lunes, 31 de agosto de 2015

LA COLUMNA TRAJANA....CELEBRACION DE LA VICTORIA TRAJANA SOBRE DACIA




Hace casi dos mil años el emperador Trajano mandó construir un foro presidido por una columna de mármol de 38 metros de altura y decorada con 155 bajorrelieves para conmemorar sus victorias sobre la Dacia.
 Invadió la Dacia en el año 101 de nuestra era, donde libró batallas sin solución de continuidad hasta el año 106. El emperador Trajano reclutó decenas de miles de soldados romanos, cruzó el Danubio por dos de los puentes más largos que ha conocido el mundo antiguo, dos veces derrotó a un poderoso imperio bárbaro en su propio territorio montañoso y acto seguido lo borró sin contemplaciones de la faz de Europa.
La guerra de Trajano contra los dacios, una civilización ubicada en la actual Rumania, fue el hito por antonomasia de sus 19 años al frente del Imperio. De ella regresó con un botín fabuloso. Un cronista de la época se jactaba de que la conquista había reportado cerca de 250.000 kilos de oro y casi medio millón de kilos de plata, además de una fértil provincia nueva.
Tamaño botín de guerra cambió el paisaje de Roma. Para conmemorar la victoria, Trajano mandó construir un foro que incluía una amplia plaza columnada, dos bibliotecas, un enorme edificio público conocido como la basílica Ulpia y es posible que incluso un templo. El foro era «único en el mundo», escribía extasiado un historiador antiguo, con construcciones «indescrip­tibles e imposibles de repetir por otros mortales».
Imponente, se erguía por encima de todo una columna de piedra de 38 metros de altura, coronada por una estatua de bronce del conquistador. Ascendiendo en espiral en torno a ella se desplie­ga un relato de las campañas dacias: miles de romanos y dacios esculpidos con todo detalle marchan, construyen, luchan, navegan, se escabullen, negocian, suplican y perecen en 155 escenas. Completada en el año 113 de nuestra era, la columna lleva más de 1.900 años en pie.



Es difícil distinguir los erosionados bajorrelieves más arriba de las primeras secuencias de la historia. La columna se alza solitaria en medio de ruinas, pedestales vacíos, losas hendidas, pilares quebrados y esculturas fracturadas que permiten adivinar la magnificencia original del foro de Trajano, hoy vallado y cerrado al público, testimonio de pretéritas glorias imperiales.



La columna es una de las esculturas monumentales más distintivas que sobrevivieron a la caída de Roma. Durante siglos los clasicistas han visto en los bajorrelieves una historia visual de las guerras, con Trajano en el papel de héroe y Decébalo, rey de los dacios, como su digno adversario. Los arqueólogos han examinado las escenas para obtener información sobre los uniformes, las armas, los pertrechos y las tácticas del ejército romano.
Y como quiera que Trajano arrasó la Dacia, la columna y las esculturas de soldados vencidos que aún quedan en pie y que otrora decoraron el foro constituyen para los rumanos de hoy una valiosa referencia de qué aspecto pudieron tener y cómo pudieron vestir sus antepasados dacios.




La columna ejerció una enorme influencia, pues inspiró monumentos posteriores tanto en Roma como a lo largo y ancho del Imperio. Con el paso de los siglos, a medida que los monumentos emblemáticos de la ciudad se iban desmoronando, la columna continuó fascinando e impresionando. Un papa renacentista sustituyó la estatua de Trajano por una de san Pedro para santificar el monumento. Los artistas se descolgaban desde lo alto, dentro de cestos, para estudiar de cerca los bajorrelieves. Más adelante la columna se convirtió en un importante hito tu­­rístico; Goethe subió los 185 escalones interiores en 1787 para «disfrutar de unas vistas incompara­bles». En el siglo XVI empezaron a hacerse vaciados en yeso de las escenas, y gracias a esos moldes se conservan detalles que han sucumbido a la lluvia ácida y la contaminación.



La construcción, el significado y, sobre todo, la exactitud histórica de la columna continúan siendo objeto de debate. A veces se diría que hay tantas interpretaciones como figuras en los relieves, y hay 2.662 figuras.

El arqueólogo e historiador del arte Filippo Coarelli, un distinguido italiano de setenta y muchos años, escribió el libro por excelencia sobre la columna Trajana. En su soleada sala de estar de Roma, extrae de una estantería la histo­ria ilustrada del monumento. «La columna es una obra fabulosa –dice mientras hojea las fotografías en blanco y negro de los bajorrelieves, deteniéndose para admirar las escenas cargadas de dramatismo–. ¿Dacias torturando soldados romanos? ¿Dacios envenenándose entre lágrimas para que no los capturen vivos? Es como una serie de televisión.»
 Cuando se construyó, la columna se alzaba entre las dos bibliotecas, donde quizá se cus­todiase el relato sobre las campañas dacias escrito por el propio emperador-soldado. En la interpretación que hace Coarelli, los bajorrelieves se asemejan a un rollo, un formato más que probable del diario de guerra de Trajano. «El artista (y en aquella época los artistas no hacían lo que les viniera en gana) tuvo que actuar según los deseos de Trajano», apunta.
Trabajando bajo la supervisión de un maestro, prosigue Coarelli, los escultores siguieron un plan: crear una versión gigantesca del rollo de Trajano en 17 tambores de mármol de Carrara.
El emperador es el héroe de la narración. Aparece 58 veces, representado como comandante astuto, estadista consumado y soberano piadoso: arengando las tropas, en meditabunda consulta con sus consejeros, supervisando un sacrificio a los dioses… «Es el intento de Trajano de no quedarse en un mero hombre de armas y ser también un hombre de cultura», dice Coarelli.
Huelga decir que Coarelli está especulando. Fuera cual fuese su formato, las memorias de Trajano desaparecieron hace una eternidad. De hecho, ciertos detalles de la columna y varios hallazgos arqueológicos de Sarmizegetusa, la capital dacia, sugieren que los relieves hablan más de los afanes romanos que de su historia.




Jon Coulston, experto en iconografía, armas y equipo militar romanos de la universidad escocesa de Saint Andrews, dedicó meses al estudio de la columna desde el andamio levantado para su restauración en las décadas de 1980 y 1990. Su tesis doctoral versó sobre ella. Desde entonces ha seguido fascinado por la columna de Trajano… refutando interpretaciones ajenas con pertinacia. «La gente está empeñada en verla como el “telediario” de la época o como una película –dice–. Y caen en sobreinterpretaciones, como siempre. Los relieves de la columna son genéricos, la obra de obreros ordinarios. No podemos creer ni una palabra de lo que vemos en ella.»
Coulston sostiene que los relieves no sa­­lieron de una mente maestra. Ligeras diferencias de estilo y errores de bulto (ventanas en medio de una escena o desproporciones de altura) lo han convencido de que los escultores labraron la columna sobre la marcha, basándose en lo que habían oído sobre las guerras. «Por mucho que guste la idea a los historiadores del arte, no hubo un gran intelecto creativo al mando de la obra –dice–. La composición la crean los canteros in situ a golpe de cincel, no se proyectó en un estudio.»
En su opinión, se trata de una obra de arte "inspirada" y no "basada" en la historia de Trajano. Basta observar la temática de los relieves: relatan la historia de dos guerras, pero no se ven demasiados combates. Las batallas y los asedios no suponen ni la cuarta parte del friso, y en ningún momento aparece Trajano en plena lid.
Por el contrario, los legionarios (la altamente cualificada espina dorsal de la maquinaria de guerra romana) se dedican a construir fuertes, puentes, calzadas e incluso a cultivar la tierra. La columna los presenta como una fuerza de orden, civilizadora, no destructiva y conquistadora. Y se diría que también invencible, ya que no se ve ni un solo soldado romano muerto.




