jueves, 5 de marzo de 2015

LAS GALERAS ...PRIMERA CÁRCEL DE MUJERES 1644


            
No cabe duda (aunque no siempre se reconozca así) de que, en la actualidad, la mujer sufre los efectos de una discriminación, apreciables en los más diversos campos: el laboral, el familiar ... y un larguísimo etcétera. Mas lo que ocurre hoy ocurrió también ayer. Y, por supuesto, nuestros siglos XVII y XVIII no constituyen la excepción que confirma tal regla.
Pues bien,la desigualdad entre uno y otro sexo tuvo también su reflejo en la esfera de las leyes penales. En efecto, nuestros monarcas, celosos en defensores de la fe católica, se preocuparon por encauzar las costumbres de sus súbditos de la manera más acorde posible con los preceptos morales de esa fe. Y así, dictaron toda suerte de disposiciones para reprimir los «escándalos» o «desórdenes públicos» entre hombres y mujeres. Ahora bien, al llegar a este punto quizá es hora de preguntarnos si realmente hubo diferencias de trato, puesto que los «escandalosos» a que afectaban esas medidas eran tanto aquéllos como éstas. Pues las hubo. Y grandes, porque, además de que en la práctica se actuaba con un criterio favorable al varón, para el demandado sexo débil (y sólo para él) se ideó, en el siglo XVII, una cárcel que, por semejanza de (las galeras que navegan por el mar), se denominó «la galera de las mujeres».



La galera de mujeres
 Lo curioso es que la inventora de esta galera fue precisamente la fundadora de la «Casa de la Probación» de Valladolid, es decir, una mujer, «virtuosa y opulenta», según la describen sus contemporáneos (y tal vez «resentida», añadiría yo). La madre Magdalena de San Jerónimo, este era su nombre, estaba francamente preocupada porque las mujeres de su época habían perdido el temor a Dios y a la justicia y andaban haciendo un tremendo estrago en los «pobres» hombres. Pero ... ¿todas las mujeres? Indudablemente, no. Aún las había «buenas y honestas». Y, para evitar malas interpretaciones, la madre Magdalena enumeraba a las que, en su opinión, merecían el calificativo de «perdidas». Enumeración a todas luces exagerada, porque en la misma se incluía no ya a las féminas que, llegada la noche, «salían como bestias fieras de sus cuevas a buscar la caza» y hacían caer a los hombres en gravísimos pecados, o, bajo el pretexto de ejercer un oficio honrado, abrían tiendas «de ofensas a Dios», o, incluso, vendían muchachas «concertando el tanto o más cuanto como ovejas para el matadero», sino a las que estando sanas para el trabajo daban en pedir limosna, cargadas con criaturas para mover a lástima, «aunque algunas nunca parieron», y a las «mozas de servicio».
¿Cómo remediar, entonces, semejante panorama? La madre Magdalena, tras muchas horas de piadosa meditación, creyó hallar dos soluciones al problema. La primera (y la principal, puesto que atajaba el mal en sus principios) consistía en la creación de unos colegios donde las niñas huérfanas fueran enseñadas con «cristiandad y policía» (obsérvese la extraña mezcla de términos), quitándolas «del peligro de perderse, de los cantares y bailes deshonestos y otras muchas malas inclinaciones» en que se habrían criado. La segunda estribaba en la construcción de casas-galeras para recluir en ellas a las mujeres ya «perdidas». 


                           Reglamento estricto
¿Qué era, cómo funcionaba y qué se pretendía con la «Galera de las mujeres»? La madre Magdalena, precavida y minuciosa (como buena monja), nos detalla todos estos extremos en una obrita que se publicó en 1608 (aunque fue escrita antes) y cuya importancia radica en constituir el primer reglamento formado para las cárceles de mujeres. Sigamos, pues, a la bienintencionada religiosa:
«Hase de tomar una casa -dice- en sitio muy conveniente, pero no muy sólo ni muy alejado del pueblo por los grandes inconvenientes que de ello se podría recrecer. Esta casa ha de ser fuerte y bien cerrada, de manera que no tenga ventana ni mirador a ninguna parte ni sea sojuzgada de otra casa ninguna.»
En el edificio se había de poner «poco aparato»: un dormitorio, una sala de labor, una «pobre despensa», una cárcel secreta «donde en particular sean castigadas las rebeldes incorregibles», una capilla, un pozo y una pila para lavar.
Por otra parte, la galera debía contar con «todo género de prisiones, cadenas, esposas, grillos, mordazas, cepos y disciplinas de todas hechuras de cordeles y hierros» para que las reclusas, «de sólo ver estos instrumentos», se atemorizaran y espantaran.
La administración y gobierno de la cárcel corría a cargo de cinco personas: un hombre «casado de satisfacción», con nombre y oficio de alcaide; su legítima esposa («que sea honrada y de caudal»), una rectora, una portera y una maestra.
Construida la galera y nombrado su personal directivo, la justicia de la ciudad correspondiente tenía que dar, con la solemnidad acostumbrada, el siguiente pregón:
«Que ninguna mujer se atreva a andar vagando, ni ociosa, ni estar sin amo; porque la que así se topare será llevada a la galera y castigada conforme lo mereciese, y para que venga a noticia de todas y busquen amo a quien servir se les da de término seis días.
Item, que en entrando cualquiera moza forastera en el tal lugar vaya ya derecha a la galera a presentarse y a avisar a la mujer del alcaide, como busca casa adonde servir, so pena que la que toparen sin amo y sin haberse ido a registrar estará tres días en la galera en pena y castigo de su descuido.





