmy, que no pasó de ser una escaramuza de la artillería, significó sin embargo un rotundo triunfo estratégico y, ante todo, moral. Por primera, vez las tropas francesas se enfrentaron a las prusianas, haciéndolas retroceder y demostrando su capacidad de resistencia. Esto frenó el avance hacia París del ejército de Brunswick y obligó a los prusianos a abandonar Verdún, Longwy y Thionville. Los austríacos, aislados, levantaron el sitio de Lille y se replegaron. Los franceses supieron aprovechar con éxito este primer triunfo: se lanzaron a la ocupación de Ginebra, recuperando todo el territorio perdido y cruzaron el Rin, llegando hasta Frankfurt, mientras Dumouriez se adentraba en Bélgica tras conseguir una gran victoria en Jemappes (6 de noviembre de 1792).
Pocos días después caían bajo control francés Amberes, Lille y Bruselas. En el sur, el ejército francés obligó a los sardos, aliados de los austríacos, a evacuar Saboya, cuya incorporación a Francia se pidió de inmediato. También Niza fue conquistada por las tropas al mando de Anselme, quien impuso un gobierno provisional que pidió su adhesión a la “patria primitiva”. A pesar de que estos triunfos estaban lejos de ser decisivos, produjeron una duradera impresión en Europa. Valmy marcó, en efecto, el verdadero inicio de la guerra internacional.
Desde este momento, los girondinos que dominaban la Convención impondrían su concepción de la contienda: en primer lugar, una guerra de propaganda, que habría de dar paso a la conquista y ocupación de los territorios limítrofes a Francia, con el fin de conseguir las “fronteras naturales”, fijadas en los Alpes, los Pirineos y el Rin. Los grupos pro-revolucionarios de los países conquistados habían alentado la intervención francesa, confiando en que de ello se derivaría la liberación de sus pueblos bajo el signo de la revolución.
Por su parte, la Convención proclamó su propósito de auxiliar a todos aquellas naciones que desearan recuperar su libertad. Para ello, se ordenó a los jefes militares disolver los antiguos gobiernos de las zonas ocupadas y establecer administraciones provisionales bajo dependencia francesa. En algunos lugares, como Bélgica, el entusiasmo revolucionario era, sin embargo, escaso y la ocupación francesa se contemplaba como una mera estrategia de conquista. Este hecho produjo el inicio de desavenencias entre Dumouriez, el héroe de Bélgica, y la Convención. Mientras el general entraba en negociaciones para crear una república independiente, los comisarios de la Convención le exigieron que procediera sin más dilaciones a su incorporación a Francia.




Entretanto, dentro de la Convención se dejaban sentir las graves desavenencias que enfrentaban a los moderados girondinos y a los jacobinos radicales o montagnards, que contaban con el apoyo de los sans-culottes de París (masas de obreros radicales que exigían una profunda reforma política y social). Cuando los girondinos intentaron eliminar la influencia de los montagnards, se encontraron con la oposición de los diputados de la Llanura, que eran mayoría. El enjuiciamiento del rey vino a complicar la situación política. En octubre, se descubrieron los papeles secretos que demostraban las artimañas y traiciones de Luis XVI hacia la Revolución, lo que precipitó el proceso del rey. El juicio sumario, que se celebró entre el 11 de diciembre y el 7 de enero de 1793, concluyó con su condena por conspiración contra la nación. Luis XVI fue ejecutado el 21 de enero de 1793.La muerte del rey, la política claramente expansionista de la Convención girondina y la agitación revolucionaria creada en muchos países europeos tras este último acto desafiante, dieron a la crisis internacional una dimensión inesperada. Tras la ocupación de Bélgica, ingleses y holandeses se vieron en la necesidad de defender sus territorios frente a una eventual invasión francesa (pese a que Pitt, jefe del gobierno británico, había manifestado su intención de no intervenir en los asuntos de Francia). La política de anexiones preocupaba enormemente a los estados europeos. Entre el 1 y el 31 de marzo de 1793 se dictaron nada menos que quince decretos de anexión, que incluían a Bélgica, el principado de Salm, los territorios renanos convertidos en República de Rauracia y posteriormente en el departamento de Mont-Terrible, y las regiones del Palatinado y Zweibruecken. Pero, antes incluso de efectuarse esta anexiones, ya la República había declarado la guerra a Gran Bretaña (1 de febrero de 1793) por haber iniciado ésta conversaciones con los austríacos.
La ruptura entre Francia e Inglaterra condujo a la formación de la I Coalición: a Austria, Prusia, Cerdeña e Inglaterra se unieron España (18 de marzo), los principados italianos (excepto Génova y Venecia), los príncipes alemanes del Imperio (22 de marzo) y Portugal, al tiempo que Suecia y Rusia amenazaban con su intervención. Pero no sólo el peligro exterior amenazaba a la Revolución: mientras se reanudaba la guerra contra los aliados, comenzaron a despertarse insurrecciones de carácter realista en el interior de Francia. La amenaza de la guerra civil y exterior, unida a la profunda crisis económica que sufría el país y al malestar social causado por ésta, produjeron una progresiva polarización de las posturas políticas.
Los girondinos perdían rápidamente terreno frente a los radicales jacobinos. Para hacer frente a sus enemigos exteriores e interiores, la Convención decretó en febrero de 1793 la leva de 300.000 hombres. Sin embargo, los grandes efectivos puestos en marcha por la I Coalición hicieron retroceder al ejército francés, que cosechó derrota tras derrota. El laureado Dumouriez, vencido en Neerwinden el 14 de marzo, se apresuró a negociar el armisticio y trató de convencer a sus tropas para marchar sobre París. Abandonado por sus hombres, Dumouriez desertó para pasarse al bando austríaco.
La defección de Dumouriez significó un duro revés para el gobierno girondino, que se vio al pronto abandonado por uno de sus más prestigiosos valedores. Tuvo además el efecto de desorganizar momentáneamente la defensa nacional y de radicalizar aún en mayor grado la actitud de los jacobinos y de los patriotas sans-culottes. Presionados por éstos, durante las jornadas del 31 de mayo al 2 de junio, los montagnards prepararon el derrocamiento de los girondinos, la mayoría de los cuales fueron arrestados durante el asalto a la asamblea por parte de los sans-culottes.