La columna subraya la vastedad del Imperio romano. Las huestes de Trajano incluyen jinetes africanos con rastas, iberos armados con hondas, arqueros del Levante mediterráneo con cascos aguzados y germanos con el torso desnudo, algo que debía de antojarse exótico a ojos de los romanos togados. Todos ellos hacen la guerra a los dacios, transmitiendo el mensaje de que cualquiera, por estrafalario que fuese su pei­nado o su atuendo, podía convertirse en romano. (El propio Trajano, hijo de padres romanos, nació en Hispania.)
Algunas escenas son ambiguas y de interpretación controvertida. ¿Alargan la mano los da­cios asediados para asir un cáliz con ponzoña y quitarse la vida antes que verse humillados a manos de sus conquistadores? ¿O simplemente tienen sed? Cuando los nobles dacios se congregan alrededor de Trajano en una escena tras otra, ¿están rindiéndose o negociando?
¿Y qué decir de la sobrecogedora estampa de unas mujeres torturando con teas encendidas a unos cautivos descamisados y atados? Expertos italianos interpretan que son romanos cautivos atormentados por mujeres bárbaras. Ernest Oberländer-Târnoveanu, director del Museo de Historia Nacional de Rumania, les lleva la contraria: «Sin la menor duda son prisioneros dacios torturados por las furibundas viudas de los soldados romanos caídos». Como en buena parte de la columna, cada cual ve una cosa en función de lo que opine sobre los romanos y los dacios.
Entre los políticos romanos, "dacio" era sinónimo de "doblez". El historiador Tácito habló de los dacios como de "un pueblo que nunca es de fiar". Eran famosos por sus extorsiones: cobraban del Imperio en concepto de protección al tiempo que sus guerreros saqueaban las ciudades fronterizas. En el año 101 Trajano dio el paso de castigar a los díscolos dacios. Tras casi dos años de guerra, Decébalo, su rey, negoció con Trajano un tratado que quebrantó ipso facto.
Roma no iba a consentir otra traición. En la segunda invasión Trajano no se anduvo con chiquitas. A la vista están las imágenes del saqueo de Sarmizegetusa o de poblaciones incendiadas.
Las campañas fueron terribles, muy violentas (afirma Roberto Meneghini, el arqueólogo italiano al frente de las excavaciones del foro de Trajano). "Fíjese en los romanos que combaten con una cabeza decapitada entre los dientes". La guerra es la guerra. Las legiones romanas eran conocidas por su violencia y ferocidad.
Una vez derrotados, los dacios se convirtieron en un tema favorito de los escultores romanos. El foro de Trajano alberga decenas de estatuas de gallardos y barbudos guerreros dacios, un orgulloso ejército de mármol en el corazón de Roma.
El mensaje parece ir dirigido a los romanos, no a los dacios supervivientes, la mayoría de los cuales fueron vendidos como esclavos. "Los da­cios que quedaron no habrían podido admirar la columna (dice Meneghini). Se erigió pensando en la ciudadanía romana, para hacer exhibición del poder de la maquinaria imperial, capaz de conquistar un pueblo tan noble y aguerrido."






Bien puede ser que la columna de Trajano sea pura propaganda, pero los arqueólogos identifican en ella un componente de verdad. Las excavaciones de yacimientos dacios, entre ellos Sarmizegetusa, no dejan de revelar vestigios de una civilización mucho más sofisticada de lo que podría sugerir el término "bárbaro", la despectiva calificación que les dedicaban los romanos.
Los dacios carecían de escritura, de modo que todo cuanto sabemos de ellos pasa por el filtro de las fuentes romanas. Hay sobradas pruebas de que durante siglos constituyeron toda una potencia regional que saqueaba y gravaba a sus vecinos. Eran hábiles metalúrgicos que extraían y fundían hierro y lavaban oro, y con ambos metales creaban ornamentadas joyas y armas.
Sarmizegetusa era la capital política y espiritual dacia. Sus ruinas yacen en los montes de la Rumania central. En tiempos de Trajano los 1.600 kilómetros que la separaban de Roma se traducían en un mes de viaje como mínimo. Para acceder hoy al yacimiento, hay que recorrer la pista de tierra cuajada de baches que serpentea por el mismo valle imponente al que se enfrentó Trajano. Entonces los puertos se vigilaban desde complejas fortificaciones; ahora no hay más guardia que unas pocas casitas de campesinos.
Las altísimas hayas que se han adueñado de Sarmizegetusa bloquean la luz del sol y proyectan una sombra helada aun en los días más calurosos. Una ancha carretera empedrada conduce desde los gruesos muros semienterrados de una fortaleza hasta un prado amplio y llano.
Esa extensión verde (un bancal allanado en la ladera) fue el corazón religioso del mundo dacio. Se distinguen restos de edificaciones, una mezcla de piedras originales y reproducciones de hormigón, lo que queda del intento frustrado de reconstruir el lugar en la época comunista. Un triple anillo de columnas de piedra marca el que fuera un impresionante templo, que recuerda vagamente los edificios circulares dacios esculpidos en la columna Trajana. Junto a ellas, un altar circular de poca altura en cuya piedra se distingue un motivo solar: el centro sacro del universo dacio.




Desde hace seis años Gelu Florea, arqueólogo de la Universidad de Babeș-Bolyai en Cluj-Napoca, pasa el verano excavando en el yacimiento. Las ruinas desenterradas, junto con piezas saqueadas y posteriormente recobradas, hablan de un animado centro manufacturero y ritual. Florea y su equipo han hallado pruebas de que a Sarmizegetusa habían llegado la tecnología militar romana y la arquitectura e influencias artísticas griegas. Con ayuda de imágenes aéreas, han identificado más de 260 bancales artificiales que se extienden casi cinco kilómetros valle abajo. El asentamiento entero ocupaba más de 280 hectáreas. «Es asombroso comprobar lo cosmopolitas que eran en las montañas –dice Florea–. Es el asentamiento más grande, más representativo y más complejo de la Dacia.»
No hay indicios de que los dacios cultivasen a esa altitud. No hay terrenos agrícolas. En lugar de eso, los arqueólogos han localizado restos de talleres y viviendas, además de hornos para el refinado de mena de hierro, toneladas de torchos listos para la fragua y decenas de yunques. Da la impresión de que la ciudad era un centro metalúrgico que suministraba al resto de los dacios armas y herramientas a cambio de oro y grano.
El yacimiento es un reducto de verdor y de paz. Cerca del altar brota un manantial que quizá proveyese agua para los ritos religiosos. Cuesta imaginar las ceremonias que se celebraban aquí… y su terrible final. Florea evoca el humo y los gritos, el saqueo y la matanza, los suicidios y el pánico esculpidos en la columna Trajana cuando un trueno interrumpe su discurso y el cielo se vela, amenazador.
La caída de Sarmizegetusa concluyó con la destrucción de los templos sagrados. "Los romanos lo desmantelaron todo (dice Florea). En la fortaleza no quedó un edificio en pie. Fue una demostración de poder." El resto de la Dacia también quedó devastado. Cerca del ápice de la columna se vislumbra el desenlace: una aldea arrasada por las llamas, dacios huyendo, una provincia en la que solo quedan vacas y cabras.
Necesariamente las dos guerras tuvieron que saldarse con decenas de miles de muertos. Un contemporáneo dejó escrito que Trajano hizo 500.000 prisioneros, 10.000 de los cuales transportó a Roma para que combatiesen en los juegos de gladiadores que durante 123 jornadas celebraron la victoria.
El orgulloso rey de la Dacia no quiso verse humillado y rendido. Su final está esculpido en la columna de su archienemigo. Arrodillado al pie de un roble, se traspasa el cuello con un cu­chillo largo y curvo. "Ocupada su capital y todo su territorio, en peligro de caer cautivo, Decébalo se quitó la vida; su cabeza fue llevada a Roma (escribió el historiador romano Dion Casio un siglo más tarde). De este modo la Dacia quedó bajo dominio romano."


https://latunicadeneso.wordpress.com/2015/05/01/descifrando-la-columna-trajana/
http://www.nationalgeographic.com.es/articulo/ng_magazine/reportajes/10066/descifrando_columna_trajana.html?_page=2
http://elpais.com/elpais/imagenes/2016/01/19/eps/1453200161_481904_1453200655_sumario_normal.jpg

HARALD "DIENTE AZUL"...LOS VIKINGOS Y SU EDAD DE ORO




Durante casi tres siglos saquearon  allí por donde pasaron sus naves. También llevaron el comercio a Oriente y descubrieron costas desconocidas. Fue Harald Diente Azul, uno de sus caudillos, quien cambió el rumbo de la historia de los vikingos con un solo gesto: su propio bautismo.
En torno al año 960 de nuestra era, en algún lugar de lo que hoy es Dinamarca, un guerrero vikingo llamado Harald Blåtand (Harald Diente Azul) recibió en su corte a un eclesiástico procedente del sur, enviado por el pueblo germánico para cristianizar a las gentes del norte pagano. Aquel fue un encuentro de consecuencias trascendentales. En el banquete celebrado con tal motivo, el rey y el monje Poppo discutieron sobre quién tenía más poder, si el dios de los cristianos o los dioses de los vikingos. Poppo, llegado probablemente de Wurzburgo, viajaba por aquellas tierras para anunciar la palabra de Cristo. Pero al escéptico caudillo no le bastaba el mensaje de la Biblia. «¡Dame una prueba!», exigió. El monje asió entonces un hierro al rojo vivo, un sistema muy extendido en la Edad Media para determinar la verdad ante un tribunal de justicia. Y cuentan las crónicas que, cuando Poppo retiró la mano del metal candente, no había sufrido daño alguno. ¡Una señal de Dios! No hizo falta nada más para convertir a Harald.