Transcurrido el mencionado término los alguaciles estaban obligados a prender a todas las mujeres «perdidas» que encontraran «de noche por las esquinas, cantones, portales, caballerizas y otras partes semejantes, y de día en las casas donde se dan limosnas, en posadas, mesones, campos y huertas», presentándolas ante el corregidor, quien mandaría encerrarlas en la galera durante quince días, un mes o un año, según «la culpa lo demandare».
Al ingresar en el temible establecimiento, a las pobres mujeres se les quitaban sus vestidos y galas y se les rapaba la cabeza. Estos lamentables trámites constituían el punto de partida de una nueva «vida» (si se le puede llamar así) para las reclusas.
Efectivamente, desde tal instante éstas quedaban sujetas a unos penosos deberes: permanecer en la galera durante el término prefijado por la justicia sin posibilidad alguna de comunicación con el exterior, llevar un ridículo uniforme (integrado por una «escofia de angeo gordo», un «sayuelo alto» de paño aburielado, una «saltembarca colorada o amarilla» y unos zapatos -de vaca o carnero-- abrochados) y guardar rigurosamente el orden y la disciplina.
En este último punto la madre Magdalena se mostraba inflexible:
«El alcaide -escribía- y las demás personas a cuyo cargo está el gobierno de la galera han de procurar tener a raya estas mujeres, si quieren valerse con ellas, y así, si blasfemaren, o juraren, pónganlas una mordaza en la boca; si alguna estuviese furiosa, échenla una cadena; si se quiere alguna salir, échenla algunos grillos, y pónganla de pies o cabeza en el cepo, y así amansarán; y dándoles muy buenas disciplinas delante de las otras, escarmentarán en cabeza ajena y temerán otro tanto. Conviene también que de noche duerman algunas de las inquietas con alguna cadena o en el cepo ... , porque no estarán pensando sino por dónde irse, o cómo podrán aporrear a las oficialas, o mesarse unas a otras y hacerse cuanto mal pudieren.»
Sin embargo, los derechos de que «disfrutaban» las reclusas eran mínimos: a la alimentación (consistente en «pan muy bazo y negro» o bizcocho, una tajada de queso o un rábano, una escudilla de berzas o nabos y, alguna vez que otra, un trozo de carne), al equipo carcelario (formado por una cama de tablas, jergón de paja, un cabezal de la misma materia y una o dos mantas pardas) y a su liberación, una vez transcurrido el término señalado.
Las normas para el desenvolvimiento de la vida carcelaria eran bien simples. La custodia interior de los locales estaba encomendada a las mismas personas que tenían a su cargo el gobierno y administración de la galera. Las enseñanzas de las «oraciones y doctrina cristiana» corrían de cuenta de la maestra. Para la asistencia espiritual el alcaide había de pedir -de cuando en cuando- a algunos religiosos que, «de caridad», vinieran a decir algún sermón y a confesar a las reclusas. No obstante, al capellán, «por más santo que sea», le estaba absolutamente prohibido hablar con éstas. Y el trabajo penitenciario-...tenía un doble objetivo: eliminar el ocio y sufragar los gastos de la galera.
Y la madre Magdalena no olvidó tampoco consignar el castigo que habían de recibir las «perdidas» recalcitrantes:
«Cuando alguna de estas mujeres saliere de la galera con mandamiento de la Justicia -expresaba- se le avise con veras que se guarde no volver otra vez a la dicha galera, porque se le dará la pena doblada y será herrada y señalada en la espalda derecha con las armas de la ciudad o villa donde hubiera galera, para que así sea conocida y se sepa haber estado dos veces en ella. Y si alguna fuere tan miserable que venga tercera vez a la galera, el castigo será tresdoblado, con protesta y apercibimiento que si fuere tan incorregible que venga la cuarta vez será ahorcada a la puerta de la misma galera.»
                            
El reglamento de las cárceles de mujeres, pues, era duro. Tremendamente duro. Una simple ojeada al mismo basta para convencerse de que sus destinatarias quedaban no ya sometidas a unas espantosas condiciones, sino privadas de derechos tan elementales como puedan serio la integridad física o la dignidad humana. Sin embargo, su autora, previendo estas críticas u otras semejantes, trataba de justificar tal dureza, alegando para ello ejemplos tomados de las Sagradas Escrituras. Y así, argumentaba: si Moisés desenvainó el cuchillo «cuando vio que los hijos de Israel habían adorado al becerro», y si el mismo Jesucristo «tomó el azote para castigar a los profanadores del templo», ¿no sería lícito emplear también el «rigor» en una empresa de la que habían de obtenerse tan extraordinarios resuItados?
Y la madre Magdalena hacía una extensa relación de los «frutos» que esperaba de la galera: desterrar el ocio, «fuente y origen de todo pecado»; acabar con los malos ejemplos; tener unas mozas de servicio honestas, fieles y perseverantes; conseguir mejor el fin de la justicia, «que es la enmienda del delincuente y el escarmiento de los demás»; obligar a las mujeres «a bien vivir, por el miedo y horror que cobrarán a este castigo», y, fundamentalmente, enmendar a las recluidas en la galera, porque «viéndose imposibilitadas de ofender a Dios por la obra, y sin esperanza de poderse sustentar por aquel mal camino, y libres de las ocasiones», tendrían que marchar forzosamente por el sendero de la virtud. Castigar y corregir a las reclusas, dar ejemplo (atemorizando, claro está) a las demás mujeres «perdidas», obtener una cierta utilidad: éstos eran, en definitiva, los fines perseguidos por la madre Magdalena.
Hasta aquí, pues, la idea que nuestra monjita tenía de la «Galera de las mujeres». E inmediatamente surge una pregunta a la que es preciso dar respuesta...¿eran justas? 
 http://www.bibliotecagonzalodeberceo.com/berceo/fiestasloza/carcelesdemujeres.htm



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