Los montañeses trataron entonces de conjurar el peligro de insurrección generalizada en las provincias que, políticamente más conservadoras, temían la dictadura de los radicales parisinos. La Convención adoptó una serie de medidas sociales que contentaron a los sans-culottes y promulgó una nueva constitución, la del Año I, que establecía el sufragio universal masculino y que, sin embargo, fue aplazada indefinidamente mientras durara el estado de emergencia causado por la guerra.La Convención montañesa era asediada desde todos los frentes. Austríacos y prusianos, principales baluartes de la contrarrevolución, contaban ahora con el apoyo de los británicos (que, a su vez, pagaban a sardos y napolitanos) y de España. Las revueltas interiores que estallaron simultáneamente facilitaron los éxitos iniciales de la Coalición. El verano de 1793 fue dramático. Los aliados penetraron en territorio francés por el norte, abriéndose rápidamente camino hacia París. Los austríacos invadieron la Baja Alsacia, mientras los prusianos avanzaba sobre Maguncia; sardos y españoles atacaron Francia por el sur, al tiempo que, en el interior, los rebeldes realistas provenzales entregaban la plaza de Toulon a los ingleses y entraban en negociaciones para cederles también Marsella.
Pero la principal crisis se daba en el interior de Francia. Los desastres originados por la contienda y la desconfianza hacia el gobierno radical de París provocaron una implosión más peligrosa que la lucha contra las potencias extranjeras. El derrocamiento del gobierno girondino, de gran arraigo en las provincias, provocó insurrecciones en Normandía, Burdeos y en la mayor parte del sudeste, hasta que unos 60 departamentos a lo largo y ancho del país se hallaban levantados en armas contra el gobierno de París. En junio se sublevaron los departamentos del Oeste y de Bretaña, y, simultáneamente, los del sudoeste y los del sudeste. Burdeos, Toulouse, Lyon y Marsella escaparon al control de París, iniciando la persecución de los jacobinos.
Esta situación obligó a la Convención a adoptar una serie de medidas de emergencia con el fin de salvar la Revolución. Desde abril de 1793 el gobierno quedó centralizado en un Comité de Salvación Pública, que asumió poderes casi plenarios (excepto en materia de finanzas y policía). En agosto de 1793, este organismo sufrió una nueva reordenación, convirtiéndose en el Gran Comité, verdadero gobierno de emergencia.
Éste carecía casi por completo de apoyos, ya que, incluso en París, su autoridad era contestada por los grupos más radicales, los llamados enragés, enemigos del régimen constitucional, que creaban una perpetua agitación en las calles. Estos grupos de activistas actuaban mediante unidades de gobierno local, mantenían una policía política paralela y formaban “ejércitos revolucionarios”, bandas paramilitares que aumentaban la confusión. El programa del Comité de Salvación Pública (que contribuyó a elaborar uno de sus principales protagonistas, Robespierre) tenía dos objetivos prioritarios: atajar la anarquía interior y ganar la contienda exterior mediante una movilización nacional sin precedentes. Para ello la Convención otorgó grandes poderes a los doce miembros del Comité, de los cuales los más influyentes fueron Robespierre, Couthon, Saint-Just y el oficial del ejército Lazare Carnot, el “organizador de la victoria”.
Para atajar la contrarrevolución interna, el Comité puso en marcha lo que se conoce históricamente como el Reinado del Terror. Fue este un instrumento esencial dentro de la estrategia de defensa nacional trazada por los montagnards. Mediante la organización de tribunales revolucionarios y la actuación del Comité de Seguridad General, encargado de la policía, se emprendió la persecución de todo aquel sospechoso de conspirar contra la República. Se calcula que, desde fines del verano de 1793 hasta junio de 1794, esta política causó la muerte de unas 40.000 personas en toda Francia. Pero el Terror consiguió su objetivo fundamental: las insurrecciones federalistas fueron dominadas entre septiembre y diciembre de 1793, tras una feroz represión.
La más sangrienta de las sublevaciones regionales, en cambio, no había terminado. En marzo de1793 había estallado la insurrección en los departamentos de la Vendée, Maine-el-Loire y Loire-Inférieure, provocada por el reclutamiento forzoso y la agitación contrarrevolucionaria de los sacerdotes refractarios. Los rebeldes vendeanos (a los que se suele llamar erróneamente chouans) formaban un “ejército realista y católico” que protagonizó un amplio movimiento social que tuvo su apogeo entre los meses de marzo y junio de 1793. Las tropas republicanas mandadas por Kléber les derrotaron el 15 de agosto en Luzon y del 14 al 17 de octubre ante la villa de Cholet, ante cuyas puertas murieron la mayoría de los cabecillas de la rebelión. Pero la guerra continuó.
Después de Cholet, un ejército rebelde de unos 30.000 hombres, al que se habían unido las bandas de insurrectos bretones dirigidas por Jan Chouan y acompañado por una muchedumbre de mujeres y niños, cruzó el Loira con el fin de acercarse a la costa, donde esperaban recibir ayuda británica. Ésta no llegó y, desalentados, los vendeanos emprendieron el camino de regreso. Dio entonces comienzo una implacable persecución. Los rebeldes fueron rechazados en Angers, diezmados en Ancenis y derrotados definitivamente en Le Mans (12 de diciembre) y en la sangrienta batalla de Savenay (23 de diciembre). La rebelión de la Vendée fue sin duda el episodio más dramático de las guerras de la Convención.
La defensa frente a los enemigos exteriores se organizó mediante un esfuerzo de guerra sin precedentes. Mientras se desarrollaba la represión interior, la Convención organizaba un verdadero ejército nacional. Para controlar la actuación militar, el Comité de Salvación Pública mantenía una continua comunicación con los ejércitos dispersos por las fronteras o destacados en la provincias a través de los “representantes en misión”, miembros de la Convención dotados de poderes para resolver las situaciones de emergencia. A fines de agosto de 1793 se había ordenado una leva masiva. Por vez primera, el servicio militar se impuso a todos los hombres físicamente útiles. Toda la nación fue puesta al servicio de la guerra.
Se instituyeron controles económicos para rentabilizar al máximo el esfuerzo bélico, se concentró la producción en el avituallamiento de los ejércitos, se multiplicaron las fábricas de armamento y se puso en vigor una dura legislación sobre el acaparamiento y la circulación de bienes. Se buscó perfeccionar la tecnología militar y el Comité se encargó de proteger a los principales científicos franceses de la época: así, Lagrange o Lamarck colaboraron con el gobierno revolucionario. El telégrafo, perfeccionado por Chappe, y la aerostática, desarrollada por Conté, se utilizaron por primera vez con fines bélicos.