Su bautizo, celebrado el año 965, inauguró una nueva era para Harald Diente Azul y para los vikingos, e inició su integración definitiva en la Europa medieval.
«Harald Diente Azul era un visionario –dice Jörn Staecker, arqueólogo de la Universidad de Tubinga y experto en cultura vikinga–. Sus políticas transformaron Escandinavia para siempre y sentaron las bases de las monarquías nórdicas tal y como hoy las conocemos.»

¿Un dirigente de tal talla precisamente entre los vikingos? Probablemente no haya en toda la historia de Europa un pueblo con peor reputación que ellos. Saquearon a placer, mataron y sembraron el terror a su paso, desde el mar del Norte hasta el Mediterráneo. Durante casi tres siglos, buena parte del continente vivió bajo la amenaza de sus temidas incursiones.
Su irrupción en el escenario altomedieval europeo tuvo lugar a principios del verano de 793, con el ataque al prestigioso monasterio de Lindisfarne, en la costa oriental de Inglaterra.
«El octavo día del mes de junio la ira de los paganos destruyó la iglesia de Dios de Lindisfarne con latrocinio y matanza», dice la Crónica Anglosajona acerca del asalto a aquel centro espiritual del reino de Northumbria, uno de los más importantes de la cristiandad celta. Aquel día se divisaron en el mar unos barcos raudos y ligeros cuyo aspecto delataba un origen extranjero. Poco antes de llegar a la costa, sus tripulantes arriaron las velas cuadras, saltaron a tierra y se lanzaron al ataque con hachas, lanzas y espadas. Nadie iba a cortarles el paso en aquella indefensa fortaleza de la fe. En cuestión de unas pocas horas los atacantes, que habían atravesado el mar del Norte procedentes de Dinamarca o de Noruega, habían matado a la mayoría de los monjes de Lindisfarne. A los supervivientes los embarcaron en calidad de prisioneros; los esclavos siempre reportaban un buen dinero. Los vikingos profanaron los altares, arramblaron con el oro y las joyas y luego se fueron por donde habían venido. «En el templo de Dios hollaron los cuerpos de los santos como quien pisa excrementos en el camino», se lamentaba Alcuino de York, consejero inglés de Carlomagno.

«Salir a la vikinga» es como se llamó a aquellas incursiones, que el arqueólogo danés Ole Crumlin-Pedersen ha descrito como un «choque de civilizaciones»: para los antiguos escandinavos, que rendían culto a Odín y Thor, los preceptos y las prohibiciones de los cristianos no tenían la más mínima importancia. En el año 841 los víkingr, como se les conocía en nórdico antiguo (posiblemente a partir de la voz vík, que significa «bahía», o wik, «mercado»), atacaron la ciudad de Ruán, en el norte de Francia; cuatro años más tarde saquearon Hamburgo. Luego París, York, Dublín, Londres. Dorestad, un importante núcleo comercial situado en lo que hoy son los Países Bajos, era atacada prácticamente cada año. Se establecieron puestos de vigilancia a lo largo de los ríos más importantes y del litoral, pero no ofrecían protección alguna frente al fuego y la muerte que venían del norte. Una y otra vez los vikingos atacaron los desprotegidos monasterios francos, un botín fácil con el que recompensar a los suyos y hacer ofrendas a los dioses. Y entonces llegó Harald Diente Azul y la cristianización de su gente. En unas pocas décadas todas las señas de identidad del orgulloso pueblo vikingo sufrieron un cambio profundo. ¿Quién fue aquel personaje que cambió el devenir de su pueblo? ¿Cómo era el universo que gobernaba? ¿Cómo consolidó su poder? ¿Cuál es su legado?



Quienes estudian la historia de este visionario rey de los daneses se basan sobre todo en los resultados de la in­vestigación arqueológica. Las crónicas escritas de la época salieron en su inmensa mayoría de la pluma de los monjes evangelizadores, que por lo general son, al igual que las sagas recogidas más de dos siglos después, poco rigurosas, tendenciosas y a veces inverosímiles. «Cronistas como Adán de Bremen, canónigo alemán del siglo XI, siempre presentaban a las comunidades paganas como rudas y brutales para mayor gloria de su propia labor», dice Staecker. Por eso es crucial una interpretación científica a la hora de reconstruir el mundo que Harald Diente Azul revolucionó.
En los albores de la Edad Media Europa estaba en plena transformación. Roma no solamente había legado al continente sus ciudades, sus calzadas y su cultura, sino también el cristianismo como religión dominante en la mayoría de su territorio. En la segunda mitad del primer milenio, la nueva fe echó raíces y se fue consolidando progresivamente en el corazón del Occidente europeo. Con su bautizo en Reims en el año 498, Clodoveo, rey de los francos, dio el pistoletazo de salida al proceso de cristianización. Los monjes se lanzaron a anunciar la palabra de Dios. Trescientos años más tarde Carlomagno estaba al frente de una Europa cristiana y unida por vez primera, desde el mar del Norte hasta el Mediterráneo y desde Normandía hasta el sur de Italia. En el año 804 integró también en su imperio a los sajones del Elba. Su ámbito de influencia llegaba hasta la Danevirke, la muralla fronteriza de los vikingos. Este era el escenario cuando en 962 Otón I se puso al frente del Sacro Imperio Romano Germánico. El complejo de mu­­rallas que se erguía cerca de la actual ciudad de Schleswig (hoy en territorio alemán) separaba la Europa cristiana del territorio pagano, donde por entonces gobernaba Harald Diente Azul.



Más allá de la Danevirke se extendía un paisaje duro e inhóspito. Jutlandia era una gran llanura surcada de ríos y pantanos. Hacia el norte, la península Escandinava, una sucesión infinita de bosques y lagos. En las cordilleras yermas y a lo largo del recortado litoral de la actual Noruega el transporte de mercancías era especialmente complicado. El único suelo fértil era el de los valles angostos y las zonas ribereñas. Gran parte de la población vivía en condiciones deplorables bajo el yugo de jefes locales. Las incursiones y la rapiña mejoraban un poco aquellas condiciones, pero para lo que siempre servían era para reportar fama y honor. Desde los fiordos del mar de Noruega hasta las islas del Báltico los vikingos compartían una lengua común y similares creencias religiosas. Eran guerreros valientes y unos ingenieros náuticos excepcionales. También grandes navegantes y hábiles comerciantes. En una época en la que apenas existía una vaga idea de la morfología de Europa, y no digamos de otras partes del mundo, los vikingos recorrieron el Norveg –el «camino hacia el norte»– hasta el Ártico, surcaron el océano Atlántico hasta Groenlandia y fueron los primeros europeos que pisaron América al arribar a las costas de Terranova en el año 1000. Colonizaron Islandia y otras islas del Atlántico Norte. Llegaron al Mediterráneo franqueando con sus naves el estrecho de Gibraltar y navegaron los ríos de Rusia hasta el mar Negro. Comerciaron con Samarcanda, en el actual Uzbekistán, un punto estratégico de la Ruta de la Seda, que llegaba hasta China.





