jueves, 21 de julio de 2016

LA BATALLA DE LAS PIRAMIDES....NAPOLEON BONAPARTE EN EGIPTO



Campaña en la que Napoleón Bonaparte derrotó a los mamelucos de Egipto, cerca de las Pirámides, en 1798.
Esta batalla formó parte de la operación de ofensiva preparada por Napoleón contra los ingleses, a los que atacó indirectamente en el Mediterráneo. En primer lugar ocupó Malta, para luego desembarcar en Alejandría; después se produjo la Batalla de las Pirámides, que le permitió llegar hasta El Cairo.

                                                                  

Todos asociamos las pirámides de Giza con el Antiguo Egipto de los faraones y La Biblia. Nos fascina lo enigmático de una cultura que se desarrolló hace más de 5.000 años, libró mil batallas y firmó otros tantos acuerdos de paz con sus pueblos vecinos, llegó al cénit de su desarrollo con la construcción de estos colosos de Giza, y después se fue apagando progresivamente y cediendo a la fuerza emergente de otras culturas. Para cuando Alejandro Magno entró en Egipto, poco o nada quedaba ya de una cultura tan original como misteriosa, rematadamente diferente a sus vecinas.
Sin embargo, hay otros eventos e historias fascinantes que las impertérritas pirámides han contemplado a lo largo de tantos siglos de existencia, y una de ellas fue la batalla que se desarrolló en sus inmediaciones por el control de Egipto a finales del siglo XVIII, entre el ejército de Napoleón Bonaparte y la casta de los Mamelucos.


La expedición militar de Napoleón a Egipto, en 1798, fue un punto de inflexión en la Historia por varias razones. Culturalmente, abrió Oriente a Occidente, después de varios siglos de ignorarse mutuamente. Oriente llevaba siglos somnoliento en contraste con un Occidente hiperactivo, justo lo contrario que había sucedido en el periodo de las Cruzadas en donde una Europa prácticamente paralizada por la religión y la oscuridad de la Edad Media se las veía con un Oriente de luces y en agresiva expansión.
Los historiadores militares han señalado la Batalla de las Pirámides como el choque que estableció la superioridad armamentística y de táctica militar occidentales sobre las orientales, aunque una semana antes Bonaparte ya había luchado una batalla trascendental con los Mamelucos en una villa al norte de El Cairo, y allí fue donde pudo detectar las características y debilidades de su oponente antes de asestar el golpe final.


A mediados del verano de 1798,Napoleón se encontraba en el norte de África, pero ¿por qué? Se trataba de un cúmulo de varios factores. De una parte, tenía el objetivo de bloquear la ruta comercial que más rédito económico proporcionaba a Inglaterra, gran enemiga de Francia de la época: la ruta con la India. También pretendía establecer un colonialismo francés inexistente hasta entonces en la región, e incluso se llevó a 167 de los mejores científicos y eruditos de Francia, especialistas en varias ramas del saber, para que estudiaran la cultura del Antiguo Egipto.


Otra razón de mucho peso, esta vez pretendida por el Directorio (gobierno francés post Revolución Francesa), fue sin duda la de alejar de París a un joven pero ya poderoso general Napoleón, victorioso en las campañas italianas con Austria, que ya apuntaba la máximas ambiciones.
Se dice que Bonaparte idealizaba a Alejandro Magno, como tantos otros en la Historia, y que quizá hubo una componente de emulación en la invasión de Egipto. En 332 AC Alejandro era recibido en Egipto como liberador de los persas; contaba con 24 años de edad. Napoleón, con 28, quizá podía alcanzar a Alejandro Magno si se daba prisa, y conquistar Egipto, Jerusalem y Siria. Incluso podría llegar a Constantinopla y la India, una vez establecida una fuerte base en Egipto. Napoleón había escrito previamente al Directorio exponiendo que Francia podía dominar el Mediterráneo con poca oposición por parte del decadente Imperio Otomano: “ocupemos Egipto, y tendríamos una ruta directa a la India”.
Pero para ocupar Egipto había que vencer a la casta que lo gobernaba desde hacía siglos: los Mamelucos. Se trataba de una clase guerrera que vivía en tierras egipcias con grandes lujos e independencia del Imperio Otomano, desde el siglo XIII, antes incluso de la existencia del propio imperio. Mameluco significa “hombre comprado” en árabe, y de hecho, estos hombres eran comprados de niños a familias cristianas en varias partes de Asia (básicamente el Cáucaso) para ser educados como musulmanes. Se les entrenó durante siglos como guerreros del Imperio Otomano, de los más feroces y cualificados. En el siglo XVIII seguían disfrutando de una autonomía casi completa del imperio. No pagaban tributos, y seguían una política totalmente independiente. Para cuando llegó Napoleón con su ejército de 30.000 franceses, los mamelucos no eran más de 10.000.


Los Mamelucos tenían dos gobernantes en aquella época: Ibrahim Bey y Mourad Bey, el primero asentado en El Cairo, el segundo en Giza. Ambos eran jefes poco impresionables por las fuerzas francesas, ya que a pesar de la fama que las precedía ellos daban toda la importancia en una batalla a la caballería, y no era precisamente de lo que los franceses estaban más sobrados en Egipto.
Mientras Napoleón marchaba con su ejército de Alejandría a El Cairo, después de conquistar la primera, se encontró con las fuerzas mamelucas a 15 km de las pirámides y a sólo 4 km de El Cairo. Las pirámides se veían pues a lo lejos, en toda su majestuosidad. Bonaparte, que sabía muy bien de las artes de la propaganda, se cuidó mucho de asociar la batalla con las pirámides milenarias y les hizo referencia en su famoso discurso de inicio de la batalla: “¡Adelante soldados! Recordad que desde lo alto de las pirámides, cuarenta siglos os contemplan”.


La batalla que se desencadenó no fue nada igualada: por un lado, 25.000 tropas francesas repartidas en 5 divisiones, perfectamente alineadas en escuadrones rectangulares, con la caballería en el centro y los cañones en la periferia, y con una potencia de fuego irresistible. Por el otro, la caballería mameluca de Murad Bey, 6.000 jinetes, apoyados por unos 15.000 infantes de muy inferior calidad. Armados con sables y lanzas, de los cuales eran maestros en su uso, apenas disponían de armas de fuego.
La caballería mameluca se lanzó a la carga contra las huestes francesas, pero fue parada en seco por toneladas de acero, disparadas con gran sincronía por los escuadrones de Napoleón. En pocas horas murieron más de 3.000 jinetes mamelucos, y el resto del ejército huyó junto con su jefe hacia el Alto Egipto. Ibrahim Bey huyó a Siria para reorganizar la resistencia, pero todo estaba perdido. Tras 700 años de dominio, los mamelucos entregaban Egipto.


El desenlace de la conquista de Egipto no fue ni mucho menos el esperado por Napoleón, ya que pocos días después de la Batalla de las Pirámides perdió prácticamente toda su flota a manos del almirante Nelsón, con lo que el ejército francés quedaba incomunicado en África. Posteriormente, Napoleón tuvo que abandonar Egipto dado que la política se estaba complicando mucho en París, y su ejército no tuvo más remedio que rendirse en pocos meses al inglés, que lo repatrió a Francia a cambio.
No obstante, la misión científica francesa fue un éxito sin precedentes, y fue la única compensación por las vidas y material perdido en las tierras de Egipto. La Descripción de Egipto, un fabuloso trabajo compuesto por 24 volúmenes repletos de descripciones de las ruinas de los templos faraónicos, bellísimas ilustraciones de prácticamente todos los aspectos de la vida en Egipto (antiguedades, edad moderna e historia natural etc.) han maravillado a generaciones desde entonces y fueron la base de la Egiptología que todavía hace furor en el mundo.