Entre julio y septiembre de 1793 los 300.000 soldados de la primera leva masiva se incorporaron al frente, mientras los reclutas de la leva de agosto proseguían su adiestramiento. La depuración del mando había llevado a una renovación casi completa de la oficialidad, a la que ascendieron rápidamente hombres jóvenes, ambiciosos e imbuidos de ideología revolucionaria. La creación de este ejército nacional se encuentra entre las causas principales de los éxitos franceses, que se sucederían desde el otoño de 1793. Pero hay que tener también en cuenta la desunión e ineficacia estratégica de los aliados, enzarzados en conflictos internos que les impidieron explotar sus victorias iniciales. Las tropas aliadas se hallaban inmovilizadas y fragmentadas por la guerra de asedio. El ejército republicano aprovechó esta situación para lanzar una gran ofensiva. En octubre, las tropas mandadas por Jourdan y Carnot conquistaron Mauberge. El 16 de ese mismo mes, Jourdan derrotaba a los austríacos en Wattignies. En el frente sur, los franceses reconquistaban Saboya y obligaban a replegarse hacia su frontera a los españoles. La invasión era rechazada en todos los frentes.En la primavera de 1794, el descomunal esfuerzo de guerra llevado a cabo por la Convención montañesa había dado sus frutos: las revueltas interiores habían sido reprimidas y se había atajado la invasión extranjera; pero, además, el esfuerzo bélico había dotado a la Francia republicana del mayor ejército nacional conocido hasta entonces, con cerca de un millón de combatientes. Mediante la táctica de la “amalgama”, los antiguos soldados regulares quedaron encuadrados con los voluntarios y los soldados de las levas masivas, en un ejército en el que se dio por primera vez en la historia militar la noción de masa. El Ejército del Año II estaba formado por hombres jóvenes y enardecidos por el adiestramiento ideológico y patriótico, cuyo entusiasmo contrastaba con la indiferencia de las tropas enemigas, a menudo formadas por mercenarios o por siervos obligados a combatir. En la lucha contra la Coalición, la Convención había conseguido superar su inicial desventaja numérica, poniendo en funcionamiento todos sus recursos nacionales.
El ejército republicano se lanzó a la ofensiva en todos los frentes. El 8 de mesidor (26 de junio de 1794) los franceses consiguieron una gran victoria sobre los austríacos en Fleurus. Unos 80.000 soldados republicanos se enfrentaron a unos 70.000 austro-holandeses, con un saldo de 5.000 muertos en cada bando. La victoria de Fleurus dejó nuevamente abierto el camino hacia la conquista de Bélgica. Unos días después, el general Pichegru tomaba Bruselas, Amberes y Lieja. Durante el invierno siguiente se consumó la conquista de los Países Bajos y de los territorios de la orilla izquierda del Rin, excepto Maguncia, donde se seguía combatiendo. También en el sur se sucedieron los éxitos franceses y las tropas republicanas penetraron en España ante la impotencia del gobierno de Madrid, instalándose en un frente que unía la región de Vitoria con la línea del Ebro.




La batalla de Fleurus fue un triunfo póstumo de la Convención montañesa. Mientras el ejército republicano se imponía a los enemigos exteriores, en París se fraguaba la alianza de los enemigos políticos de Robespierre. El 9 de termidor (27 de julio), éste fue proscrito junto a otros cabecillas jacobinos. El 28 de julio Robespierre y sus correligionarios eran guillotinados. Así se iniciaba una política de represión ( el “Terror blanco”) que se prolongaría durante todo el año III (1794-1795). La brusca supresión de las medidas de emergencia del gobierno jacobino disparó la crisis económica. Se desbocó la inflación, la hambruna proyectó su sombra sobre todo el país y la miseria volvió a despertar los motines populares. El más importante de éstos se produjo en París el primero de pradial (20 de mayo de 1795), al grito de “¡Pan y Constitución de 1793!”. La muchedumbre asaltó la Convención, que estuvo a punto de ser disuelta. Pero el gobierno dejó que los amotinados se entendieran con los diputados jacobinos, antes de proceder a aplastar el movimiento, el 22 de mayo, en la matanza del barrio de Saint-Antoine.En lo que a la guerra exterior se refiere, la vuelta de la burguesía moderada al poder significó el retorno del expansionismo bélico. A la batalla de Fleurus había seguido un avance acelerado de los ejércitos franceses en su campaña de conquista. El 1 de octubre de 1795 la Convención termidoriana decretó la anexión de Bélgica al estado francés. Mientras se llegaba a un acuerdo para proceder a la anexión de los territorios renanos, se decretó la instauración de una administración provisional en Aquisgrán, protegida por el ejército francés instalado en la línea del Rin.
Pero había llegado el momento de la paz. El ejército republicano comenzaba a acusar las consecuencias de la eliminación de la política de emergencia: el avituallamiento se redujo drásticamente. Por otra parte, la Coalición internacional se deshacía tanto por los envites del ejército francés como por su escasa solidez interna, a falta de un tratado general que regulara las relaciones entres sus miembros. Pesaba sobre ella la cuestión de Polonia, que venía enfrentando a Austria y Prusia desde el inicio de la guerra. En 1794 una insurrección nacionalista polaca dio el pretexto a Rusia y Austria para una nueva intervención, forzando un tercer reparto de aquel desgraciado país. Prusia, excluida de este acuerdo, se vio obligada a desplazar todo su potencial militar a la frontera oriental y a iniciar negociaciones de paz con la república francesa. Éstas se plasmaron en el tratado de Basilea de 5 de abril de 1795, por el que Prusia reconocía la legitimidad de la república revolucionaria, accedía a la neutralización militar del norte de Alemania y reconocía a Francia la frontera del Rin. Pero el rey de Prusia se negó a firmar una alianza contra Austria, ofreciéndose a cambio a actuar como mediador con los príncipes del Imperio.
El 16 de mayo firmaban también la paz, en La Haya, las Provincias Unidas, que cedían a Francia los territorios del Flandes holandés, Maastricht y Venloo, además de pagar una cuantiosa indemnización de cien millones de florines y de firmar una alianza ofensiva y defensiva. Poco después, el 22 de julio, se acordaba la paz con España, también en Basilea. Según este tratado, España cedía a Francia la parte española de la isla de Santo Domingo, a cambio de la evacuación inmediata de las tropas francesas de suelo español, y se comprometía a una futura alianza ofensiva con la república. Francia siguió en guerra con Austria, Inglaterra y los estados italianos a excepción de Toscana, con la que se había pactado la paz en febrero de 1795.
La I República francesa había vencido a sus enemigos exteriores, a costa de un esfuerzo titánico del que el país salió exangüe. El gobierno francés había intentado, mediante tratados de paz separados, aislar a Austria y obligarla a claudicar, lo que no consiguió. La guerra proseguiría intermitentemente, mientras en el interior de Francia la Convención termidoriana continuaba la supresión de las conquistas sociales alcanzadas durante el período jacobino. El gobierno del Directorio y la República burguesa (1795-1799) serían los encargados de poner fin a la Revolución de 1789 y de establecer un nuevo orden internacional en Europa.

 http://www.enciclonet.com/articulo/convencion2/
 http://www.enciclonet.com/articulo/convencion-guerras-de-la/

lunes, 26 de septiembre de 2016

EL TESTAMENTO INCUMPLIDO DE ISABEL LA CATÓLICA


El 26 de noviembre de 1504 fallecía en Medina del Campo Isabel la Católica. Hacía meses que circulaban rumores sobre la mala salud de la reina. Pedro Mártir de Anglería, erudito italiano que enseñaba latín y otras disciplinas en la corte, escribía en una carta pocas semanas antes: "Todo su cuerpo está dominado por una calentura que la consume, rehúsa toda clase de alimentos, sufre una sed que la devora y la enfermedad parece que va a terminar en hidropesía".