Sus métodos de construcción naval derivaban de una antigua tradición nórdica, aunque la vela fue importada de las culturas del sur de Europa. Recorrían grandes distancias orientándose por el sol y el oleaje, el vuelo de las aves y sus propios puntos de referencia. Los restos reconstruidos del Roskilde 6 (que con sus 37 metros de eslora es la mayor nave vikinga localizada hasta la fecha) pueden admirarse, junto con otras cuatro embarcaciones de la misma época, en el Museo de Barcos Vikingos de Roskilde, en la isla danesa de Sjælland. A finales del siglo viii los vikingos fundaron en el extremo del Schlei, un brazo de mar o estrecho entrante del Báltico de 42 kilómetros de lon­gitud en la parte meridional de la península de Jutlandia, un puerto comercial al que llamaron Haithabu, que en traducción libre significa «el asentamiento del brezal». La elección del lugar no podía ser mejor: las mercancías destinadas al mar del Norte solo debían recorrer por tierra 18 kilómetros hasta llegar al río Treene, donde se embarcaban rumbo a la costa occidental. Así se evitaba dar un largo rodeo por los estrechos del Kattegat y Skagerrak o por el Limfjord del norte de Jutlandia, en una época y unas regiones en las que no había red viaria ni existía el canal de Kiel. Haithabu se convirtió en el principal centro logístico del comercio a larga distancia. Aquel asentamiento pasó a la historia hace mucho tiempo, pero un museo local recuerda hoy su glorioso pasado. En él se exhibe una maqueta que muestra cómo estaba construido. Los barcos mercantes se estibaban y desestibaban en veintitantos amarraderos que se adentraban hasta 50 metros en el mar . Los arqueólogos también han localizado en Haithabu los restos de un buque de guerra construido hacia el año 985, el llamado Pecio 1. De 31 metros de eslora, veloz y de una elegancia excepcional, bien pudo ser la embarcación con la que Harald Diente Azul y posteriormente su hijo.


Edificios bajos y macizos se alzaban a lo largo de unas callejuelas que convergían perpendiculares a una vía principal, pavimentada con tablones y que discurría paralelamente a la orilla. Esos edificios acogían la actividad de fundidores, orfebres, torneros y tejedores. Las investigaciones revelan que la ciudad creció con rapidez hasta llegar a ocupar una superficie equivalente a 36 campos de fútbol. Es posible que albergase una población de hasta 1.500 habitantes. Cargamentos de madera, colmillo de morsa, esteatita, cuero y pieles procedentes del norte se trocaban en el mismo muelle por tejidos, vidrio, joyas, seda, especias y plata de Oriente que llegaban al Schlei a través de intermediarios rusos. Muchas materias primas pasaban directamente a los talleres artesanos del lugar. «Era una población ruidosa, y probablemente fétida por las aguas residuales», dice Ute Drews, directora del museo. Pronto Haithabu atrajo también a misioneros. A partir de 850, aproximadamente, la población contó con un templo cristiano, tal vez algo alejado de la zona mercantil y que hacía también las veces de lugar de encuentro para viajeros.



Los vikingos fueron tolerantes con los foraste­ros y permitieron en sus dominios la labor evangelizadora de los monjes cristianos. Pero en las largas veladas invernales los escaldos (sus poetas y cantores) entonaban composiciones que hablaban de gigantes y de dioses, entre los que desco­llaba Odín con su corcel de ocho patas, Sleipnir. Y de la tierra de Midgard, el mundo de los hombres (en la que se basó Tolkien para idear la Tierra Media de El Señor de los Anillos); del reino de Asgard, el hogar de los dioses, y de Utgard, donde residen las fuerzas de la oscuridad.
Sus cantos también hacían referencia al Valhalla, donde se reunían los bravos guerreros caídos en combate, y al Hel, el reino de los muertos. Los difuntos más nobles navegaban hasta su destino en espléndidos barcos, como los que fueron hallados en los túmulos funerarios de Gokstad y Oseberg, cerca de Oslo. Otros viajaban en barcos simbólicos, representados con alineaciones de piedras sobre las tumbas, como las que se pueden ver en la necrópolis de Lindholm Høje, cerca del Limfjord danés: un paisaje onírico, toda una flota naval varada y petrificada.
La fe en el otro mundo y la idea cristiana de la salvación eran ajenas a los vikingos. A ellos no les preocupaba la inmortalidad del alma, sino forjarse una fama perdurable. «Que uno hubiese sido una buena o una mala persona en su paso por la vida no tenía importancia. Sí la tenía el que se hubiese forjado una buena reputación y que se siguiese hablando de él tras su muerte», explica el filólogo y germanista austríaco Rudolf Simek, de la Universidad de Bonn. Los funerales eran por tanto un gran acontecimiento que dejaba una huella profunda y duradera. Los vivos jamás olvidaban aquello que el difunto se llevaba consigo en el barco de los muertos; y los muertos permanecían por siempre en el recuerdo.
Harald diente azul nació y se crió en este universo de creencias fabulosas, aunque su sociedad ya había empezado a abrir las puertas a la nueva religión que poco a poco se infiltraba en el imaginario pagano. Los vikingos estaban dispuestos a aceptar a Cristo si este les prometía más ventajas que las viejas deidades. O si Odín y Thor los dejaban en la estacada.
Gorm, su padre, se había impuesto a caudillos rivales, y a mediados del siglo X había fundado en la Jutlandia central, a unos 150 kilómetros al norte de Haithabu, una monarquía centralizada en la que por primera vez el poder era hereditario. Todo apunta a que Gorm y su hijo reinaron juntos desde el año 936 durante unas dos décadas.

Harald rondaría los 18 años cuando en un en­­cuentro con Unni, el arzobispo de Hamburgo-Bremen, conoció el cristianismo. Gorm no veía aquella religión con buenos ojos, pero según las crónicas su hijo era bastante más receptivo y, de hecho, permitió a Unni celebrar misa. Probablemente porque también percibía en su justa medida la amenaza que venía del sur: Otón I, el emperador cristiano del Sacro Imperio Romano Germánico, estaba resuelto a propagar la palabra de Jesús entre los paganos, por la fuerza si era necesario, y no solamente por convicción personal, sino también porque ello le garantizaría influencia política y económica.
Se ignora qué aspecto tenía Harald Diente Azul. No existen más imágenes suyas que las planchas de oro de la iglesia de Tamdrup, en Jutlandia, que lo representan recibiendo el bautismo de manos del monje Poppo. Tampoco está claro de dónde procede su sobrenombre. Es posible que tuviese una pieza dental necrosada y ennegrecida, o que se limase y colorease la dentadura, como se estilaba por entonces.
Bajo el reinado de Diente Azul las incursiones danesas no cesaron. Como era habitual, el soberano viajaba por su reino para hacer demostraciones de poder y ganarse a los jefes locales. Es seguro que tenía contactos en el extranjero. Contrajo matrimonio con una eslava oriunda de la costa báltica. Por lo que parece también estaba familiarizado –bien de primera mano, bien por descripciones de sus enviados– con los suntuosos palacios imperiales de Ingelheim y Paderborn, con la catedral de Aquisgrán y otras sedes episcopales, y tal vez aspirase a llevar un estilo de vida similar al del civilizado sur.
Como otros reyes europeos de la alta Edad Media, el monarca vikingo sabía que la Iglesia podía ayudarlo a consolidar y ampliar su poder. Según la concepción cristiana del poder político, el soberano lo era por la gracia de Dios: en calidad de representante divino en la tierra. «El cristianismo se conocía en Escandinavia desde hacía tiempo, pero fue entonces cuando lo adoptaron las élites políticas», explica Mads Kähler Holst, arqueólogo de la Universidad de Aarhus, cuyas aportaciones al estudio de la corte de Harald Diente Azul en Jelling, símbolo de esa nueva era, han sido determinantes.

Helling es hoy un apacible pueblo situado cerca de la ciudad de Vejle, en la Jutlandia central. Cuando uno se aproxi­ma al centro urbano, enseguida se hacen visibles dos colinas y, en medio de ambas, una iglesia blanca con dos grandes piedras rúnicas frente a la fachada sur. Junto a este emplazamien­to hay un cementerio cristiano. Un poco más allá se ven las columnas blancas dispuestas en forma de rombo que delimitan un gran espacio en la parte norte de Jelling y lo separan del resto de la población. Se levantaron en 2013 para señalar el lugar exacto en el que una empalizada marcó en otro tiempo el límite de la corte real de Harald Diente Azul. Esta ubicación no había sido fruto del azar: no lejos del Pequeño Belt y en plena Ruta de los Bueyes (la importantísima vía comercial que partía del norte de Jutlandia y remataba en el Elba), pero a una distancia prudente del belicoso emperador romano germánico.
Jelling es objeto de investigación desde hace dos siglos. Se han excavado las dos colinas, las cuales sospechaban los arqueólogos podían esconder enterramientos. A la hora de la verdad, sin embargo, la colina norte, de 8,50 metros de altura, resultó estar ya saqueada, mientras que la colina sur, de 11 metros de altura, no alberga­ba enterramiento alguno. Lo que sí se localizó debajo de la iglesia fueron los restos de un varón. Durante mucho tiempo se creyó que pertenecían al rey Gorm, a quien su hijo Harald Diente Azul habría trasladado desde la colina norte pagana para volver a enterrarlo allí tras su conversión al cristianismo. Pero esta teoría hoy se pone en duda, por lo que continúa siendo un misterio sin resolver a quién pertenecen esos huesos.
Llaman la atención las dos estelas rúnicas que se yerguen frente al templo. La más grande tiene tres caras. En una de ellas se distingue un dragón o un ciervo heráldico luchando con una serpiente. En otra está representado Jesús: no crucificado, sino erguido y colgado de unas ra­mas. Un texto rúnico recorre las tres caras: «El rey Harald ordenó levantar este monumento en memoria de Gorm, su padre, y Thyra, su madre. El Harald que ganó para sí toda Dinamarca y Noruega y cristianizó a los daneses».