En la actualidad estas descripciones tienen un fabuloso valor ya que en menos de 200 años desde su publicación, muchos de los templos descritos han desaparecido, ya sea bajo las aguas de la presa de Asuán o bajo el pillaje, guerras, o poco respeto de la población del momento en relación a sus antepasados, que no conocen y muchas veces rechazan.
Además, un destacamento francés descubrió la famosa Piedra Rosetta, confiscada después por el ejército inglés y expuesta en el Museo Británico desde 1802, clave para descifrar los jeroglíficos egipcios que llevaban más de 1.400 años sin nadie que los supiese leer.


Tras la célebre Batalla de las pirámides, algunos oficiales visitaron la Gran Pirámide e incluso subieron a su cima (la cima desde la que la que cuarenta siglos los contemplaban). Napoleón prefirió descansar a la sombra, pero no estuvo inactivo.
Cuando los oficiales bajaron y se reunieron con él, les explicó que había estado calculando la cantidad de piedra que formaba la pirámide. Había suficiente, dijo, para construir un muro de piedra de 3 metros de alto y 0,3 metros de grosor alrededor de toda Francia.
El grupo debió de quedarse perplejo, porque el matemático Monge, que estaba entre ellos, hizo su propia estimación, que confirmó la de Napoleón.



Otro hecho histórico poco conocido es sin duda el relativo a la noche que pasó Napoleón en solitario en el interior de la llamada “Cámara del Rey” de la pirámide de Keops (Khufu en egipcio). El hecho está suficientemente documentado históricamente. ¿Qué ocurrió la noche del 12 de agosto de 1799, por cierto, sólo a 3 días de cumplir 30 años? Napoleón sabía que tanto Alejandro Magno como Julio César habían pasado una noche en la pirámide de Keops… Probablemente, el gran corso estaba buscando su sitio en la Historia.
Cuentan los cronistas que a la mañana siguiente el general salió de las entrañas de la pirámide de Khufu demacrado y mudo. No queriendo contar nada de lo sucedido allí dentro. Nadie, ni su fiel Kebler, ni ningún otro general, supo jamás qué ocurrió aquella noche, pues Napoleón no quiso que le tomaran por loco.

Camara del Rey de la Piramide de Keops


http://www.3viajes.com/napoleon-en-egipto-la-batalla-de-las-piramides/
http://www.enciclonet.com/articulo/piramides-batalla-de-las/
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miércoles, 20 de julio de 2016

EL FEUDALISMO...CONSOLIDACION Y CRISIS SIGLO X AL XIII

                      
Con el comienzo del milenio se llegó a la consolidación tanto del régimen feudal propiamente dicho como del señorío. El fundamento de las relaciones feudovasalláticas era la prestación de servicio y ayuda militar por parte del vasallo a cambio de un beneficio, el feudo. De ser una recompensa gratuita, como lo había sido en el Bajo Imperio romano, había pasado hacía tiempo, sobre todo en época carolingia, a convertirse en la condición sin la cual no se conseguían vasallos. En palabras de Julio Valdeón, “vasallaje y beneficio se habían fusionado, lo que quiere decir que el sistema feudal, en su aspecto jurídico-institucional, había nacido".
A partir del siglo X estas relaciones proliferaron y se generalizaron. Se revistieron de un ritual que, aunque con variaciones y en algunas zonas ya prácticamente constuido dos o tres siglos antes, era muy similar en todas partes: consistía en el contrato del homenaje, ceremonia mediante la cual se prestaba el vasallaje y, a continuación, la investidura, por la que el vasallo obtenía su feudo. Robert Boutruche lo describe así: “Sin armas, sin cinturón ni caperuza, el dependiente se inclina o se arrodilla ante el señor. Es un instante decisivo: pone sus manos juntas entre las del señor, quien las cierra sobre aquéllas en señal de consentimiento y toma de posesión. Los contratantes intercambian un beso. Es signo de paz, de amistad y de fidelidad... Un segundo acto sigue inmediatamente al homenaje: el juramento de fidelidad, prestado sobre un objeto sagrado. En ese momento se intercambian algunas palabras: uolo o declaración de voluntad, por la que el señor declara que lo recibe como su hombre y el vasallo promete ser fiel”. A continuación tenía lugar la investidura: el señor, que se había comprometido a ofrecer protección al vasallo, le entregaba el feudo, generalmente tierras, pero, ya en esta época, también cargos, castillos, o incluso dinero. Esto se simbolizaba con algún objeto: flores, un puñado de tierra, vara del castillo, monedas, etc. En algunas ocasiones, aunque no es frecuente, había un contrato escrito.


En estos siglos muchas personas presentaban vasallaje a diversos señores; esto daba lugar a situaciones conflictivas, al deber fidelidad a varios señores que podían estar enfrentados entre sí. Se formó así el llamado homenaje ligio, el principal de todos y el que había de prevalecer en caso de conflicto. Faltar a los compromisos del vasallaje, por parte del señor o del vasallo, se denominaba felonía y traía como consecuencia la disolución del mismo y, en el caso del vasallo, la pérdida del feudo. Estos se hicieron hereditarios, aunque los herederos debían renovar el vasallaje y pagar normalmente las rentas de un año al señor. Si el que moría era el señor, los vasallos también se presentaban ante el sucesor, que volvía a adquirir con ellos el mismo compromiso. El vasallo adquiría deberes para con el señor: consejo, ayuda, sobre todo militar, servicios de corte (es decir, acompañarlo en fiestas), servicios domésticos, labores administrativas, intervención en los tribunales, cuya jurisdicción pertenecía al señor, ayuda económica, además de todo tipo de servicios, muchas veces casi irrisorios.
El señor adquiría deberes a su vez: no perjudicar en ningún aspecto al vasallo, protegerlo y darle garantías de seguridad, ayuda material y proporcionarle medios de subsistencia (que en primera instancia hacía al otorgar el feudo), e, incluso, mantenerlo en sus dominios si aún no le había sido concedido éste. Estos señores encabezaban la pirámide social de la Edad Media: no sólo eran los grandes propietarios sino que habían adquirido auténticos poderes que afectaban a los principales aspectos de la sociedad; desde sus señoríos controlaban, sobre todo desde época carolingia, la vida de todas las tierras y personas que había bajo sus dominios. Debido a la debilidad del poder monárquico y a la fragmentación del mismo, los señores feudales habían adquirido la delegación del mando fiscal, judicial, monetario -algunos llegaron a acuñar moneda-, monopolios, derechos de peaje, pontaje, junto a los derechos económicos de todo tipo de tributos, impuestos, rentas, etc. que se derivaban de la posesión de sus tierras. El señorío se había convertido en una unidad de poder y el conjunto de derechos del señor era el llamado ban o bannus.
Pero quizá lo más importante de esas atribuciones era la capacidad de administrar justicia. Existía la justicia real desde luego: el rey era, en última instancia, el máximo administrador de la misma, pero localmente había ido delegando este poder. Así, existía la justicia condal; los condes la administraban en estos grandes territorios, pero la fuerte fragmentación y jerarquización social de la clase dirigente hizo que prácticamente cada señor tuviera su propio poder judicial en sus territorios. Estos señores ejercían la justicia por medio de sus agentes: administradores, ministeriales, etc., en general vasallos que componían los tribunales. Algunas veces, estos agentes, originariamente de estratos más bajos, incluso serviles, terminaban ascenciendo a ciertos escalafones de la clase dirigente en razón de su cargo. De esta forma, la justicia terminaba por aplicarse en ámbitos privados. Frecuentemente había en los territorios cruceros y horcas, como símbolo de que en ellos se administraba la justicia.