A los 53 años, la salud de la reina estaba muy quebrantada. A las fatigas que había afrontado desde su juventud se añadían grandes disgustos de índole familiar. En 1497 vio morir a su único hijo varón, el príncipe Juan. Al año siguiente moría la mayor de sus hijas, Isabel, casada con Manuel I de Portugal. El hijo de esta pareja, el príncipe Miguel, que había sido jurado heredero de las coronas de Castilla, Aragón y Portugal, también falleció cuando contaba tan sólo dos años de edad. También desasosegaban a la reina los problemas con su hija Juana, llamada a la sucesión tras la muerte de sus hermanos.

Poco antes de morir, la reina era consciente de que su final se acercaba y decidió otorgar testamento. En él se estipulaba que la heredera de castilla sería su hija Juana, pero el reino lo gobernaría a título de regente su esposo, Fernando el Católico. Isabel no indicaba abiertamente que su hija tuviera problemas de cordura, pero contemplaba la posibilidad de que no estuviera en condiciones de reinar. El párrafo en el que designa como regente a Fernando es revelador:
"Cuando la dicha princesa, mi hija, no estuviere en estos dichos mis reinos, o  en algún tiempo haya de ir y estar fuera de ellos, o estando en ellos no quisiere, o no pudiera entender en la gobernación de ellos, que el Rey mi señor rija, administre y gobierne  hasta en tanto que el infante don Carlos, mi nieto, hijo primogénito heredero de los dichos príncipe y princesa, sea de edad legítima  para regir y gobernar"
Tras la muerte de la reina, pronto surgieron conflictos familiares y tensiones entre el regente y algunos nobles castellanos. Fue un tiempo presidido por la incertidumbre política que culminaría, ya en el reinado de Carlos I, en la conocida como Guerra de las Comunidades, una sublevación de Castilla contra el nuevo monarca.

En cuanto a la guerra de las Comunidades,su presencia en el mundo rural fue destacable como movimiento antiseñorial, la revuelta de las Comunidades tuvo un marcado carácter urbano y municipalista, con claro dominio del patriciado hidalgo y letrado, en ciudades y villas como Toledo, Segovia, Avila, Salamanca, Cuenca, Madrid y Guadalajara. La alta nobleza quedó, en principio, al margen de la revuelta para ponerse del lado del Emperador en cuanto el tono antiseñorial del movimiento provocó las primeras alarmas entre sus miembros. 
Su programa aparece, ante todo, en los documentos y manifiestos de la Junta Santa de Avila constituida en septiembre de 1520, y su gran pretensión habría sido conseguir el apoyo efectivo de la reina Juana retirada en Tordesillas y cuya realeza plena reclaman los comuneros frente a los abusos de su hijo. Esta, sin duda, primera gran revuelta del siglo XVI (1520-1521) es una muestra del vigor de la postura particularista castellana frente al universalismo de la idea imperial de Carlos V y sus consejeros, quienes no consiguieron convencer en las Cortes de Santiago-La Coruña de los beneficios que para Castilla tendría la política carolina. Los comuneros defienden los privilegios y libertades del reino frente a la corte y al propio monarca, insistiendo en la necesidad de gobernar Castilla conforme a sus primeros fueros particulares, con el concurso de sus naturales (indigenato) y con el consentimiento de sus cortes privativas. 
Sus caudillos más destacados fueron el regidor segoviano Juan BravoFrancisco Maldonado, de Salamanca, y Juan Padilla, al frente de las milicias municipales de Toledo y quien asumió el mando de las fuerzas comuneras, convirtiéndose en el más importante jefe militar de los sublevados. El 23 de abril de 1521, los comuneros son derrotados por la caballería realista en Villalar; Padilla, Bravo y Maldonado serán ejecutados y sólo la ciudad de Toledo mantendrá viva durante algún tiempo la revuelta. En octubre de 1522, Carlos I concede un Perdón General que pretendía recuperar definitivamente la paz en Castílla tras los "grandes movimientos y alteraciones que en ella ha habido y hubo en ausencia de mí, el Rey... a voz de comunidades". 
En cumplimiento del testamento de la reina, y al estar Juana ausente por encontrarse en Flandes con su esposo Felipe, Fernando el Católico asumió la regencia de Castilla.
Cuando llegó a Flandes la noticia de la muerte de la reina y se conoció el contenido del testamento, Juana y Felipe no lo aceptaron. Felipe reclamaba su derecho a reinar, aunque sólo podía hacerlo en condición de consorte de Juana. La pareja contaba con el apoyo de una importante parte de la nobleza del reino.
El primer incumplimiento del testamento tuvo lugar poco después. El 24 de noviembre de 1505 se firmaba la Concordia de Salamanca, un acuerdo entre Fernando el Católico y su yerno, según el cual Felipe asumiría el papel de rey junto a su esposa, pero Fernando continuaría como gobernador de Castilla.



Juana y Felipe llegaron a Castilla en la primavera de 1506. Desembarcaron en Coruña, donde fueron recibidos con alegría por sus partidarios. Era el momento que habían estado esperando para desplazar a Fernando. Felipe quería que abandonase el gobierno de Castilla y se retirase a su reino de Aragón. Por otro lado Felipe, que sólo era rey consorte, buscaba inhabilitar a su esposa. Afirmaba que Juana había dado muestras de inestabilidad mental. Los arrebatos pasionales de Juana dejaban paso a accesos de cólera incontrolados que evidenciaban ciertos desequilibrios. Pero la hija de los Reyes Católicos ofrecía pruebas de sensatez y madurez que permitían refutar que estuviera loca. Su esposo no consiguió inhabilitarla y encerrarla, al negarse las Cortes a incapacitarla como reina.
Una vez en Castilla, Juana y Felipe plantaron cara a Fernando convirtiendo en papel mojado la cláusula del testamento de Isabel. A finales de Junio, Fernando y su yerno firmaron la Concordia de Villafáfila, y el 12 de julio Juana y Felipe eran jurados como reyes de Castilla por las Cortes. Por las mismas fechas Fernando cruzaba la frontera de Aragón con Germana de Foix, su nueva esposa.