La estela rúnica que Harald Diente Azul le­vantó en memoria de sus padres constituye hoy el monumento a una nueva época. Aúna el arte tradicional vikingo con símbolos cristianos, en­tronca con la tradición y al mismo tiempo proclama el cristianismo como la nueva religión oficial. La estela de Jelling es la partida de bautismo de una nación recién nacida.


Hace unos años los arqueólogos se toparon durante unas excavaciones con unas piedras dispuestas en eje res­pecto de los dos túmulos. Supusieron que estaban relacionadas con el complejo, pero las mediciones geomagnéticas revelaron la existencia de unas estructuras enterradas que los pusieron sobre la pista que luego confirmarían las excava­ciones. «Habíamos buscado la corte real en diez kilómetros a la redonda, y de pronto allí estaba, justo debajo de nuestros pies», recuerda Holst. Las dimensiones del edificio hablan de una demostración de poder, de una precisión arquitectónica y de una monumentalidad sin precedentes en el mundo nórdico. La investigación reveló que las dos colinas, las piedras rúnicas hitas entre ellas y la primera iglesia del lugar estaban originalmente rodeadas por unas piedras que trazaban la silueta de un barco: el casco de una nave, señalizado con mo­nolitos hincados en la tierra, que trasladaría los muertos al Valhalla. Tenía 350 metros de longitud. Su eje central pasaba exactamente por el medio de la cámara funeraria de la colina norte. El conjunto estaba protegido por una enorme empalizada, de 360 metros de longitud cada lado, construida con troncos de roble de entre 25 y 40 centímetros de grosor que probablemente alcanzaban hasta cuatro metros de altura. El diseño de la empalizada en forma de rombo hacía que las diagonales se encontrasen justo sobre la colina norte, donde formaban una cruz , de nuevo una más que probable combinación de simbolismo pagano y cristiano. Los estudios más recientes sugieren la existencia de un único acceso al recinto, que en su conjunto medía el equivalente a unos 17 campos de fútbol. En las inmediaciones los arqueólogos localizaron las plantas de tres viviendas de 27 metros de largo cada una, pero ni un solo indicio de su ocupación. El análisis dendrocronológico de los troncos de la empalizada ha revelado que la estructura se construyó hacia el año 970, como parte de un programa constructivo sin parangón. «El rey planeó algo nunca visto –dice Kähler Holst–. Creo que era un perfeccionista, y un gestor inteligente de los cambios que él había introducido.»
Y sabía hacer una buena puesta en escena. Apenas unos años después de su bautizo, aventuran arqueólogos e historiadores, Harald Diente Azul invitó a Jelling a jefes locales y otros cabecillas de su reino para que ante él abrazaran mediante juramento la nueva época. También convidó a dirigentes y embajadores extranjeros para impresionarlos y ganarse su favor. Presidía la ceremonia la estela rúnica.
Muchos invitados venían de muy lejos, procedentes del sur, y habían cruzado el río Vejle. Quienes viajaron hasta la corte real se quedaron boquiabiertos ante la monumental empalizada. Solo se franqueó el paso a quienes figuraban en la lista de invitados. «Los asistentes debían de portar sus mejores galas. Puedo imaginarlos con coloridos mantos de lana, guarnecidos con pieles y adornados con cintas de seda cuyos hilos de oro y plata relumbraban al sol –dice Anne Pedersen, del Museo Nacional de Dinamarca, en Copenhague–. Todos ansiosos por presentarse a sí mismos y exhibir sus riquezas. Harald Diente Azul pronunciaría un discurso, y probablemente hubo rondas de intervenciones como en las cumbres de hoy. A las figuras importantes se les permitiría codearse con los poderosos.»
Desde el punto de vista de la política exterior, el cristianismo granjeó a Ha­­rald Diente Azul el reconocimiento de las casas reales europeas de la época, y al mismo tiempo consolidó su poder en el ámbito de la política interior. La organización eclesiástica ponía sus escribas a disposición del rey, colaboraba en la recaudación de tributos y ayudaba a construir un nuevo sistema económico. Y a implantar el dinero como medio de pago en sustitución de los lingotes de plata fragmentados y ponderados y las monedas troceadas que hasta entonces se utilizaban.

El rey Harald hizo entonces una exhibición de fuerza, decidido a dejar bien claro de qué era capaz una monarquía centralizada de legitimación cristiana. Ensanchó y reforzó las fortificaciones fronterizas de la Danevirke con la intención de poner coto a su nuevo adversario, el emperador romano germánico Otón II (objetivo que logró, salvo un breve interludio iniciado con la ocupación de Haithabu en 974). Construyó calzadas y el magnífico puente de Ravning que, con sus 700 metros y doble vía, salvaba el río Vejle en Jelling. Entre Aggersborg (en el norte de Jutlandia) y Escania (en el sur de Suecia) edificó cinco colosales bastiones circulares, los llamados trelleborgs. Estas fortificaciones estaban siempre ubicadas estratégicamente en las rutas principales, visibles desde lejos y accesibles por vía marítima, pero nunca en la propia costa. En ellos destacaba sus huestes.

Else Roesdahl, máximo exponente de la investigación danesa sobre la civilización vikinga, y su joven colega Søren Sindbæk, de la Universidad de Aarhus, han estudiado estas fortalezas circulares. En un almacén del Museo de Moesgaard, Roesdahl me muestra una maqueta del bastión de Aggersborg que Harald Diente Azul hizo construir en el Limfjord siguiendo un ingenioso diseño geométrico. Tiene cuatro puertas, y las dos vías principales que parten de ellas dibujan una cruz en el punto central, exactamente igual que las diagonales de la empalizada rómbica de Jelling. El resultado son cuatro «pedazos de tarta» que albergaban en perfecta simetría tres patios interiores con cuatro edificios cada uno, idénticos en todos los casos, con una techumbre que recuerda el casco de un barco invertido. «Era la versión vikinga de una casa prefabricada: de construcción rápida y sencilla», dice Roesdahl.