El principal símbolo del poder del señor era el castillo, o, en el caso de la Iglesia, los monasterios, catedrales y edificios eclesiásticos. Al principio, el permiso para la construcción del castillo lo otorgaba el rey, pero poco a poco llegaron a edificarse por la simple voluntad del señor, sin que mediara de hecho la intervención real. Estos castillos eran el símbolo del poder y, a la vez, centros de administración de justicia, de recogida de tributos y rentas, almacenes de víveres, residencia de los señores, refugios para los habitantes de la zona, lugar de prestación de homenajes... Se convirtieron así en los centros neurálgicos de la vida de extensiones territoriales considerables.
No todos los señores tenían el mismo poder. Lógicamente, ya se ha dicho que dentro de la misma clase social había una fuerte jerarquización: príncipes, condes, duques, marqueses, barones o castellanos, es decir, desde los señores más poderosos, cuya cabeza era el propio rey y luego los príncipes, hasta los más simples. La categorización variaba de unos países a otros, así como sus relaciones con respecto al rey, incluso al Parlamento en el caso de Inglaterra. Pero, en cualquier caso, prácticamente todos se hallaban dentro de la compleja trama de las relaciones de dependencia existentes. Suele decirse que en la Edad Media cada hombre pertenecía a una familia, a una comunidad, pueblo y a un señor. Un aspecto fundamental y que, en cierto modo, unificaba a todos, era que todos ellos eran quienes practicaban la guerra y eran, por tanto, caballeros. En esta época, debido al desarrollo técnico de armamentos y armaduras, sólo unos pocos tenían posibilidades reales de pagar un adecuado equipamiento. Igualmente, el ideal de caballero para el que se preparaban los nobles se vio culminado por la aspiración, imbuida por la Iglesia, de conquistar Tierra Santa y partir hacia las Cruzadas, especialmente a partir de las épocas en que las guerras de unos nobles contra otros habían disminuido o, cuando menos, se habían regulado, gracias sobre todo al establecimiento de las llamadas tregua de Dios y paz de Dios, que, desde época carolingia, la Iglesia había tratado de imponer entre los señoríos de Europa.
 La Iglesia, como el otro orden incluido en la misma clase gobernante, también estaba sometida a esta feudalización de la sociedad. Por una parte, tenía similares capacidades a las de los señores laicos, al poder administrar justicia o cobrar impuestos y rentas, pero, por otra, estos señores solían intervenir y hacer valer su poder a la hora de nombrar cargos eclesiásticos. Esto originó diversas controversias, sobre todo a partir de la reforma gregoriana. Como recuerda Valdeón, la más destacada fue la que se produjo entre el Papa Gregorio VII y el emperador alemán Enrique IV, que continuó con sus sucesores hasta la firma del Concordato de Worms en 1122, aunque volvió a surgir nuevamente a mediados del siglo XII con Federico Barbarroja y en otros momentos posteriores.




Es evidente que, a pesar de la múltiple jerarquía existente, incluso de las diferencias entre poderes laicos y eclesiásticos, unos y otros (los dos órdenes señalados) pertenecían a un mismo grupo social, el de los señores y gobernantes. Dicho grupo se servía del otro, el de los campesinos y trabajadores, del que dependía para poder vivir. Realmente, los primeros ejercían un poder coercitivo sobre los segundos y entre unos y otros se habían establecido todo tipo de vínculos o relaciones de dependencia, económica y social, aunque también personal, habida cuenta del enorme alcance de los poderes y atribuciones que tenían los señores en todas las facetas de la vida. Por otra parte, la relación económica fue evolucionando progresivamente. Las rentas y prestaciones que los campesinos pagaban a los señores habían sido durante la Antigüedad Tardía y en la época carolingia fundamentalmente de dos tipos: de un lado, su propio trabajo gratuito en las tierras de los señores, en las reservas; de otro, los excedentes de las tierras que ellos mismos cultivaban, es decir, rentas-trabajo y rentas-especie. El pago de dinero, en cambio, era menor; pero a partir de los siglos XI y XII éste comenzó a cobrar importancia, debido al aumento del comercio y la venta de productos manufacturados que empezaban a circular en las ciudades y de los que los señores deseaban proveerse. Así, progresivamente, se fue prefiriendo este tipo de pagos. Las rentas, por otra parte, no se limitaban a las obligaciones contraídas por la tierra, sino al pago de impuestos, censos, etc., que se derivaban de los diferentes poderes, sobre todo judiciales, fiscales y militares que tenían los señores. Una de las más características fue la del diezmo, es decir la contribución de los fieles a la Iglesia con la décima parte de sus bienes. El hecho de que algunos señores tuvieran iglesias propias en sus señoríos hacía que en ocasiones también ellos fueran los beneficiarios.
La clase baja estaba constituida, fundamentalmente, por campesinos; como se ha indicado, los pequeños propietarios de tierras libres, alodios, eran cada vez menos, al igual que los esclavos. Puede decirse que, cuando se habla de población servil en estos siglos, se hace referencia tanto a los campesinos libres o semilibres como a los propios siervos, ya que, en la práctica, todos estaban confundidos en un mismo sistema de dependencia y en una misma realidad social, la de la clase del campesinado frente a la de los señores.
No obstante, dentro de la propia clase de los campesinos comenzó a darse una diferenciación progresiva con el paso del tiempo. La posibilidad de vender los productos excedentes no sólo beneficiaba a los señores, sino también a los campesinos, al menos a algunos que fueron acumulando poco a poco mansos, productos y dinero; incluso llegaban a tener a otros campesinos trabajando para ellos. Frente a éstos, que eran los menos, había otros que sobrevivían y se autoabastecían, aunque la inmensa mayoría seguía en una situación de subsistencia mínima. Esta diferenciación se tradujo en una jerarquización nueva dentro de la clase baja, hasta el punto de que en ocasiones se llegó a reproducir en ella la fórmula jurídica que caracterizaba a la clase alta: hubo efectivamente homenajes serviles, lo que refleja, sin duda, que la mentalidad feudal impregnaba toda la sociedad. Como señala Pierre Bonnassie: “No hay que ver el feudalismo únicamente como un sistema que regula las relaciones internas de una clase dominante. Sobre todo en el sur de Europa es una estructura global que determina la totalidad de las relaciones sociales, de arriba abajo de la sociedad. La mejor prueba de esto es la difusión del homenaje, en forma de homenaje servil, a las capas inferiores del campesinado. El advenimiento del feudalismo y su corolario, la instauración del régimen señorial, tuvieron repercusiones determinantes en las poblaciones rurales”. El campesinado desarrolló sus propias instituciones, especialmente la comunidad aldeana, encargada de mantener el orden y la paz en las aldeas, y formó las asambleas de vecinos o concejos, que no dejaban de ser ciertas delegaciones del poder señorial en las aldeas; con todo, estas formas trajeron consigo cierta independencia de las aldeas y formas de control propio. Como cabe suponer en este contexto, poco a poco se produjo un acaparamiento de funciones y de poderes entre los campesinos más ricos, que, en definitiva, respondían a esa misma mentalidad feudal. Lo mismo podría decirse de las ciudades. Tras siglos de declive y retroceso, comenzaban a cobrar cierta importancia y desarrollo, gracias al intercambio comercial y la producción de manufacturas; pero aquí también se daba una tendencia a la bipolarización en dos clases, la de los caballeros ricos y la de la población, denominada gente menuda.