En el transcurso de un viaje a Nápoles, Fernando recibió la noticia de la muerte de su yerno Felipe. Oficialmente había muerto a consecuencia de unas calenturas sobrevenidas después de beber agua helada, pero corrió el rumor de que fue víctima de un envenenamiento, y de que detrás de su muerte estaba la mano de su suegro. Ante Fernando se abría ahora la perspectiva de asumir de nuevo la regencia de Castilla, que provisionalmente desempeñaba el cardenal Cisneros.
El rey regresó de Nápoles y se encaminó hacia Burgos. Antes de llegar tuvo un encuentro con su hija Juana, que llevaba un año recorriendo la meseta sin separarse del féretro de su esposo. Su pasión y su cólera se habían convertido en "locura de amor". Su padre decidió entonces recluirla en Tordesillas.



Durante su segunda regencia entre 1507 y 1515, Fernando ajustó cuentas con algunos nobles que habían apoyado a su yerno Felipe. Durante esos años el rey logró dominar a la levantisca nobleza castellana. Privó a ésta de parte de su peso político, pero no pudo reducir su poder económico ni su influencia social.

En los últimos años de la regencia se evidenció la senectud del rey, cada vez más decrépito, sobreviniéndole la muerte el 23 de enero de 1516 en Madrigalejo. Asumió de nuevo la regencia el cardenal Cisneros en nombre del príncipe Carlos, que tanto para castellanos como para aragoneses era un desconocido, porque nunca había pisado la península ibérica.


Fuente:
* José Calvo Poyato. "Tiempo de tensiones". Historia y Vida nº 570. Pág. 30-37

http://paseandohistoria.blogspot.com.es
http://www.artehistoria.com/v2/contextos/6563.htm

lunes, 19 de septiembre de 2016

.LOS CINCO AÑOS DE PRISION QUE INSPIRARON A CERVANTES

 

En la ciudad de Argel,el 19 de septiembre de 1580 es liberado Miguel de Cervantes,tras cinco años de cautiverio en manos de los corsarios,merced al pago de un rescate y a la mediación de lo Padres Trinitarios....
De no haber estado cautivo en Argel, quizá nunca hubiera escrito "El Quijote". Allí Cervantes convivió con gentes de toda raza y condición. No le degollaron porque era valioso: llevaba las cartas de recomendación que recibió tras la batalla de Lepanto, y eso elevaba a 500 escudos el rescate que pagó su familia por él. El periodista recorre los lugares donde estuvo y entra en la cueva en la que se ocultó en una de sus fugas.
El 26 de septiembre de 1575, Miguel de Cervantes viaja junto a su hermano Rodrigo camino de España en la galera Sol tras seis años de servicio en el Ejército. A medio camino, el barco es asaltado por una flota corsaria, mandada por el turco Arnaute Mami. Es conducido a Argel y adjudicado en condición de esclavo a un corsario menor, Dali Mami. Lleva consigo cartas de recomendación que Don Juan de Austria le brindó por su valeroso comportamiento en Lepanto, lo que hace creer a sus captores que se trata de un prisionero notable y fijan por él un rescate de 500 escudos, imposibles de reunir por su familia.
Comienza entonces la etapa más intensa de su vida, toda ella digna de sus propias novelas. Puso en juego su existencia intentando escapar en cuatro ocasiones; en todas falló. Conoció a numerosas personalidades, convivió con piratas, renegados, musulmanes y cautivos. Cuando, pasados cinco años, los padres trinitarios pagan la suma del rescate reunida en parte por su familia, Cervantes se dirige a España con la idea de ganarse la vida como autor de teatro y escritor, decisión que, es posible, jamás hubiera tomado de no haber cumplido esta peculiar condena.
Fue allí, con 28 años de edad, donde Cervantes creció moral e intelectualmente. Hay un antes y un después del cautiverio. Adriana Arraigada de Lassel, cervantista residente en Argel y experta en su cautiverio, cree que en esta ciudad terminó de edificar su personalidad, "su conciencia religiosa y su identidad española".
Sus cinco años en Argel son los más documentados de su biografía, pero a la vez los más controvertidos, ya que si bien se han hallado los escritos en los que figuran la partida de rescate, sus nóminas como soldado y otros datos biográficos, siguen ocultos los detalles sobre su intimidad y espiritualidad. Que renegó de su religión, que mantuvo relaciones homosexuales (en Argel se le han buscado varios novios—, que se planteó no volver jamás a España... Existen multitud de conjeturas sobre su periplo argelino, difuminadas más si cabe por la cantidad de referencias autobiográficas que aparecen en las numerosas obras y personajes ambientados en el filo de la Cristiandad y la Berbería, con los que Cervantes enturbia su propia huella mezclando sus vivencias con la ficción.



La sociedad fronteriza de Argelia fue escenario en las obras teatrales Los baños de Argel, El gallardo español, Los tratos de Argel, la novela corta La gran sultana y, especialmente, los tres capítulos de El Quijote donde se narra la historia de El cautivo, que algunos estudiosos consideran como el germen mismo de El Quijote, una historia con entidad propia que pudo haber sido escrita años antes que iniciar su gran novela.
A finales del siglo XVI, Argel, el corazón del Mediterráneo bajo el dominio del Gran Turco, goza de la mayor gloria de su historia. Su puerto guarda la flota de 35 grandes corsarios que, con sus veloces embarcaciones, salen en primavera al asalto de los barcos españoles e italianos. Su población cosmopolita —desde musulmanes, judíos y turcos a todo tipo de pobladores de tránsito— se comunica gracias a una lengua franca. Aislada por tierra, servía de cárcel natural para 25.000 cristianos cautivos que esperan su rescate, alojados en prisiones —conocidas como baños— donde disfrutan de cierta libertad de movimiento.


Siempre se habla de una forma global de la estancia de Cervantes en Argel. Sin embargo, Adriana Lassel identifica tres etapas en el periplo argelino del escritor. "Con la libertad que Dali Mami le deja para moverse por la ciudad, recién llegado a Argel, encuentra a su hermano Rodrigo y toma contacto con muchos compatriotas, no todos ellos esclavos, pues había españoles en la milicia (entre los jenízaros y los mercenarios), entre los corsarios y los comerciantes que atracaban en el puerto para sus negocios". Así pues, Cervantes pronto contacta con compañeros y planea su primera fuga: la marcha hacia Orán, en compañía de un guía. Los nombres de estos soldados se conocen, eran sargentos, alféreces y algunos caballeros.
La aventura de Orán fue un auténtico fiasco, era imposible recorrer a pie los más de 450 kilómetros entre ambas ciudades, más aún cuando la costa argelina está llena de montañas. No se podía caminar sin más en dirección Este, había que conocer el camino y el guía que había accedido a acompañarles por una cantidad de dinero les abandonó.