Los trelleborgs se construían siempre a partir del mismo modelo, e iban sofisticándose, con terraplenes más elevados o viviendas más cómodas y seguras. Al igual que el complejo real de Jelling, su construcción exigía una importante inversión de recursos y mano de obra. Sindbæk ha calculado que para levantar los terraplenes debieron de volcarse hasta 15.000 metros cúbicos de tierra, el equivalente a 30 modernos va­gones de mercancías. Para las empalizadas, los edificios y los caminos hubo que talar y preparar cerca de mil robles. Todo eso solo fue posible gracias a la colaboración de los jefes locales, con los que Harald Diente Azul debió de forjar conti­nuas alianzas para consolidar su poder, y mediante el reclutamiento de mano de obra masculina en régimen de servidumbre feudal.
Como en el resto de las obras arquitectónicas, la construcción de los trelleborgs obedecía a un plan general y a una concepción geométrica muy estudiada. La estructura circular de Fyrkat, a medio camino entre Aarhus y Aalborg, tiene 120 metros de diámetro; la de Aggersborg, en el Limfjord, el doble, 240 metros de diámetro; y cada uno de los lados de la empalizada de Jelling mide 360 metros de longitud (el triple).
«Quizás Harald Diente Azul deseaba expresar con la arquitectura su deseo de orden», aventura Søren Sindbæk.
Arqueólogos y otros expertos han examinado recientemente varios es­queletos hallados en la necrópolis del bastión circular de Trelleborg, en Slagelse, en el oeste de la isla danesa de Sjælland (el primer trelleborg descubierto y que dio el nombre genérico a este tipo de estructuras), para determinar el origen de quienes allí fueron enterrados. Con técnicas de análisis isotópico han determinado que la mitad de los muertos no eran originarios de Dinamarca, sino de las regiones con población eslava de la costa sur del Báltico. Jörn Staecker no descarta que se trate de mercenarios procedentes de Jomsborg (la actual Volin, en la desembocadura del Óder, en Polonia), a los que Diente Azul había reclutado para componer su famosa guardia pretoriana de jomsvikingos, mencionada con frecuencia en las sagas.
«Quizás el rey ya no podía confiar en su propio pueblo, y por eso necesitaba este cuerpo de élite», dice Sindbæk.
Diente Azul llevaba dos décadas reinando tras su bautizo. ¿Fue acaso abandonado por sus vasallos? Los hallazgos arqueológicos apuntan a que en ese momento se produjeron combates. ¿Renovadores contra defensores de la vieja tradición? ¿Exigió el soberano demasiado a sus súbditos? ¿Les resultaba imposible a estos soportar por más tiempo la carga tributaria que financiaba la construcción de calzadas y fortalezas?
«Por lo que parece, se hartaron de él», apunta Else Roesdahl.


También su propio hijo Svend Barba Partida se volvió en su contra. Tal vez se produjo un conflicto paternofilial, como los que surgen una y otra vez a lo largo de la historia, o tal vez se trató de una maniobra de involución por parte del primogénito de Harald para rechazar de nuevo el cristianismo. Cuenta la tradición que por entonces Diente Azul cayó malherido en una batalla y tuvo que exiliarse en Jomsborg. Allí todavía podía sentirse seguro. Murió el 1 de noviembre del año 987. Es probable que su cadáver fuese trasladado a una pequeña iglesia de madera dedicada a la Trinidad que Harald había ordenado edificar en Roskilde.
En cuanto a la empalizada de Jelling, fue devorada por las llamas, como delatan los restos de ceniza hallados en el suelo. La imponente construcción de Diente Azul quedó arrasada.

El nuevo monarca Svend Barba Partida era un guerrero a la antigua usanza, y reanudó las incursiones vikingas. Junto con su aliado noruego, el rey Olaf Tryggvason, puso sus miras sobre todo en Inglaterra, a una distancia de dos o tres singladuras navegando por el mar del Norte. Allí impuso unos tributos cada vez más elevados, conquistó vastos territorios y puso en fuga al rey Æthelred, señor de Mercia. En 1013 ascendió al trono inglés. Tras su muerte, su hijo Canuto (Knud) el Grande fundó el llamado reino del mar del Norte o Angloescandinavo. Comprendía Inglaterra, Dinamarca y extensas zonas de Noruega y Suecia, donde por vez primera circulaba una moneda común. En 1035 Canuto fue enterrado en una iglesia cristiana, la catedral de Winchester. Siete años más tarde concluyó el dominio danés de Inglaterra.
Hacia la misma época el cristianismo se extendió por toda Escandinavia y se convirtió en la religión oficial de los recién creados reinos de Noruega y Suecia. Algunos vikingos seguían empleando símbolos paganos al lado de los cristianos, pero pronto se abandonaron las necrópolis tradicionales y la población empezó a recibir sepultura en cementerios cristianos.
Las incursiones vikingas cesaron definitivamente. Haithabu siguió siendo un importante centro comercial durante varias décadas más. En el marco de un proyecto patrocinado por la Fundación Volkswagen, científicos del Centro de Arqueología Báltica y Escandinava de Schles-wig estudian ahora los últimos años del asentamiento y la transición a la ciudad medieval de Schleswig, en la otra orilla del Schlei. Hay eviden­cias de que el puerto de Haithabu se fue cegando poco a poco, lo que hizo que la construcción de atracaderos para los barcos fuese cada vez más difícil y costosa. Los hallazgos arqueológicos in­­dican, sin embargo, que a mediados del siglo xi Haithabu era aún escenario de operacio­nes co­merciales y de cierta actividad artesanal.
Hasta que llegó el fatídico año de 1066.
Huestes eslavas prendieron fuego a Haithabu, que ardió hasta los cimientos. Fue entonces y no antes, según las investigaciones más recientes, cuando se construyó el puerto de Schleswig: el nuevo centro logístico entre el mar del Norte y el Báltico. «Schleswig pasó a ser cátedra episcopal y civitas christiana, como ya lo eran, más al norte, Roskilde y Lund», dice Volker Hilberg, director del proyecto. Y tomó el relevo en el papel de epicentro del comercio a larga distancia.



Aquel mismo año, el normando Guillermo el Conquistador, descendiente de vikingos, derrotó en la
Guillermo el Conquistador e inauguró la casa real normanda. Para los historiadores, el año 1066 pone fin a la era de los vikingos.
Su gran rey, Harald Diente Azul, es para la ac­­tual Dinamarca el fundador de un nuevo Estado. Y Jelling, un monumento nacional. Cuando en septiembre de 2013 se inauguró la reconstrucción de la empalizada con las columnas blancas, la reina Margarita insistió en acudir en persona a Jutlandia.
Un último gran homenaje a Harald Diente Azul, más de mil años después de su muerte.
http://www.nationalgeographic.com.es/articulo/ng_magazine/reportajes/9863/edad_oro_los_vikingos.html?_page=2

domingo, 30 de agosto de 2015

HISTORIA DEL REINO DE LEON DESDE EL SIGLO X A SU UNION CON CASTILLA EN EL SIGLO XIII


Tras la caída de Toledo en manos musulmanas, el derrumbamiento del estado godo parece ya imparable, bajo la dirección de los generales Tarik, Muza y Abd al-Aziz. Una gran parte de la población abjura del cristianismo y se convierte al islam, para obtener un estatuto más favorable. Al mismo tiempo, una serie de nobles visigodos, antiguos dignatarios del reino, prosiguen la resistencia por su cuenta. Para ello se refugian, en el año 714, en las poblaciones asturianas, aprovechando la defensa natural que les ofrecen los Picos de Europa. Estas escaramuzas míticas permitirán el establecimiento del eminente reino de León.


El rechazo más importante al dominio islámico en Hispania se produjo en las montañas de Asturias, donde grupos de refugiados supieron añadir su esfuerzo a la tradicional resistencia montañesa para impedir el control de su territorio por los musulmanes, a los que derrotaron en Covadonga, en el 722. Esta batalla, de pequeña importancia pero de enormes consecuencias histórico-legendarias, afianzó a Pelayo en el trono del recién formado reino astur. En los reinados de Ordoño I y Alfonso III, se da un amplio proceso de anexión territorial y colonización. Se llegó a la línea del Duero y se fundaron y repoblaron plazas como Oporto, Coimbra, León, Astorga, Zamora, Toro, Sahagún, Burgos y Osma, en un proceso en el que se destaca como gran protagonista la iniciativa individual o de pequeños grupos. Asturias y León estaban en el centro de esta nueva realidad; Galicia al Oeste, con su prolongación hasta las líneas del Duero y de Montego. Castilla, por su parte, formada en 912, se encontraba al Este, en la zona más expuesta a los ataques musulmanes procedentes del valle del Ebro y de mayor relación con los vascones. 
El detenimiento de la expansión leonesa hacia el sur coincide cronológicamente con el fortalecimiento del poder político en Córdoba; un fortalecimiento que tiene como hitos referenciales la llegada de Abd al-Rahman III al emirato en 912 y su proclamación como califa en 929. Sin embargo, se intensifica la acción en el flanco oriental del reino, zona amenazada por la penetración musulmana por el valle del Ebro y por la que León estrechará una alianza con Pamplona que perdurará durante casi todo el siglo X. 
El traslado de la capital de Oviedo a León en el 914, así como el descubrimiento del sepulcro de Santiago, que convierte a Compostela en la segunda sede apostólica de Occidente después de Roma, hace de León el reino cristiano más poderoso. O al menos, eso consideró el monje Cesáreo de Montserrat cuando a mediados de siglo pretendió restaurar la sede arzobispal de Tarragona y en lugar de acudir a Roma se hizo nombrar por los obispos leoneses. Aún así, la hegemonía real corresponde a Navarra durante la segunda mitad del siglo X, cuyos monarcas intervinieron en el nombramiento y destitución de los reyes leoneses.