Al igual que la formación del feudalismo se gestó durante siglos, su crisis y desaparición fue también larga y prolongada; incluso ciertas relaciones de dependencia económica se mantuvieron tanto tiempo que, como sostienen algunos autores, su desaparición no se consumó hasta finales del siglo XVIII o principios del XIX. Sin embargo, puede considerarse que el sistema feudal, entendido globalmente, desapareció en torno a los siglos XIV y XV. Los factores fueron múltiples y debe hablarse de la transformación completa de la sociedad. En primer lugar, las monarquías se fueron fortaleciendo debido a una progresiva concentración de poder económico y, sobre todo, judicial y militar en manos de los reyes. A ello contribuyeron decisivamente las crisis y guerras de estos siglos, que fomentaron la necesidad de formar ejércitos numerosos, nutridos cada vez más por masas populares y mercenarios. Las luchas bélicas, por otra parte, dejaron de ser cuerpo a cuerpo entre caballeros para dar paso a los armamentos pesados. En este sentido, la Guerra de los Cien Años fue decisiva. Además, las guerras se convirtieron en un instrumento de primer orden para recaudar impuestos que terminaron por considerarse fijos y permanentes, con lo que se consolidó y amplió la idea de un sistema fiscal público que favoreció el desarrollo de un aparato estatal organizado y fuerte. Paralelamente, este fortalecimiento de la monarquía, que fue concentrando poco a poco poderes públicos tan fragmentados en los siglos anteriores, hizo que terminase por surgir una primitiva idea de Estado y, consecuentemente, una pérdida de protagonismo de los señores feudales en este terreno. Por otra parte, la relación de señoríos y campesinado dejó de ser la casi única existente, debido al creciente desarrollo de las ciudades y a la aparición de grandes fortunas en ellas, como familias de banqueros o comerciantes, no necesariamente poseedores de señoríos (aunque luego tratasen de adquirirlos). Esta idea naciente de colectividad se vio afianzada con las guerras: unos pueblos se enfrentaron a otros y surgió la conciencia de grupos de población unidos en territorios cada vez más precisamente definidos y bajo un poder monárquico, al que, además, se consideraba el puntal de la justicia, por encima de las decisiones particulares y arbitrarias de los señores.
El rey ya no era el primer señor feudal, sino alguien que estaba muy por encima de todos los demás. Incluso las crisis sociales y revueltas de labradores de estos siglos, debidas a un aumento de la conciencia de poder organizarse frente a los señores feudales, debilitó a estos y fortaleció a la monarquía, ya que, como señala Julio Valdeón “el realengo era, al menos desde la mentalidad popular, tierra más propicia a la libertad, en tanto que los dominios de la nobleza se equiparaban a tierras de servidumbre”. Los mismos señores feudales se vieron abocados a acercarse cada vez más a las cortes reales existentes y pujantes y terminaron por transformarse ellos mismos en cortesanos.
Esta situación no dio al traste con los señoríos y grandes propiedades territoriales, ni con muchos de los privilegios de los grandes señores. La antigua nobleza fundiaria se convertiría poco a poco en la nueva nobleza de la época moderna; sin embargo, al mismo tiempo trajo consigo una desaparición del sistema feudal como forma de gobierno de la Europa medieval que había presidido toda la sociedad, la vida política y la mentalidad de las gentes.
 

Bibliografía

  • BARBERO, A. y VIGIL, M. La formación del feudalismo en la Península Ibérica. (Barcelona: 1979).
  • BLOCH, M. La sociedad feudal. (trad. esp. Madrid: 1986).
  • BONNASSIE, P. Del esclavismo al feudalismo en Europa occidental. (Barcelona: 1993).
  • BOUTRUCHE, R. Señorío y feudalismo. (Madrid: 1973-79).
  • DE MOXO, S. La disolución del régimen señorial en España. (Madrid: 1965).
  • DUBY, G. Guerreros y campesinos. Desarrollo inicial de la economía europea (500-1200). (1ª edic. París: 1976), (11ª edic. esp. Madrid: 1992).
  • DUBY, G. Los tres órdenes o lo imaginario del feudalismo. (Madrid: 1992).
  • GANSHOF, F.L. El feudalismo. (trad. esp. Barcelona: 1963).
  • HILTON, R. Conflicto de clases y crisis del feudalismo (Londres: 1985), (trad. esp. Barcelona: 1988).
  • QUINTANILLA, Mª C. Nobleza y caballería en la Edad Media. (Madrid: 1996).
  • SÁNCHEZ ALBORNOZ, C. En torno a los orígenes del feudalismo. (Mendoza: 1942).
  • VALDEÓN, J. El feudalismo. (Madrid: 1992).
  • VARIOS AUTORES. En torno al feudalismo hispánico. (Ávila: I Congreso de Estudios Medievales. Fundación Sánchez Albornoz, 1989).
http://histoire-des-arts.over-blog.com/article-analyse-d-une-oeuvre-rue-de-paris-temps-de-pluie-69437287.html
://www.google.es/search?tbs=sbi%3Acs&tbnid=UUuO3wtDdgGj1M%3A&docid=iykdH2lPGHnmAM&bih=667&biw=1366&ved=0ahUKEwi80PuuqILOAhXGmBoKHdFXAFoQiBwICQ&dpr=1
http://www.enciclonet.com/articulo/feudalismo/
http://georgeeliot2.blox.pl/resource/W.Polenow_Prawo_Pana.jpg
https://prezi.com/a3rm_o2okepq/arquitectura-en-el-feudalismo/
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martes, 19 de julio de 2016

BATALLA DE GUADALETE....UN HITO EN LA HISTORIA DE LA PENINSULA IBERICA


  1. La batalla de Guadalete del año 711, también conocida como batalla de Barbate, señaló, como pocos acontecimientos bélicos, un hito en la historia de la Península Ibérica. La derrota del rey visigodo Rodrigo frente a las huestes norteafricanas recién islamizadas de Tariq ben Ziyad, determinó, en palabras de la historiografía tradicional católica, la “pérdida de España”. En efecto, en aquella batalla de incierta localización, se perdió el reino visigodo de Toledo y, con él, el imperio del cristianismo en el solar hispánico durante al menos las tres siguientes centurias. Con la llegada de los arábigo-beréberes se inauguró, en cambio, uno de los períodos más brillantes de la civilización hispánica y de la historia de lo que se ha dado en llamar el Islam clásico.



Conocemos los sucesos que dieron lugar a la conquista islámica de la Península Ibérica a través de las crónicas de autores cristianos y musulmanes. El relato de estas últimas es más completo pero igualmente fruto de elaboraciones posteriores a los acontecimientos y no menos entreverado de narraciones legendarias. La fuente más antigua que se conserva sobre la batalla de Guadalete data del siglo X.
La conquista se convirtió en un acontecimiento de tintes apocalípticos tanto para cristianos como para musulmanes. Así, los relatos árabes están plagados de referencias simbólicas de carácter premonitorio. Entre ellas, la historia de la torre o palacio cuya entrada tenían prohibida los reyes visigodos. Rodrigo, ignorando a sus consejeros, rompió sus cerraduras y penetró en el recinto, del que salió aterrado por la visión de las pinturas que decoraban sus muros, en las que había visto las escenas de su derrota frente a los musulmanes. Sobre el rey Rodrigo se propalaron tras la batalla de Guadalete numerosos relatos que deben considerarse en su mayoría legendarios, pero que han configurado a lo largo de la historia el acervo popular sobre lo ocurrido en aquella ocasión. Las crónicas islámicas abundan especialmente en este tipo de noticias. De ellas procede el famoso relato de la hija del conde Julián de Ceuta -llamada Florinda, la Cava, por la tradición hispano-cristiana-, hermosa virgen que, enviada por su padre a Toledo para ser educada en los usos de la corte, despertó la lascivia de Rodrigo. Salvada a tiempo por su padre de los abrazos del rey, el conde Julián juró vengarse. De ahí que, a su regreso a África, tratara de incitar al gobernador musulmán de Ifriqiya (nombre árabe de la región norteafricana) a invadir las ricas tierras que se abrían al otro lado del Estrecho.
Sin duda la sorprendente facilidad con que se llevó a cabo la conquista de la Hispania visigoda despertó en el imaginario colectivo la necesidad de crear esta fantástica leyenda. Sin embargo, las razones que hicieron que la batalla de Guadalete pasara de ser una mera campaña de saqueo y reconocimiento a convertirse en el inicio de una invasión en toda regla, son menos novelescas. La escasa o nula resistencia de la población (que a menudo se tradujo en abierta colaboración, como en el caso de los judíos, perseguidos tenazmente en los últimos tiempos de la monarquía visigoda) denotó el profundo divorcio existente entre aquélla y el “estado” visigodo. Los treinta años que precedieron a la invasión musulmana son los más desconocidos de la historia del reino visigodo de Toledo, pero las noticias que han llegado hasta nosotros dan cuenta de un estado de profunda crisis social y quiebra política. Las sediciones provinciales, las luchas por la sucesión al trono y las ambiciones políticas de la nobleza y el clero debilitaron hasta tal punto el andamiaje político del reino visigodo que éste sucumbió al primer envite de unos pocos invasores bien organizados.