La segunda etapa de Cervantes comienza en 1577, en abril, cuando llega a Argel la galera San Pablo, con 269 cautivos, entre los que está el clérigo portugués Antonio de Sosa. Este personaje mantendrá una verdadera amistad con Cervantes, un hombre delicado de salud, teólogo, conocedor de la cultura humanística y de la poesía y que tendrá para el escritor gran influencia. Empieza una amistad entre un hombre de una gran cultura y un joven con inquietudes deseoso de conocer y escribir. "Cervantes tuvo que haber escrito en Argel, esto es seguro, y de Sosa tiene que haber sido su oyente pero, lamentablemente, no hay documentos sobre esto", observa Lassel.
Esta etapa de Cervantes fue muy fructífera en cuanto a su enriquecimiento literario y la afirmación de su fe religiosa (frente a la opción de renegar, que hubiera supuesto su libertad inmediata), pues Antonio de Sosa era teólogo. A Sosa se le atribuye la autoría de La Topografía General de Argel, publicada en 1612, y obra clave para el estudio del cautiverio de Cervantes. Se dice que Sosa se ayudó de libros de geógrafos que habían pasado por Argel, como León, el Africano o Estrabón. "Seguramente viajaba con estos libros cuando fue capturado. En Argel había libros y una cultura literaria, pero se desconoce qué tipo de libros había en las bibliotecas y por eso es muy aventurado qué pudo haber leído Cervantes allí", añade.



Durante este periodo, el escritor español protagoniza el segundo intento de fuga. En 1577, aprovechando que su familia paga el rescate de su hermano, da órdenes de comprar una galera que debía llegar desde Mallorca. A la espera, 14 prisioneros se esconden en una cueva junto a la bahía, en unos jardines propiedad del rey Hassan Pachá, el Veneciano. Durante semanas, Cervantes va y viene a la cueva, cuyo paradero sólo conocen el jardinero, que era español, y un melillense apodado El Dorador que les asiste y que, con la galera ya a la vista, será quien les denuncie. "Ninguno de estos cristianos que aquí están tiene culpa de este negocio porque yo solo he sido el autor del plan y les he inducido a que huyesen", confesó Cervantes ante el rey. A pesar de que los intentos de evasión se castigaban con la muerte (suerte que corre el jardinero), su jugoso rescate despierta la codicia del rey, que se apropia del esclavo y lo confina cinco meses en los baños reales. "Como tuviese guardado al estropeado español, tenía seguros sus cristianos, sus navíos y a toda la ciudad", se dice que comentó el rey cuando le encarceló.



Tras este largo encierro, Cervantes vive un nuevo periodo obsesionado con encontrar la libertad. Por tercera vez lo intentó por medio de un musulmán, enviando unas cartas al general de Orán, Martín de Córdoba, pero fueron descubiertas y el mensajero empalado. "Esta vez se libra de ser apaleado por intercesión de un renegado influyente amigo de Cervantes", aclara Lassel. Este renegado era un poderoso corsario español, Mourad Raïs Maltrapillo, cuya demanda "podía ser una petición o algo más, en función del poder de entonces de la taifa corsaria. Renegado murciano, que mandaba una galera de 22 bancos, posiblemente es la figura notable que inspira el personaje de el renegado en el episodio de El cautivo", añade.
Finalmente, en septiembre de 1579, consiguió la ayuda de un comerciante valenciano, Onofre Exarque, quien aportó el dinero para que otro renegado, Abderramán, comprara una barca para huir, en una historia muy similar a la que se narra en el pasaje de El cautivo, en El Quijote. Para la evasión, Cervantes había contactado con 60 ó 70 caballeros, "lo más florido de Argel", según las crónicas. Pero la información sobre la fuga llega a manos de Blanco de Paz, otro cautivo, ex dominico, que había acusado a Cervantes de "comportamientos deshonestos", y se lo comunica a Hassan Pachá, conocido por su crueldad. Es una incógnita la causa de la enemistad de Blanco de Paz y el escritor, aunque algunos biógrafos hablan de que el primero sentía rencor porque Cervantes no contactara con él para la huida.


Es obvio que, para conocer y convencer a tanta gente y tan diversa, Cervantes tuvo que gozar de un carisma y una simpatía personal. En sus obras, describe a los cabileños, a los jenízaros, a los turcos. Aprendió algo de árabe, que más tarde empleó en sus comedias. En El trato de Argel, habla de representaciones teatrales que se llevaban a cabo en los grandes baños de la ciudad. También, en algún momento tuvo que haber estado en las mazmorras subterráneas, bajo la actual Plaza de los Mártires, lugar donde los franceses pusieron en el siglo XVIII una placa con la leyenda: "En estas mazmorras permaneció Cervantes encerrado cinco años". Y, como esclavo real, debió pasar tiempo en palacio, donde pudo entablar relación con Hassan Pachá, que en las obras de Cervantes no aparece mal parado. "Pudo existir entre ellos un franco cruce de ideas y opiniones. El cautivo repudiando el reniego y defendiendo los valores de la libertad, y el rey, divertido o admirado, considerando que más valía una vida brillante, afortunada y aventurera, que ser un pobre habitante de su país de origen. En los momentos que hablaba con él (en italiano) pensaba que no le quedaba mucho por perder, creyendo que iba a morir. Si hubiera temido a Hassan, éste le hubiera matado", reflexiona Lassel.


En Argel, Cervantes se convirtió en un defensor de la libertad. Como afirma Emilio Sola, otro biógrafo cervantista, "nunca sometió a burla ni a un humor corrosivo ningún concepto o actitud humana de gravedad esencial, como la libertad, la pobreza o la muerte". Doce años después de su marcha, Cervantes pone de nuevo los pies en la Península en septiembre de 1580, en Denia, liberado por los trinitarios Juan Gil y Antonio de la Bella, una vez que entre su familia y los religiosos pudieron reunir había reunido la alta suma del rescate.
En 1605,publicó la primera parte del Quijote,su obra cumbre,pero esa es otra historia...


https://grullasviajeras.wordpress.com/2012/11/29/carta-de-don-quijote-a-dulcinea/
http://www.elmundo.es/suplementos/magazine/2005/303/1121456927.html

ARISTÓTELES...DESDE LA LÓGICA A LA ÉTICA



Filósofo griego nacido en Estagira hacia el año 384 a.C. y fallecido en Calcis en el 322 a.C. Junto con Platón, ha dominado todo el desarrollo de la historia de la filosofía occidental desde la Antigüedad hasta la Edad Moderna. Él es el primero que logra configurar la filosofía como una ciencia dentro de un sistema global del saber humano. En la cima de ese saber se sitúa la filosofía en su acepción específica de metafísica, que señala a las otras ciencias sus límites y sus conexiones.