Las diferencias entre los territorios que conforman el reino astur leonés desembocarán en la escisión de Galicia y Castilla, convirtiéndose esta última en condado hereditario e independiente desde mediados de siglo tras haber sido unificada por Fernán González, quien gozó de amplios poderes en su condado y, si bien ya no regresó a León para besar la mano al rey Sancho I El Craso, todavía manifestaba su vasallaje con obsequios y atenciones. 
A la muerte de Ordoño II, sus hijos se dividen el reino, de tal modo que León no recupera su unidad hasta el gobierno de Ramiro II (932-950), que intenta adherir a los cristianos contra el califa, apoya a los rebeldes toledanos, refuerza la alianza con Navarra e intenta atraerse a los musulmanes del Ebro a enfrentarse a Abd al-Rahmán, al que derrota en Simancas (939), victoria que le permite consolidar las posiciones leonesas en el valle del Duero y repoblar Sepúlveda, Ledesma y Salamanca.

Estatua de Fernán González, en Burgos
Las victorias no impidieron que, como he indicado antes, el conde castellano Fernán González se sublevara y pusiera las bases de la independencia del condado, efectiva a la muerte de Ramiro II, con la que se inicia la decadencia del reino leonés. Los monarcas son nombrados por castellanos y navarros, tan pronto aliados como enfrentados entre sí, y ambos sometidos a la tutela de los omeyas, en cuya corte hallan refugio los monarcas destronados y los aspirantes al trono, y a los que acuden condes y reyes para buscar la salud militar o reconocer su dependencia de Córdoba.
Fernán González y la reina Toda ponen y quitan reyes a su antojo llegando en ocasiones a unirse con los musulmanes, lo que no evitará que leoneses, navarros y castellanos sean derrotados por Al-Hakam (963), igual que no sorteará la destrucción de Zamora por Al-Mansur ni la derrota ante Rueda.
El reino leonés, debilitado por las guerras civiles que se suceden desde mediados del siglo X, es incapaz de ampliar sus fronteras al disgregarse el califato y no puede evitar la presión castellana, que será sustituida por la navarra al morir el conde García II (1029) e incorporarse Castilla a los dominios de Sancho el Mayor. Sus tropas llegaron a ocupar León, donde algunos documentos dan a Sancho el título de emperador, quizá para indicar su poder y autoridad en tierras leonesas. Fernando I, hijo de Sancho El Mayor de Navarra, convertido en rey de castilla desde 1035, derrotará dos años más tarde al último rey leonés, Vermudo III, y se proclamará rey de León. Incorpora los condados de Sobrarbe y Ribagorza y obtiene el vasallaje del conde de Gascuña, y no sin razón, pues afirma que su reino se extiende desde Zamora -victoria en el "Llano de la Polvorosa" sobre los musulmanes cuando estos van a sitiar Benavente- hasta Barcelona, si bien su autoridad es muy desigual. 
Castillo de Zamora
Siguiendo el dictado del derecho pirenaico, Fernando I entrega el núcleo de su reinado al hijo primogénito. Así, cede a Sancho el reino de Castilla y el cobro de parias de Toledo; a García, Galicia, y Alfonso, la corona de León. Sancho II derrota a Alfonso el 19 de julio de 1068 en Llantada, territorio fronterizo próximo al Pisuerga. En 1071, acuerdan unir sus fuerzas para derrotar a su hermano García, que es capturado en Santarem y despojado de Galicia. Poco tiempo duró la cooperación, ya que en enero de 1072 vuelven a enfrentarse en las vegas del río Carrión y Alfonso es encerrado por su hermano en el castillo de Burgos. 
Sancho se proclama rey de León el 12 de enero de 1072, pero no goza del respaldo del obispo leonés, Pelayo, ni con el de la nobleza. Algunos miembros de esta resistencia se hacen fuertes en Zamora, protegidos por Urraca, su hermana, por lo que el nuevo rey tiene que acudir a tomar la plaza. Durante el asedio, Bellido Dolfos acaba con la vida del joven Sancho atravesándole con un venablo.
Entrada a la ciudad de Zamora
Alfonso VI El Bravo
Alfonso VI se presenta entonces como el heredero legítimo de la corona castellano-leonesa, que asume ante Rodrigo Díaz de Vivar, de que no había participado en la muerte de su hermano. En 1073, por petición de su hermana Urraca, encierra a su otro hermano, García, en el castillo de Luna en León con lo que acaba con cualquier posibilidad de rebelión. En 1080, doña Urraca manda construir el templo de San Isidoro de León, obra atribuida al maestro Deustamben. 
Detalle escultórico de la iglesia de San Isidoro de León
El monarca, además de conceder una carta de inmunidad a Rodrigo Díaz de Vivar, otorga privilegios a los mozárabes de Toledo en 1101, una vez la ciudad se haya rendido de forma pacífica, de tal manera que la inmunidad se convierte en uno de los más importantes elementos de la sociedad feudal. Una bula del papa Urbano II hace de la capital del antiguo reino visigodo la sede primada de la iglesia hispana, símbolo de la unidad religiosa como León lo era de la política.
Alfonso inicia una política de desgaste contra los reinos de taifas, intentando empobrecerlos mediante tributos. Esta presión creciente hace que surjan numerosas sublevaciones en los reinos de taifas, que facilitan una posterior ocupación por Castilla.
Los almorávides, dirigidos por Yusuf Ibn Tasufin, desembarcan en Algeciras con la intención de recuperar Toledo invocando la Guerra Santa. El caudillo musulmán derrota a los cristianos en la dehesa de Sagrajas, el 23 de octubre de 1086. 
Dos años más tarde se produce una campaña del Cid en Levante, donde somete Valencia, Alpuente y Albarracín, mientras el conde García Jiménez ataca Lorca desde la fortaleza de Aledo, fundada por el emperador leonés para lanzar ataques sobre la taifa de Murcia. Alfonso VI y el Cid rompen su relación a raíz de estas campañas.
Estas ofensivas provocan una segunda llamada a Yusuf, que en el año 1088 vuelve a la península para levantar el cerco sobre la región murciana. Ante el escaso éxito de la campaña, los almorávides regresan a África con la intención de retornar como consecuencia de la corrupción generalizada que observaron en las taifas. De esta manera, en 1090 se produce una tercera campaña, que tiene el objetivo de unificar Al-Ándalus. Primero incorporaron Granada, después Málaga, Tarifa, Córdoba, Sevilla, Carmona, Mértola, Ronda, Almería, Jaén, Murcia, Játiva y Denia.
Alfonso VI recibe durante estos años Cuenca, Ocaña, Consuegra y Uclés y solicita un tributo extraordinario para hacer frente a la amenaza almorávide. En 1092, el monarca castellano-leonés inicia una campaña contra Valencia, que resulta un fracaso. Al año siguiente, Yusuf ocupa la taifa de Badajoz en 1094, poniendo fin a la dominación cristiana sobre estas ciudades, cuya defensa había sido encomendada a Raimundo de Borgoña. La situación vuelve casi a su aspecto anterior: los reyezuelos taifas vuelven a verse divididos por rencillas internas, y los cristianos se recuperan e incluso se permiten exigir el pago de las parias.
Ábside de la iglesia de Santa María del Mercado de León
A la muerte de Alfonso VI sin hijos varones (1109), la situación militar hizo aconsejable un segundo matrimonio de Urraca, viuda de Raimundo de Borgoña. Entre los posibles candidatos, fue elegido Alfonso I el Batallador. De haber prosperado el matrimonio, este podría haber supuesto la unión de León-Castilla y Navarra-Aragón, pero ni hubo entendimiento entre los esposos ni los súbditos de Urraca aceptaron el matrimonio. Tras varios años de guerra civil entre estos y los partidarios de su marido, es reconocido como rey Alfonso VII, el hijo de Raimundo de Borgoña, quien a la muerte de el Batallador será coronado como emperador. Entre sus vasallos se encuentran los reyes de Navarra y de Aragón, los condes de Barcelona, reyes musulmanes y el conde de Portugal, que favorecido por la guerra civil, actúa en su condado con total independencia. 
La unión con Castilla
El emperador dividió el reino entre sus dos hijos: Sancho III es designado rey de Castilla y Fernando II de León. La polémica frontera entre ambos reinos, Tierra de Campos, será atribuida a Castilla convertida en infantado. Las hostilidades entre hermanos se recrudecen cuando la independencia eclesiástica, y con ella, la independencia política de León, se ve amenazada con el sometimiento del clero al arzobispo de León o Braga. Pera evitar que las tropas castellanas y portuguesas cierren en Extremadura el paso hacia el sur del reino, Fernando II se aliará con los almohades en 1169, quienes firmarán la paz con Castilla en 1173 haciendo gala de un gran espíritu acomodaticio. 
Todos los intentos de consolidar las alianzas fracasaron y solo en 1197, tras un nuevo ataque almohade, se llega a una nueva alianza, ratificada esta vez por el matrimonio del hijo de Fernando II y Urraca de Portugal Alfonso IX, y la castellana Berenguela, que llevaría como lote la zona del litigio, la Tierra de Campos. 
Este matrimonio hará posible la unión política de ambos reinos en la persona de Fernando III, que recibiría de Berenguela el reino de Castilla al morir sin heredero varón su hermano Enrique I (1217) y el reino de León de Alfonso IX, en 1230. Sin embargo, no es hasta un año después, con el pacto de Toro, cuando el padre de Fernando acepta las negociaciones -había alzado rebeldías contra su vástago- poniendo fin a la última guerra entre León y Castilla. 
Fernando III, de sobrenombre El Santo, ampliará considerablemente a costa de los musulmanes la extensión de los dominios recibidos. Con la ayuda de un rey de Granada tomará Córdoba en 1236, mientras que el lado musulmán extendía su autoridad a Málaga y Almería e intentaba ocupar Murcia. En 1246, el rey de Granada entrega Jaén, con lo que se completa la conquista de la alta Andalucía y se inicia la más importante campaña de Fernando III, la conquista de Sevilla, que tomará finalmente en 1248.