En verano del 710 había sido elevado al trono el duque Rodrigo, gobernador de la provincia Bética, con lo que se apartaba de la sucesión a la prole del anterior rey, Witiza, que posiblemente había designado sucesor a su hijo Ákhila. Se produjeron luchas entre los partidarios del nuevo rey y los witizanos y parece que Rodrigo triunfó con facilidad sobre éstos. Por su parte, hacia 710 los árabes concluían el proceso de conquista del África del Norte, al que la invasión de la Península Ibérica se halla íntimamente ligado. El mando militar de la conquista estaba a cargo de Musa ibn Nusayr, gobernador de las provincias de Ifriqiya y Magrib.
Las noticias acerca de la riqueza de Hispania y el estado de crisis política que vivía el reino visigodo probablemente bastaron a Musa como acicates para enviar a una parte de su ejército en misión de reconocimiento al otro lado del Estrecho. Las crónicas árabes conceden, sin embargo, un papel crucial al conde Julián en los acontecimientos que llevaron a Guadalete. Es probable que este Julián fuera el exarca de la plaza de Septem (Ceuta), última posesión bizantina en África del Norte, y que se encontrara bajo obediencia vasallática del gobernador musulmán de Ifriqiya. Quizás actuó como intermediario entre los opositores visigodos a Rodrigo, agrupados en torno a los hijos del rey Witiza, desprovistos de fuerza militar, y los musulmanes, a los que habrían acudido con el fin de expulsar del trono al nuevo rey. Cabe la posibilidad de que el conde Julián diera refugio en Ceuta a los partidarios del clan witizano, perseguidos por Rodrigo.
El relato tradicional cuenta que, persuadido Musa ibn Nusayr de la oportunidad de invadir Hispania, el gobernador habría ordenado a Julián llevar a cabo una primera expedición de reconocimiento, de la que el bizantino regresó cargado de botín. Entonces el califa al-Walid habría ordenado el envío de nuevas misiones de exploración con el fin de calibrar la capacidad de reacción del reino visigodo. Un primer desembarco musulmán, de apenas unos centenares de hombres al mando de Tarif ibn Malluk, habría tenido lugar en julio de 710. La expedición desembarcó en una pequeña bahía que recibió el nombre del capitán musulmán: Tarifa. El éxito de esta campaña habría impulsado a Musa a preparar la invasión, a cuyo frente puso a su liberto y gobernador de Tánger, Tariq ibn Ziyad. Actualmente se considera la expedición de 710 como legendaria, fruto de la confusión de los relatos acerca de la definitiva campaña que culminó en Guadalete.
Desde un punto de vista histórico puede considerarse que la conquista de la Hispania visigoda fue una continuación de la recién concluida conquista del Magreb por el Islam. La expedición de 711 habría sido una mera campaña de reconocimiento del terreno, como indica el hecho atípico de que el gobernador musulmán no se encontrara al frente de sus tropas, como era tradicional en las campañas de conquista. Sólo la debilidad endémica del reino visigodo de Toledo hizo posible que la victoria de Tariq en Guadalete se convirtiera en el hecho fundacional de la España musulmana.



En abril o mayo del año 711 un ejército al mando de Tariq ibn Ziyad cruzó el Estrecho, en el momento en que el rey Rodrigo se encontraba en el norte combatiendo a los vascones. Las dificultades que el desplazamiento por mar representaban para un pueblo sin tradición marítima como los árabes hacen poco probable que las tropas de Tariq fueran muy numerosas: entre siete y nueve mil soldados, la mayoría de ellos beréberes, algunos libertos de diverso origen y una minoría de árabes. Tariq se atrincheró en el peñón que recibiría después su nombre (Chabal Tariq: Gibraltar), a la espera de la arribada del grueso de sus tropas. Los relatos árabes cuentan que Tariq, tras poner pie en tierra firme, dirigió la oración arengando a sus tropas a triunfar o morir y que, para asegurarse, mandó quemar la flotilla que les había llevado hasta allí.
Tariq inició su ofensiva con la toma de Carteya (Cádiz), después de lo cual se dirigió al oeste e instaló su base de operaciones en lo que hoy es Algeciras (la “isla verde”, al-Yazirat al-jadra). Entretanto el rey Rodrigo regresó precipitadamente de su campaña contra los vascones y mandó reunir sus tropas en Córdoba. El ejército musulmán había crecido con la llegada de cinco mil nuevos combatientes enviados por Musa ibn Nusayr, pero Tariq actuó con prudencia y, lejos de dirigirse a Córdoba, centro de poder del rey visigodo, decidió proseguir sus incursiones al oeste de Tarifa y esperar en una posición ventajosa el avance de los visigodos.
Se plantea en este punto el problema de la localización exacta de la batalla, que ha generado ríos de tinta por parte de los especialistas. Tradicionalmente se ha identificado el lugar, llamado Wadi Lakkah por las fuentes árabes, con el río Guadalete, que tiene su desembocadura en la bahía de Cádiz. Según C. Sánchez Albornoz, el Wadi Lakkah debería su nombre a una ciudad prerromana, Lakko, situada junto a Arcos de la Frontera, lugar por el que discurre el río Guadalete. Sin embargo existe otra hipótesis, más aceptada en la actualidad, según la cual este río no sería otro que el arroyo de Barbate, desagüe natural de la laguna de la Janda, junto a la que se supone que acampó el ejército de Tariq. Tampoco se conoce con certeza el día en que tuvo lugar el encuentro de los dos ejércitos, que suele datarse entre el 19 y el 23 de julio de 711. Según el cronista árabe Razi, la batalla habría durado toda una semana.



Aceptando la localización en el río Barbate, las tropas musulmanas debieron instalarse entre la ribera de la laguna de la Janda y las pendientes de la Sierra de Retín. El ejército visigodo debía acercarse por el este, atravesando los cerros de Medina Sidonia. Las crónicas dicen que 100.00 hombres formaban las huestes de Rodrigo. Esta cifra es sin duda muy abultada, pero los efectivos cristianos debían de ser mucho mayores que los musulmanes. Según los relatos árabes, el ejército visigodo estaba dividido en dos cuerpos laterales mandados por partidarios del clan witizano. Nada más iniciarse la batalla, éstos habrían desertado del ejército cristiano, junto con todos sus hombres, para unirse a los musulmanes. El ejército de Rodrigo quedó así a merced de sus enemigos y emprendió la retirada en gran desorden. Tariq ordenó entonces su persecución, en la que murieron muchos nobles visigodos. No se conoce con certeza la suerte que corrió Rodrigo. Los relatos más fidedignos no registran su muerte, pero su nombre no vuelve a aparecer en las fuentes, de modo que puede pensarse que pereció en la batalla o que, en cualquier caso, no consiguió presentar resistencia a la invasión tras su derrota en Guadalete.
Todo indica que la batalla no fue de gran envergadura, ya que las fuerzas de Tariq eran escasas y Rodrigo probablemente no pudo reclutar gran número de guerreros ya que su centro de poder era territorialmente limitado. Es posible que sólo le acompañaran las tropas de la casa real y las fuerzas que pudiera reclutar en sus posesiones de la Bética, ya que, por otra parte, no se trataría de una invasión en toda regla. Sin duda la fulminante victoria de las fuerzas árabes se debió al desconocimiento cristiano de las tácticas de combate de los árabes. La probable muerte de Rodrigo, la destrucción de su comitatus, su guardia real y la nobleza cortesana, dieron al enfrentamiento su carácter decisivo. Por otra parte, la rápida conquista de Toledo por Tariq aumentó la confusión creada por la destrucción del ejército real y evitó la elección de un nuevo rey visigodo y la articulación de la resistencia. Por ello la escaramuza de Guadalete / Barbate se convirtió en una conquista.