                                                   ARISTOTELES CONTEMPLANDO EL BUSTO DE HOMERO.REMBRANT

Aristóteles nació en Estagira (Tracia, de ahí que se le nombre, a veces, como "El Estagirita"), hacia el año 384 a.C. Su padre, Nicómaco, fue médico de cabecera del rey Amintas II de Macedonia. En el año 367 entró en la escuela de Platón, en Atenas, en la que permaneció hasta la muerte del maestro, acaecida en el 347. Dejó entonces Atenas y se dirigió a Atarneo, donde su amigo Hermias le proporcionó los medios para dedicarse a investigaciones biológicas. El rey Filipo de Macedonia le encomendó la educación de su hijo, el futuro Alejandro Magno. Cuando éste se convirtió en rey, Aristóteles regresó a Atenas, y allí fundó su escuela que se llamaría Liceo (por tener su sede en un lugar consagrado al dios Apololicio; también se la conoció con el nombre de "peripato", del griego peripatein "pasear"), una especie de corredor donde solía pasear durante sus lecciones. Tras la muerte de Alejandro Magno se desató en Atenas una fuerte corriente antimacedónica, que también afectó a Aristóteles, el cual se vio obligado a dejar la ciudad, retirándose a Calcis, tierra de su madre, donde murió a los sesenta y dos años.
Los escritos de Aristóteles se pueden clasificar en dos grupos: los exotéricos, (destinados al gran público no iniciado en la filosofía, algo así como lo que hoy llamaríamos "de divulgación"); y los esotéricos (dirigidos a un público ya iniciado en el saber filosófico). Los primeros se han perdido, y sólo conocemos los títulos de algunos o pequeños fragmentos. Según la tradición, los libros esotéricos han llegado a nosotros gracias a que su heredero, Neleo, para evitar que cayeran en manos del rey de Pérgamo, trasladó toda la biblioteca de Aristóteles a Tróade y la escondió en una bodega. Parte de aquella biblioteca estaba compuesta por los manuscritos del maestro. Recuperados en el siglo I a.C. por Apelicón de Teo, fueron revisados en esta ciudad por Sila, y luego trasladados a Roma. Las obras fueron dispuestas en el orden que hoy conocemos por Andrónico de Rodas. Todas ellas forman el llamado "Corpus aristotelicum".
                                  



Se entiende por "lógica" en Aristóteles la disciplina propedéutica o de preparación para el mejor desenvolvimiento del resto de las ciencias. Aunque Aristóteles excluye la lógica de su consideración como ciencia, y ni siquiera usa el término para designar el método de raciocinio o de conocimiento, sin embargo, recibe de él tal impulso y perfeccionamiento que permanecerá casi inalterada durante cerca de dos milenios. Sólo con Bacon y Descartes sufrirá refutaciones de importancia. Con la lógica, el Estagirita se propone ensamblar todo su sistema para tratar de hallar la verdad universal inscrita en los entes particulares.
El resultado más importante de la lógica aristotélica es esta doctrina del silogismo, que él considera el esquema de toda inferencia válida. Define y clasifica todas las formas válidas de silogismo, distinguiendo entre ellos los verdaderos y los meramente correctos. De hecho, un silogismo correcto sólo llega a la verdad si las premisas son verdaderas. Para demostrar la verdad de las premisas se puede recurrir a otro silogismo, pero dado que este proceso no puede continuarse hasta el infinito, es necesario que existan algunos principios supremos evidentes por sí mismos, que no necesitan demostración. Estos principios son: principio de identidad, principio de no contradicción y principio del tercero excluido.
Importante es también su doctrina sobre los conceptos. Un concepto tiene una extensión (ámbito de las cosas a las que se aplica) y una comprensión (el conjunto de las notas que lo caracterizan). Extensión y comprensión están en relación inversa. Según el grado de compresión y extensión, los conceptos se llaman predicables y universales, y se agrupan en cinco clases: pueden expresar el género de un objeto, su especie, la diferencia específica, las propiedades y los accidentes.
Cualquier predicado que podamos formular puede pertenecer a una de estas diez clases o categorías: sustancia, cantidad, cualidad, relación, tiempo, lugar, situación, condición, acción y pasión.




La preocupación metafísica de Aristóteles es a la vez crítica, con respecto a la de su maestro Platón, y constructiva, puesto que se propone una nueva sistematización. Lo que pretende con la metafísica es llegar a saber "de los principios y de las causas primeras". Aborda los temas de la metafísica en lo que él llama "filosofía primera" (prote philosophia), ciencia que considera el ser en cuanto ser (tò on e on). Por ocuparse de las primeras y verdaderas causas, puede ser considerada igualmente ciencia de lo divino, ciencia teológica (Theoldgiké épistéme).
Aristóteles rechaza la teoría platónica de las Ideas separadas de los entes de este mundo. Lo verdaderamente existente no son los "reflejos" de las Ideas, sino los entes individuales, captados por la inteligencia y en los que reside el aspecto universal. El ser es lo opuesto a la nada, uno y múltiple al mismo tiempo, pero cuando hablamos de ser en general lo hacemos de forma análoga.
Para explicar el cambio, (porque, en contra de Parménides, resulta evidente que el cambio y el movimiento se dan en el mundo), se vale de las nociones de acto y potencia, determinaciones primeras del ser. Ahora bien, con estas dos nociones sabemos cómo suceden los cambios o movimientos, pero no sabemos por qué. Ésto lo conocemos mediante las razones o causas del cambio, que Aristóteles concretiza en cuatro: causa material, causa formal, causa eficiente y causa final (o teleológica). Esta última es de gran importancia para el Estagirita, ya que está convencido de que todo existe para cumplir un fin, pues todo, por su propia inmanencia, busca su intrínseca perfección.
La ciencia metafísica de Aristóteles culmina en la teología, la cual se ocupa del ser que existe "per se", o sea, el ente en su sentido más pleno, la forma pura sin materia. Para probar la existencia de ese ser, apela a varios argumentos: "Entre las cosas que existen una es mejor que la otra; de allí que exista una cosa óptima, que debe ser la divina". Su argumento más conocido es el denominado de predicamento cosmológico: las cosas de este mundo son perecederas, y por lo tanto sufren cambio; este cambio acaece en el tiempo. Cambio y tiempo son, pues, imperecederos; mas para que se produzca el cambio o movimiento eterno ha de existir una sustancia eterna capaz de producir ese movimiento. Pero no podemos retrotraernos al infinito para buscar las causas de las causas, por lo que debemos llegar a un Primer Motor inmóvil. Este motor es Dios, concebido por Aristóteles como fuerza inmaterial inalterable. Ese Ser, sin embargo, no aparece en Aristóteles como creador del mundo, porque éste es eterno.