http://www.travellersbook.net/images/stories/blog/Espana/Jose-Miguel-Diaz/El-Prerromanico/paginas/visigodo/stacruz.htm
http://www.arteguias.com/reinoleon.htm 
http://www.visitaleon.com/fotos/murallas-calle-de-los-cubos-leon.jpg

sábado, 29 de agosto de 2015

DON PELAYO Y LA BATALLA DE COVADONGA



Don Pelayo comandó la batalla de Covadonga en el año 722 d.C., que marcó el inicio de el proceso de Reconquista ante la invasión musulmana cuyo comienzo se remonta al 711 d.C. Tuvo lugar en Covadonga, cerca de Cangas de Onís (Asturias), y enfrentó al último bastión cristiano que no había sido conquistado y a las tropas musulmanas de Al Qama. El ejército de Don Pelayo estaba conformado por astures, vascones y cántabros. Con la victoria de Pelayo, comenzaron duras batallas contra los musulmanes hasta la rendición de Boabdil, sucedida en Granada en 1492.


Tras la derrota de la batalla de Guadalete, Don Pelayo, jefe de la guardia personal de Don Rodrigo, se refugió en la zona norte de la Península, tras pasar por Toledo, para después establecerse en Cangas. De él no se sabe su origen de procedencia, pero sí que era visigodo.
La neutralidad eclesiástica y la concesión de poderes y territorios a los nobles visigodos, permitió la rápida expansión musulmana en unos pocos meses. No obstante, fue en Cangas donde la última resistencia celebraba una asamblea general en la que los cristianos sometidos debatían decisiones sobre la invasión musulmana.
Fue entonces cuando Don Pelayo animó a rebelarse contra la opresión enemiga y, convencidos, le eligieron como líder. La primera decisión del levantamiento fue la de no pagar impuestos al gobernador musulmán de nombre Munuza. Asturias dejó de ser, por tanto, un pueblo vasallo de los invasores.

                                           BATALLA DE COVADONGA

Las fuentes históricas musulmanas les catalogaron de “asnos salvajes”, bárbaros sin educación. Fue esa infravaloración la que llevó a Al Qama a tomar rápidas medidas para poner fin al bastión rebelde por orden de Munuza. Mientras tanto, poco a poco, los nobles visigodos fueron convencidos por Don Pelayo para unirse a la rebelión.
Pelayo y sus irreductibles se refugiaron en el monte Auseva. Su número oscilaba entre los 200 y los 300 hombres. La crónica musulmana habla de la llegada de 185.000 hombres para reducir la rebelión a cenizas, pero los historiadores hablan de unos 20.000.

                                       
                    
 

Según cuenta la leyenda, Pelayo se vio fortalecido con la visión del mensaje de la Virgen María que decía que obtendría la victoria. Además, y de nuevo según el mito, sostuvo durante la batalla una rama de roble, de la cual dijo que era la cruz de la victoria, entregada por la propia Virgen.


Don Pelayo no cedió a firmar la rendición ofrecida por los musulmanes y se atrinchera en Covadonga. De este modo da comienzo la ofensiva musulmana y la consecuente resistencia de Don Pelayo. El abrupto terreno sometió a los musulmanes cuando comenzó el sitio ante la negación de Don Pelayo a entregarse.
Los expertos honderos y arqueros godos empujaban con sus lanzamientos a que el enemigo cayese por los desfiladeros. Su conocimiento del suelo y la geología de aquella zona les permitían hacer emboscadas con excelentes resultados. Trepaban los escarpados montes con facilidad y descendían por arduos senderos para sorprender a los musulmanes.




Los ismaelitas de Al Qama estaban siendo derrotados por tan solo 300 hombres. Cuenta la leyenda que los musulmanes contestaban lanzando piedras y flechas, pero por intervención divina sus armas se volvían contra ellos. Muy probablemente fuese por la inercia de la física debido a la pendiente por la que intentaban ascender.

Comienzo de la Reconquista
        Comienzo de la Reconquista

De cualquier modo, las tropas de Al Qama se vieron obligadas a huir ante aquella contundente respuesta defensiva. Su gran número no les permitía organizarse en las estrecheces del terreno y no podían hacer nada frente a los irreductibles.


No obstante, Don Pelayo sabía que era su oportunidad para contrarrestar a las fuerzas musulmanas. Fue entonces cuando, en un ataque desesperado, cargado de valor e ira, los insurrectos de Pelayo vencieron a las tropas enemigas, dando muerte a su líder Al Qama. La victoria fue decisiva para que la batalla se hiciese eco en los nobles visigodos y decidiesen tomar el mismo camino de levantamiento.
... se levantó en tierras de Galicia un asno salvaje llamado Belay [Pelayo].Los soldados no cesaron de atacarle hasta que sus soldados murieron de hambre y no quedaron en su compañía sino treinta hombres y diez mujeres. Y no tenían que comer sino la miel que tomaban de la dejada por las abejas en las hendiduras de la roca. La situación de los musulmanes llegó a ser penosa, y al cabo los despreciaron diciendo «Treinta asnos salvajes, ¿qué daño pueden hacernos?
Crónica de Al-Maqqari

Los acontecimientos históricos cuentan que los musulmanes tuvieron que desviar tropas de las Galias para hacer frente a la resistencia en el norte de la Península. Las fuentes musulmanes cuentan que solo sobrevivieron tres decenas de irreductibles, entre ellos don Pelayo, el cual ocupó posteriormente la ciudad de León y empezó el período de reconquista. Se fundó el reino de Asturias y Don Pelayo fue su primer monarca. En el año 737 d.C. murió Don Pelayo, que fue enterrado en Covadonga. Su reinado pasó a su hijo Fáfila.




A día de hoy aún siguen encontrándose restos óseos de tropas musulmanas en los desfiladeros y barrancos de Covadonga. De la cruz que sostuvo Pelayo durante la batalla según la leyenda, su símbolo ha permanecido hasta nuestros días en el escudo asturiano.
“Trae de azur la Cruz de la Victoria, también llamada de Pelayo, revestida de oro y piedras preciosas por Alfonso III el Magno en el Castillo de Gauzón, trasladada después al relicario de la Santa Catedral Basílica donde se resguarda, […] y por orla, alrededor del escudo, las palabras “Hoc signo teutur pius” a la diestra, y “Hoc signo vincitur inimicus” a la siniestra de oro”.
(Ciriaco Miguel Vigil, “Heráldica Asturiana”)
BIBLIOGRAFIA
Augusto Alejandro Peña Díaz
http://revistadehistoria.es/don-pelayo-y-la-batalla-de-covadonga/