Las fuentes musulmanas son muy dispares en cuanto a los acontecimientos que siguieron a la derrota de los visigodos. Al parecer Musa había mandado esperar nuevas órdenes tras la batalla. Pero sin duda la asombrosa facilidad de la victoria de Tariq animó a éste a proseguir por su cuenta la conquista de las ricas tierras que se ofrecían a la rapacidad de su ejército.
Los restos de las maltrechas tropas visigodas se habían refugiado en Écija. Hasta allí las persiguió Tariq y obtuvo una nueva victoria que desbarató definitivamente la capacidad de resistencia del ejército visigodo. Muchos descontentos se fueron uniendo a las tropas de Tariq, que encontró la colaboración de la población judía, muy castigada por las persecuciones a la que la había sometido la católica monarquía visigoda. Desde Écija, Tariq inició un paseo militar que le llevó a conquistar Córdoba y Toledo sin apenas resistencias, aniquilando así los restos del reino visigodo. De esta forma comenzaba la historia secular de al-Andalus.


CHEJNE, A. G. Historia de España musulmana.
LÉVY-PROVENÇAL, E. España musulmana hasta la caída del califato de Córdoba (711-1031)
ARIÉ, Rachel. España musulmana. vol. 3 de la Historia de España dirigida por M.Tuñón de Lara
http://www.enciclonet.com/articulo/guadalete-batalla-de/#

miércoles, 13 de julio de 2016

HISTORIA DE JUANA I DE CASTILLA Y SUS MUY RICAS HORAS



Durante casi cincuenta años, la reina legítima de España estuvo confinada en un palacio de Tordesillas: según algunos, víctima de una conspiración de sus parientes todopoderosos; según otros, a causa de una innegable enfermedad mental 
Con su rostro ovalado, su nariz fina y delicada, piel clara y el cabello rubio, Juana de Castilla fue atractiva desde su niñez. También era inteligente, ya que aprendió latín y poseía notables aptitudes para la música, que sería uno de sus escasos consuelos a lo largo de una vida cada vez más trágica. Lejos de mostrar ningún indicio que llevara a pensar en su futura condición de «reina loca» de España, Juana parecía predestinada a convertirse en un brillante ornamento en la corte de algún insigne príncipe europeo. Y así ocurrió en 1497 cuando, a los 17 años, se trasladó a los Países Bajos para contraer matrimonio con el archiduque de Austria, Felipe el Hermoso, heredero de las casas de Borgoña y Habsburgo. Los Reyes Católicos habían ideado una estrategia de alianzas matrimoniales en Europa con el propósito de rodear a su gran enemigo, la monarquía francesa, estrategia en la que Juana no era más que un peón. Pese a ello, y también a pesar de diferencias de carácter que dieron lugar a numerosas riñas, entre Juana y Felipe surgió un afecto intenso que se tradujo en constantes embarazos para la infanta, que acabó dando a luz a seis hijos.


El destino de Juana como archiduquesa y princesa en Flandes muy pronto se vio alterado por una serie de fallecimientos en el seno de su familia española. En octubre de 1497 murió su hermano mayor Juan, a los 19 años, según se dijo por sus excesos sexuales con su también joven esposa, Margarita de Austria; casi medio siglo después, el emperador Carlos V, hijo de Juana, advertiría a su vástago, el futuro Felipe II, que no debía cometer excesos en los primeros años de desposado porque aquello había matado al infante don Juan. Un año después falleció la otra hermana mayor de Juana, Isabel, casada con Manuel I de Portugal. Su hijo recién nacido, Miguel, quedaba como heredero de España y Portugal, pero murió antes de su segundo cumpleaños. De este modo, en 1500 Juana se convirtió en la única heredera de las coronas de Castilla y Aragón, por lo que su madre, Isabel, le imploró que regresara urgentemente de Flandes a España.
Por entonces nadie cuestionaba la capacidad de Juana para reinar. Sus arranques temperamentales eran del dominio público, pero se los consideraba un rasgo heredado de su imponente madre, también propensa a sufrir accesos de melancolía. Los dones de Juana solían recibir exaltados elogios.
En 1501, el obispo de Córdoba, enviado por los Reyes Católicos como embajador a Flandes, informaba de que era «habida por muy cuerda y por muy asentada». Ese mismo año, el embajador residente de España había llegado a decir que «en persona de tan poca edad no creo que se haya visto tanta cordura».
En cuanto Juana y Felipe llegaron a España, la reina Isabel lo dispuso todo para que las Cortes de Castilla reconocieran a su hija como heredera legítima al trono. El archiduque Felipe, relegado ignominiosamente al rango de consorte, abandonó España seis meses más tarde, dejando a su mujer embarazada de su cuarto hijo, a quien se impuso el nombre de Fernando en honor de su abuelo materno. La intención de Isabel era que Juana la sucediese en Castilla como reina propietaria, con o sin el apoyo del archiduque; lo que no podía dilucidar de antemano era si tanto Felipe como Fernando el Católico (que legalmente era sólo rey de Aragón) aceptarían tal resolución. 



   
Las Cortes de Toledo reunidas en mayo de 1502 marcaron un punto de inflexión en la vida pública de Juana, pues fue entonces cuando empezó a ponerse en cuestión su idoneidad para gobernar. Cuando la reina Isabel redactó un último testamento poco antes de su muerte, el 26 de noviembre de 1504, existían serias dudas en torno a la salud mental de Juana. Aunque Isabel la confirmó como heredera de sus reinos, en el documento añadía que si la reina Juana, «estando en ellos, no quiera o no pueda entender en la gobernación dellos», sería Fernando quien ejercería la regencia en su nombre. En un nuevo intento de impedir una posible usurpación por parte de Felipe de Habsburgo, la soberana subrayaba su condición de extranjero y prohibía expresamente que se asignara cualquier cargo civil o eclesiástico a personas que no fuesen naturales de sus reinos. Poco importa que, sobre el papel, la expresión «o no pueda» sea sólo una apostilla de Isabel la Católica: constituye la señal más sólida de que ahora la madre de Juana dudaba de la capacidad de su hija para gobernar.
Muchos estudiosos han sostenido que la presunta «locura» de Juana obedecía únicamente a una conspiración política . Dado que suponía un obstáculo para que Felipe o Fernando ejercieran el control absoluto sobre Castilla, inhabilitarla satisfacía los intereses de ambos. Su trastorno mental, alegan, se exageró deliberadamente con objeto de hacerla inaceptable como soberana. Se ha argüido además que su conducta extravagante fue, en realidad, un intento legítimo de reafirmarse en un mundo dominado por los hombres.


Existen, sin embargo, innumerables pruebas que sugieren que Juana de Castilla era efectivamente demasiado inestable para confiarle el gobierno. Muchas veces se ha argumentado que Juana heredó su locura de su abuela materna, Isabel de Portugal. Aunque no hay indicios suficientes para emitir un diagnóstico clínico, si nos limitamos a decir que Juana era excesivamente imprevisible para gobernar, entonces las evidencias de un comportamiento fuera de lo normal resultan abrumadoras. Lo cierto es que su actitud fue tan anómala que hasta sus últimos días su familia temió sinceramente que estuviera poseída por el diablo.
Fue en los meses inmediatamente posteriores al abrupto regreso de Felipe a los Países Bajos cuando, por primera vez, Isabel dudó seriamente de las aptitudes de su hija para gobernar. El ferviente deseo de Juana por reunirse con su esposo chocaba con las intenciones de su madre de que aprendiera a gobernar. Las discusiones entre ambas mujeres tuvieron un grave efecto en la salud de ambas, hasta el punto de que la reina sufrió serios dolores en el pecho. Juana fue confinada en el castillo de La Mota,una espléndida construcción de ladrillo ubicada en Medina del Campo, donde se produjo un incidente singular y desconcertante. Según el relato de la propia Isabel, su hija Juana estuvo en el recinto exterior del castillo, descalza y sin ropa de abrigo, hasta las dos de la madrugada de una de las noches más frías del año. Con este gesto, Juana forzó a su madre a concederle una entrevista y, en última instancia, a permitirle partir hacia Flandes en busca de su esposo el archiduque, pero logró su propósito a expensas de su dignidad personal, una cualidad imprescindible en cualquier gobernante.