Todos los seres vivos se presentan a Aristóteles como poseedores de alma (psyché), con lo cual se distinguen de los seres inanimados o inorgánicos. Distingue tres clases de alma: vegetativa (propia de las plantas, pero presente también en los animales y en el hombre), sensitiva (propia de los animales y del hombre), racional (exclusiva del hombre). Ésta tiene tres características: es causa del movimiento del cuerpo, conoce y es incorpórea. Muere con el cuerpo, pero permanece la nous, que es inmortal. Aristóteles distingue dos intelectos: el intelecto activo -que es increado, inmortal y eterno; representa la capacidad de abstraer y conceptualizar-, y el intelecto pasivo, que viene a ser la capacidad del alma para aprehender las cosas.
Con respecto al conocimiento, Aristóteles no admite la reminiscencia de Platón, ni tampoco el innatismo. La mente al nacer es "tamquam tabula rasa", en la que nada hay escrito. El conocimiento comienza en los sentidos, como nos demuestra la experiencia. Las captaciones de los sentidos son aprehendidas por el intelecto pasivo, en forma de imágenes o fantasmas (phantásmata). Cuando el entendimiento activo procede a la abstracción surge el universal, generándose así el concepto. De esta forma llegamos al conocimiento suprasensible.




Para Aristóteles, la ética depende de la política, puesto que la conducta individual ha de supeditarse a las exigencias comunitarias. El mundo de la historia y de la cultura, y por ende también el de la ética y de la política, no se rige por principios necesarios como las demás ciencias, sino que sus principios generales se extraen de los juicios y de los actos de conducta observados en los ciudadanos de una comunidad y de su historia. Hay que atenerse a la realidad concreta. El grado de certeza que se puede exigir es el que nos permite la movilidad y variedad de las vicisitudes humanas. La ética de Aristóteles tiene un fin que se resume en la búsqueda de la felicidad. Para algunos, la felicidad consiste en los placeres; para otros, en las riquezas; pero el hombre sabio la busca en el ejercicio de la actividad que le es propia al hombre, es decir, en la vida intelectiva. Ello no excluye el goce moderado de los placeres sensibles y de los demás bienes, con tal de que no impida la contemplación de la verdad. Sobre esta base desarrolla Aristóteles el concepto de virtud. La virtud consiste en el justo medio. Pero no se refiere a un medio matemático. Lo que quiere dar a entender es que el actuar del hombre debe estar regido por la prudencia o regla recta. Hay dos modalidades de virtud: las dianoéticas (que se refieren al ejercicio de la inteligencia) y las éticas (que se refieren a la sensibilidad y los afectos). Todas las virtudes son hábitos que se adquieren por medio de la repetición. La virtud por excelencia es la justicia, la cual consiste en el acatamiento de las leyes y en el respeto a los demás ciudadanos.
También para la política los criterios deben fundarse en la tradición, la cultura y el sentido común. Para Aristóteles el hombre es un "animal político" por naturaleza. Sólo los animales y los dioses pueden vivir aislados. La fuerza natural hacia la reproducción y la conservación inclina a los hombre a vivir unidos, primero en la familia, luego en la aldea (unión de varias familias) y finalmente en la ciudad-estado (ni muy pocos, ni demasiados habitantes). El buen funcionamiento de una ciudad-estado no se asegura solamente por aunar voluntades hacia un mismo fin; se requiere también de leyes sensatas y apropiadas que respeten las diferencias y eduquen a los ciudadanos para la responsabilidad civil dentro de la libertad (Aristóteles, en su mentalidad clasista griega, no concibe el derecho de ciudadanía ni para las mujeres ni para los esclavos). Existen tres formas de legítimo gobierno: monarquía (gobierno de uno), aristocracia (gobierno de los mejores) y república (gobierno de muchos). A esas formas rectas de gobierno se oponen la tiranía, la oligarquía y la democracia (Aristóteles entiende por "democracia" el gobierno de los pobres). No se puede decir cuál de las tres es mejor, pues la teoría concreta para un pueblo hay que deducirla de una indagación objetiva de las varias formas históricas de gobierno, y definir según las circunstancias cuál es más conveniente para un determinado estado (Aristóteles recogió y estudió las constituciones de 158 estados). En principio, toda forma de gobierno es buena si quien gobierna busca el bien de los gobernados.




En cuanto a la poética y la retórica en este campo Aristóteles se aparta también de las teorías de Platón. Mientras Platón valora negativamente el arte del mimo o imitación de la naturaleza porque, según él, aleja a los hombres de la contemplación de la verdad, Aristóteles cree que la imitación de la naturaleza ayuda a conocerla mejor. La imitación que lleva a cabo el arte enriquece al hombre, y es precisamente la modalidad de la imitación la que da lugar a las diversas artes. La atención preferente de la Poética recae sobre la tragedia (naturalmente se refiere a la tragedia griega de su tiempo). A ella le atribuye una función catártica o de purificación similar a la de algunas técnicas actuales psicoterapéuticas: en lo recóndito del espectador afloran las pasiones peligrosas retenidas; esas pasiones son personificadas en la escena por los autores; por medio de este "espejo", el espectador las "vive", interiorizándolas, para terminar liberándose, por una especie de descarga, de la angustia opresora que esas pasiones producían.
Del mismo modo, si Platón consideraba la retórica como el arte de los sofistas, capaz de presentar como verdadero lo que es falso, Aristóteles la defiende sobre todo en el hombre político, pues de la destreza o torpeza con que sea practicada depende en muchas ocasiones la resolución positiva o negativa de asuntos importantes para la polis.
Finalmente Aristóteles distingue entre historia (que refiere lo que ocurrió), poesía (que refiere lo que pudo haber sucedido o pudiera suceder).
La influencia de Aristóteles en todos los campos de la filosofía se hizo sentir a lo largo de toda la Edad Media tanto en el mundo latino como en el árabe, y aún hoy día sigue viva en la tradición de la teología y filosofía escolásticas de la Iglesia católica.



Lo mejor es salir de la vida como de una fiesta, ni sediento ni bebido. - See more at: http://www.citasyproverbios.com/citasde.aspx?autor=Arist%C3%B3teles#sthash.7PKwy4k5.dpuf
 http://www.proverbia.net/citasautor.asp?autor=38&page=2
  http://www.enciclonet.com/articulo/aristoteles/#