En junio de 1506 ocurrió otro incidente similar. Su esposo y ella habían vuelto a España en abril, dieciséis meses después del fallecimiento de Isabel la Católica. El 28 de junio, Felipe le comunicó que había firmado con su padre la concordia de Villafáfila, en la que se estipulaba que si la nueva reina no quería o no estaba en condiciones de gobernar, Felipe asumiría total autoridad y hasta continuaría siendo rey a la muerte de su esposa. Fernando se comprometió a retirarse a Aragón, aunque conservó la mitad de las rentas que reportaba a Castilla el Nuevo Mundo, así como pleno control sobre las órdenes militares. En un principio a Juana le habían indignado estas negociaciones, pero luego pareció no prestarles atención. En lugar de pronunciarse, sólo pidió recorrer los jardines del conde de Benavente, famosos por su colección de animales. Cuando hubo visto los pavos reales, Juana se alejó a la carrera hasta topar con la casa de una mujer, de oficio tahonera. Refugiada en la cocina, se resistió a salir pese a las súplicas de su esposo y a que la casa quedó rodeada por los soldados alemanes de Felipe.
Estas dos anécdotas arrojan luz sobre los trastornos mentales de Juana. Desde la perspectiva del siglo XVI, es irrelevante que definamos su dolencia como locura o como una forma severa de depresión posparto. Juana se había revelado incapaz de cualquier pensamiento estratégico. Su mente ya no podía ir más allá de las circunstancias inmediatas. Su única obsesión era sentirse libre, pero libre ¿para qué? ¿Para gobernar o para ser gobernada? Ni las murallas de La Mota ni la casa de la tahonera cerca de Benavente llevaban a ninguna parte.


La muerte repentina de Felipe el Hermoso, el 25 de septiembre de 1506, supuso sin duda un tremendo golpe emocional para Juana, embarazada de su sexto hijo. No se han podido verificar las historias macabras sobre su empeño en reabrir el féretro del esposo, mientras lo trasladaba de un pueblo a otro de Castilla, a fin de examinar sus restos, quizá para evitar que se extraviaran o fueran robados. Por el contrario, es importante concentrarse en los aspectos políticos de su reacción frente a la muerte del archiduque en Burgos. Al día siguiente, cuando el presidente del Consejo de Castilla fue a ver a la reina, la soberana en persona le abrió la puerta del palacio donde se alojaba, la llamada casa del Cordón, y le dijo que volviera más tarde. Cuando los miembros del Consejo se presentaron de nuevo tuvieron que perseguir a Juana por toda la casa y, finalmente, despachar a través de una reja que comunicaba la capilla con sus aposentos. Al negarse a tratar los asuntos urgentes, independientemente de que fuera por falta de interés o por enfermedad, Juana de Castilla había demostrado una vez más su incapacidad para el gobierno. De este modo, Fernando el Católico se hizo con las riendas del gobierno de Castilla, además del de Aragón. A su muerte, en 1516, tras la breve regencia del cardenal Cisneros, el primogénito de Juana, Carlos, sería proclamado rey sin atender a los derechos dinásticos de su madre, que quedaría confinada en el castillo-palacio de Tordesillas desde 1509 hasta su muerte.
Cuando llegó a Tordesillas, Juana estaba acompañada de su hija menor, la joven infanta Catalina, y no se hallaba lejos del cadáver de su marido, depositado provisionalmente en el vecino monasterio de Santa Clara. Sin embargo, su primer guardián se ponía cada vez más nervioso cuando ella se negaba a colaborar, y en 1516 el cardenal Cisneros lo destituyó por maltrato.
A mosén Luis Ferrer, que así se llamaba, le aterraba que la cautiva muriese estando a su cargo y admitió «haber usado de violencia en alguna ocasión para preservarle la vida, pues se negaba a tomar alimento». El segundo gobernador de la casa de doña Juana,  Hernán Duque de Estrada, era un hombre culto que la trató con mayor compasión. Escribió al cardenal Cisneros que, si se tenía algo de paciencia, a veces la reina era capaz de períodos prolongados de lucidez, aunque confesaba que «lo que no cabe dudar es cuánto conviene razonarla con amor, porque si se quiere torcer su voluntad por fuerza, todo se desbarata». 


El más criticado en su función de guardián de Juana fue el marqués de Denia, cuya familia se encargó de vigilar a la reina hasta su muerte en el año 1555. Siguiendo órdenes de Carlos V, restringió a Juana el acceso a cualquier información políticamente sensible. Durante cuatro años no informaron a Juana de que su padre había fallecido. Denia apartó a la infanta Catalina del cuidado de su madre en 1525, y dos años después se llevó en secreto el ataúd de Felipe el Hermoso para sepultarlo en la Capilla Real de Granada.
En contra de la idea de una conspiración masculina contra Juana, cabe destacar el profundo apego que le mostró su familia. Entre 1535 y su muerte, la historiadora Bethany Aram ha calculado que recibió al menos dieciséis visitas de sus hijos y sus nietos, algunas de las cuales duraron varios días. Todos creían sinceramente que Juana sufría una enajenación, e incluso se sospechó que estuviera endemoniada.
Hacia el final de su vida, a su familia empezó a preocuparle que el alma de la reina estuviera en peligro. No quería comer, ni se peinaba, ni tan siquiera se aseaba o vestía y se negaba obstinadamente a oír misa. Desde 1534, su hijo Carlos había intentado en vano conseguir que se confesara. En 1554, Francisco de Borja, jesuita y antiguo conde de Gandía, fue enviado a Tordesillas por el futuro Felipe II con la misión de averiguar el porqué de su negativa a ir a la iglesia. El clérigo reprochó a la reina que viviera sin asistir a los oficios ni tener imágenes sagradas en sus estancias privadas, recordándole que su nieto era ahora rey de Inglaterra y subsistía el riesgo de que los protestantes de aquel país declarasen públicamente que su fe no difería de la de ella. Juana proclamó que las mujeres de la familia de Denia obstaculizaban  su vida religiosa y, tras acusarlas de ser «unas brujas empedernidas», demandó que fueran investigadas por la Inquisición.
Juana I de Castilla murió el Viernes Santo de 1555, a los 76 años, tras haber permanecido confinada casi medio siglo. Francisco de Borja atestiguó que sus últimas y balbuceantes palabras habían sido «Jesucristo crucificado, ayúdame». Juana luchó durante toda su vida para ser una buena hija, esposa y madre. Aceptó que enfermaba con frecuencia y que, cuando eso ocurría, era incapaz de gobernar sus múltiples reinos. El mayor tributo que puede rendirle la historia es reconocer sus debilidades. 



Este lujoso manuscrito de extraordinaria suntuosidad ilustrado por Rogier van der Weyden y el Maestro de las Escenas de David del Breviario Grimani, no solo es singular por ser uno de sus pocos encargos reales, sino también, porque de todos los primeros manuscritos de la época, es el más personalizado en texto e imagen.
Fue encargado, con motivo de su boda, por Juana I de Castilla, hija de la reina Isabel de Castilla y el rey Fernando de Aragón, madre de dos emperadores y cuatro reinas, esposa de Felipe el Hermoso, hijo del Santo Emperador romano Maximiliano de Austria y María de Borgoña.
El manuscrito contiene un número de textos que habitualmente no se suelen encontrar en libros de horas, incluyendo una serie completa de textos de catecismo que podrían haberse considerado apropiados para una esposa joven; un oficio de Ángel Custodio extremadamente inusual, acompañado por un retrato de Juana, tres series elaboradas de textos e iluminaciones sobre la Pasión de Cristo, y una oración a la Virgen poco común, acompañada por un segundo retrato de la archiduquesa.

Encuadernación, que se reproduce fielmente en el facsímil, en terciopelo de seda natural carmesí sobre tabla con herrajes y cierres de bronce bañados en oro puro de 24 quilates.
El único libro de horas de Juana I de Castilla.
Este es el único libro de horas del que se sabe con certeza que perteneció a Juana I de Castilla, y dicha atribución se acredita triplemente de la siguiente manera: En el fol. 26 se exhiben los escudos de armas vigentes desde la celebración del matrimonio en 1496, con la corona de oro en el caso de la reina de Castilla y sobre la birreta germánica la corona del Habsburgo Felipe el Hermoso, cuyo escudo se compone de la faja de plata austríaca y los colores borgoñones, bajo el pequeño escudo en forma de corazón del centro, con el león rampante de Flandes. Las iniciales P e I, por Felipe y Juana, van entrelazadas en un lazo de amor. Dos divisas enuncian una pregunta y ofrecen una respuesta, pues por dos veces se pregunta QUI VOULDRA, esto es ¿quién querrá? - y se responde una sola vez: IE LE VEUS, ¡yo quiero!. Respecto a la fidelidad del retrato de la orante; conocemos sus rasgos a través de varios retratos de pintores flamencos de hacia 1500 y la idealizada representación en la tumba de su suegro, el emperador Maximiliano, en la Hofkirche de Innsbruck. La identidad de Juana en las Muy Ricas Horas queda documentada porque no solo la está presentando su ángel de la guarda, sino también Juan Bautista, que fue elegido desde que la bautizaron como su santo patrón. En tercer lugar, la acreditada correspondencia con el manuscrito de una de las entradas del inventario de bienes de Juana, redactado en 1545. Allí se describe como: otro libro chiquito de paramino de mano mediano de muchas ystorias e iluminaciones, la primera ystoria es de como pecaron adan y heba y fueron hechados de paraíso comiença especulum conciencia e tiene las coberturas de terciopelo carmesí...



Casi inmediatamente tras su adquisición por la Biblioteca del British Museum en 1853, el manuscrito fue destacado por el historiador de arte alemán Gustav Friedrich Waagen (1794-1868). En su informe sobre los tesoros artísticos de la Gran Bretaña lo describió memorablemente como: una de las muestras más delicadas y elegantes de la escuela de Van Eyck. A partir de entonces, fue repetidamente mostrado en las galerías públicas del British Museum y posteriormente de la British Library, mencionado en los principales estudios de los manuscritos iluminados del Sur de los Países Bajos. Más estudios especializados se han centrado en los aspectos de la imaginativa ilustración del volumen, incluyendo la singular apertura del Speculum Conscientiae (fol. 15) y las copias del icono bizantino de la Virgen Hodegetria (fol. 176v), así como de la Virgen con el Niño (fol. 287v) de Rogier van der Weyden.
Además, el Libro de Horas de Juana I de Castilla (Add. 18852) está reconocido como una parte importante del patrimonio cultural español. Después de todo, es el único devocionario manuscrito que se conserva de las colecciones de una de las princesas más apreciadas del país. El presente códice continúa siendo el único que se puede relacionar con seguridad a ella. De hecho, es palmaria la existencia de dicha relación, no sólo porque se incluyó visiblemente el escudo de armas de Juana y de su esposo Felipe el Hermoso (fol. 26), más por la clara correspondencia con el objeto de una de las entradas del inventario de bienes de Juana I de Castilla, redactado en 1545.
Dr. Scot McKendrick. Conservador General del departamento de Manuscritos Occidentales. The British Library


Thomas Kren, conservador de la J.P.Getty, conjeturó ya en 1983 que la reina podría estar relacionada con un libro de horas, el Add. Ms. 35313 de la British Library de Londres. Por entonces aún estaba indeciso sobre si no debería vincularlo con Juan de Austria; sin embargo la miniatura de las Vísperas de difuntos indica que, probablemente, el destinatario era una mujer. La inusual miniatura es una copia a gran tamaño del Libro de horas de María de Borgoña, que se conserva en Berlín. Como el códice de María de Borgoña pasó a su hija Margarita de Austria, Kren conjeturó en el catálogo de la exposición de 2003 que la duquesa podría haber encargado el nuevo manuscrito para ella misma ó quizás para Juana I de Castilla. Fundamentándose en una sospecha tan vaga, la edición facsimilar del Add. Ms. 35313, publicada dos años más tarde, se aventuró sin más a presentar el volumen como el Libro de Horas de Juana I de Castilla, sin explicar siquiera su procedencia. Sin embargo cuando necesitó reproducir una imagen de la reina hubo de recurrir a una miniatura de nuestras Muy Ricas Horas de Juana I de Castilla, Add. Ms. 18852, la del fol. 288. (Ver C. Miranda García-Tejedor 2005, p.25).
E. König. Prof. Experto en manuscritos iluminados, Freie universität Berlin.
· Edición única y limitada a 500 ejemplares numerados y autentificados notarialmente, todos y cada uno de ellos correspondientes a la Serie Oro. Patrimonio es la única empresa del mundo que emplea auténticas piedras preciosas y oro de ley, acreditándolo notarialmente mediante análisis en laboratorio gemológico.
· Volumen de estudios a cargo del prestigioso Prof. Eberhard König. Introducción a cargo del Dr. Scot McKendrick, conservador general del departamento de manuscritos occidentales de la British Library.

 ROMANCE DE LA REINA JUANA...

La reina Juana está hilando
apostada al ventanal.
Enfermó de mal de amores,
¡quién la pudiera sanar!
Cuando a tantos se persigue
ya no es de cuerdos amar.
Tomo el copo, lanza el huso
y otra vez vuelve a empezar.
Doña Juana está muy triste
¡Sabe Dios por qué será!
Llegaron hombres de fuera
hablando un extraño hablar.
Si las encinas les niegan,
rasarán el encinar.
En Castilla ya no mandan
los que debieran mandar.
Vuelan grajos, vuelan tordos,
las palomas volarán.
Doña Juana está muy triste
¡Sabe Dios por qué será!
Las campanas a rebato
llamando a la vencida.
Las siembras en la meseta
comienzan por buen segar.
Y a través de los pinares
se llega hasta el encinar.
Surgen horcas, surgen hoces,
las guadañas surgirán.
Doña Juana está muy triste
¡Sabe Dios por qué será!
Acuden de todas partes
formando comunidad.
Populares comuneros
el pueblo en su dignidad,
ataja por los rastrojos
si hay afrentas que vengar.
El pueblo luchando sigue,
la reina en cautividad.
Doña Juana está muy triste
¡Sabe Dios por qué será!
Castilla ya no es Castilla,
ya solo es tierra de pan.
La tierra ya no es la tierra
que tan sólo es propiedad
y su pan los castellanos
con sudor lo han de amasar
¡Ay, del pueblo, si quisiera
darse nuevo capitán!
Doña Juana está muy triste
¡Sabe Dios por qué será!


BIBLIOGRAFIA
Glyn Redworth. Universidad de Oxford.


http://www.abc.es/espana/20141009/abci-juana-castilla-estaba-loca-201410081702.html
http://www.viajesalpasado.com/tordesillas-el-ocaso-de-la-reina-juana/ http://www.nationalgeographic.com.es/articulo/historia/grandes_reportajes/10525/juana_loca.html
http://corazondecancion.blogspot.com.es/2014/04/amancio-prada-romance-de-la-reina-juana.html
http://patrimonio-ediciones.com/wp-content/gallery/horas-juana/293V.jpg